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23 May 2022 - 5:00 a. m.

No hagan amarillismo con el matoneo

Stephanía Franco Sánchez

En respuesta al editorial del 10 de mayo de 2022, titulado “No estamos haciendo lo suficiente contra el matoneo”.

El pasado 10 de mayo, el editorial de El Espectador, más que una publicación de uno de los diarios más prestigiosos del país, parecía un discurso irracional y poco análitico del miedo que acudía a expresiones amarillistas para referirse a la vida escolar de los adolescentes colombianos y la indiferencia de la sociedad ante la violencia. Sus afirmaciones fueron “justificadas” a partir del informe sobre matoneo escolar publicado por el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana, que recopiló los datos de las Pruebas PISA 2018 sobre la percepción del entorno escolar de los estudiantes colombianos. La conclusión que se puede obtener de dicho editorial es que las cifras del informe del LEE no fueron leídas o fueron leídas fuera de su contexto sociocultural, pues el resultado parece más un grito de auxilio y sorpresa, que un artículo escrito por la dirección de un diario.

Ante las noticias de matoneo escolar en un país como Colombia, la sorpresa sería la última de las reacciones. Por supuesto que hay que educar contra la violencia y construir una cultura de la conciliación y sana convivencia, ¿pero en qué país vivimos? ¿No es Colombia reconocida por la insuficiencia en sus políticas públicas de educación? ¿No tiene Colombia altos índices de violencia en comparación con el resto del mundo? ¿No es en nuestros barrios donde los hombres se matan entre sí, demostrando quién es más fuerte? El matoneo escolar es una de las tantas consecuencias en este contexto. El país se encuentra en una de las regiones más violentas del mundo, triplicando el promedio de homicidios cometidos respecto a otros continentes (UNODC), y es reconocido por la inequidad, la pobreza (OCDE) y los enfrentamientos a muerte entre hombres (Medicina Legal). Tal vez recordar esta información permita tomar un poco de perspectiva y entender el surgimiento de un agresor en una institución educativa.

Además de analizar la estadística dentro de su contexto social, ¿no es responsable analizar la estadística misma y su origen? ¿Cómo fueron recopilados los datos de las Pruebas PISA? ¿Qué entienden la comunidad escolar y la sociedad colombiana por bullying? El bullying o matoneo escolar es un fenómeno de violencia social que se ha estudiado desde la segunda mitad del siglo XX, en mayor medida en países europeos, y que tiene dos características fundamentales para que sea considerado como tal: agresiones reiteradas e intencionadas y una marcada diferencia de poder entre el agresor y el agredido (Castillo). ¿A partir de cuántas veces se puede decir que es algo es reiterativo? ¿Cómo sé que quien me empujó tuvo la intención de agredirme? Y la pregunta más importante: ¿cómo decido que el “otro” es más poderoso que yo, me humilla y no puedo denunciarlo? Preguntas hechas, claro está, a estudiantes colombianos. El cuestionario, además, se presta para ambigüedades. Dentro de la prueba se incluyeron preguntas que contenían dos situaciones distintas en un solo interrogante, como “¿Alguien te empujó o golpeó?” y “¿Te robaron o destruyeron tus cosas?”; o situaciones que difícilmente se pueden catalogar como agresión en la sociedad colombiana, como “¿Se burlaron de ti?” o “¿Te dejaron fuera de una actividad a propósito?”. Se les ofrecía a los estudiantes las opciones de frecuencia como “algunas veces por semana, mes o año”; también se preguntó por cuestionas más dicientes, como si habían sido “amenazados o golpeados”. Más allá de la poca fiabilidad de las preguntas y respuestas, ¿cuáles fueron los porcentajes sobre los que alarma el editorial para acabar hablando del “campo de batalla” que viven niños, niñas y adolescentes víctimas de bullying?

El informe muestra que el “32 % de los estudiantes en Colombia reportaron haber sufrido cualquier tipo de bullying en su colegio” (¿que lo dejaron fuera de una actividad o que fue golpeado? No se sabe); “11,2 %, que fueron golpeados o empujados por otros estudiantes; 15,9 %, que otros estudiantes los dejaron afuera de cosas a propósito; 18,1 %, que recibieron burlas de parte de otros estudiantes; 10,6 %, que fueron amenazados por otros estudiantes”. No llegamos ni siquiera a un 20%; en cambio, el informe no incluyó lo siguiente: “En Colombia, 73% de los estudiantes (media de la OCDE: 67%) informaron que están satisfechos con su vida. Cerca de 93% de los estudiantes de Colombia dijeron que algunas veces o siempre se sienten felices y cerca de 6% reportaron que siempre se sienten tristes. En Colombia, 90% de los estudiantes estuvieron de acuerdo o en fuerte acuerdo con que usualmente encuentran una manera de salir de situaciones difíciles (media de la OCDE: 84%)” (PISA).

El editorial presagia consecuencias como “la falta de autoestima, peor rendimiento escolar, inseguridad, ideación suicida en los peores casos y tendencias violentas”. ¿No será justamente la falta de autoestima la causa de esas condiciones? ¿Qué tan competentes son los hogares colombianos para promover la construcción del carácter y la identidad en los adolescentes? ¿Por qué el 90 % de los estudiantes encuestados afirman que usualmente logran salir de situaciones difíciles? ¿Qué es una situación difícil en Colombia? No se trata de negar un conflicto que es transversal en nuestra sociedad: la violencia, pero el papel de un medio de comunicación no es victimizar ni mucho menos repetir cifras y alarmas sin revisar críticamente la información.

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