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27 Dec 2021 - 5:30 a. m.

Una situación tragicómica

Marco Antonio Muñoz Rodríguez

En respuesta al editorial del 6 de octubre de 2021, titulado “Un importante paso fronterizo”.

Caronte fue un barquero de la mitología griega, cuya misión era pasar las almas al inframundo, ubicado al otro lado del río Aqueronte; el paso debía pagarse con una moneda.

Esta leyenda venida de la antigua Grecia se instaló como tragedia en el río Táchira, frontera colombo-venezolana, donde todos los días cientos de almas en pena se arremolinan para pasar al otro lado del río. Los carontes modernos no son más que mafias armadas que administran las trochas por donde deben pasar la frontera los anónimos transeúntes, quienes son obligados a pagar su paso, en pesos o bolívares.

Muy pocos vivos han pasado el Aqueronte. Se recuerda a Hércules y a Orfeo en la antigüedad. Hace dos años Guaidó pasó el Táchira rumbo al concierto donde se cantaría el réquiem al gobierno de Maduro, incluso tuvo la osadía de posar para la foto al lado de sus carontes, los Rastrojos.

Mientras esto ocurre en el inframundo, en el Palacio de Miraflores y en la Casa de Nariño los egos presidenciales bilaterales trinan insistentemente con acusaciones mutuas sobre el estado de las fronteras. Los burócratas son conocedores de los desmanes que se cometen contra los indefensos conciudadanos, pero no hacen nada para remediar su situación. Los dos gobiernos saben que el cierre de las fronteras formales trae como consecuencia la apertura de los pasos ilegales, aun así permiten que esta situación se siga presentando.

La presión de los empresarios y la sociedad civil binacional, ejercida sobre las autoridades locales fronterizas, hizo que el gobierno venezolano permitiera la apertura provisional del paso fronterizo. No habían pasado los primeros migrantes sobre el puente fronterizo Simón Bolívar, cuando los dos gobernantes ya vociferaban tratando de sacar réditos políticos de la situación: Maduro, pensando en las elecciones regionales; Duque, agradeciéndole a Guaidó por haber logrado la apertura.

Una vez leído el editorial del 6 de octubre pasado, quedaba uno con la sensación de que el paso fronterizo sobre el puente internacional Simón Bolívar había sido abierto gracias a los buenos oficios del presidente interino Juan Guaidó, por pedido de nuestro presidente, pues el editorialista argumenta con lo dicho por el presidente Duque, quien habló con “Juan Guaidó y también con varios representantes de la resistencia democrática y el gobierno interino (…) para que se abra desde la frontera de Venezuela hacia nuestro país ese corredor”. Afirma también el editorialista que “la administración Duque logra que se atienda su petición de apertura fronteriza sin reconocer a las autoridades venezolanas”.

La apertura del paso fronterizo no fue fruto de un acuerdo binacional, pues no existe el mínimo asomo de diálogo entre los dos gobiernos. Tampoco obedece a los buenos oficios de Juan Guaidó, quien, como presidente simbólico, no puede aportar más que sus buenos deseos. Se trata más bien de un gesto positivo que debe ser aplaudido.

La situación es tragicómica y con las ocurrencias del presidente Duque podríamos reír a gusto, pero estamos frente al desamparo y sufrimiento de nuestros conciudadanos, entonces preferimos fruncir el entrecejo.

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