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8 Sep 2020 - 11:08 p. m.

La Sergio es más que politiquería

La esperanza de transformación, se deposita en la educación. Los escenarios que pensamos imposibles, serán posibles por los relevos generacionales, que traerán nuevos sueños. Propósito que surge desde las raíces de la educación y la academia. Empero, la educación en Colombia se enmarca bajo los estigmas de una cultura de politización, la cual se ha vuelto el arma más letal para poner al estudiantado contra la pared. La división ideológica que ha permeado el país, más que afectar a las instituciones, o a alguna persona en específico, ha creado narrativas respecto a la forma en la que el estudiantado piensa, actúa y participa.

Ser estudiante de la Sergio Arboleda no es ser, de facto, una persona con tendencias de derecha, conservadora, mediocre, esclavista, ni mucho menos, responde a los mitos de índole sexual que han creado sobre las estudiantes (con la existencia del famoso catálogo). De igual manera, ser estudiante de universidad privada no quiere decir que la persona cuente con recursos económicos amplios; o, refiriéndonos a la otra cara de la moneda, ser estudiante de una universidad pública no implica apoyar políticas progresistas o usar siempre la violencia como forma de lucha. Es así como se configuran en las instituciones educativas superiores las narrativas y presuposiciones que encasillan a la comunidad educativa en torno a un modelo de pensamiento y de acción.

En los últimos días, dos columnas de opinión publicadas se han dedicado a encarnar y personificar al estudiantado de la Universidad Sergio Arboleda bajo su propia subjetividad e identidad política, cayendo directamente en el abismo de una falacia de generalización apresurada. Ser sergista no es ser Duque o Barbosa, ni tampoco implica ignorar las causas sociales; evidencia de esto, es la consolidación de organizaciones estudiantiles (como el Movimiento Estudiantil Sergista, Mesas Interpartidistas con todo tipo de ideologías, Sociedades de Debate y movimientos feministas y de diversidad de género) que tienen como fin ser críticos y propositivos, para lograr una transformación dentro de la institución, desde la lucha contra la politiquería, la corrupción, el nepotismo, la desigualdad, los abusos y los excesos de poder dentro y fuera de ella. En suma, que una universidad se establezca en un escenario político, no tiene por qué sesgar la pluralidad del estudiantado.

Si en Colombia existiera un mecanismo para que la educación pública fuera más accesible y tuviera mejor financiamiento, probablemente su tasa de aceptación sería más del 8%. Lo cual es un indicio del poco interés estatal en la educación. Como consecuencia, las personas que no logran acceder a la educación gratuita se ven obligadas a buscar mecanismos para migrar hacia las universidades privadas. Lo anterior, se da bajo cuatro escenarios: (1) las personas que se endeudan, con créditos interminables, (2) quienes reciben becas completas, o, parciales en las que igualmente deben pagar montos muy altos respecto a su ingreso, (3) las personas que deben estudiar y trabajar simultáneamente para pagar su educación, y (4) quienes son apoyados por un tercero como mecanismo de sustento. Por ende, que una universidad privada (en este caso la Sergio Arboleda) acepte una cantidad mayor de estudiantes no implica que sea una institución mediocre, sin investigaciones y sin un profesorado preparado.

Asumiendo lo anterior, ni la columna de Salomón Kalmanovitz, ni la de Sergio Alfredo Pérez Solano defienden la educación, tampoco al estudiantado. Aunque para ambos, sea evidente que la educación es una prioridad, sobreponen en sus artículos una defensa a posiciones políticas, dejando de por medio el sentido mismo de la academia y la población que la construye (estudiantes y profesores). Ambos minimizan la libertad de cátedra y pensamiento, pero sobre todo desestiman el esfuerzo académico del estudiantado, creyendo que la Sergio Arboleda es una fábrica de posturas, de principios cristiano-católicos y arraigos morales enchapados a la antigua. Ignoran que dentro del estudiantado pueden existir diferentes formas de expresión y aprendizaje, las cuales, reafirman que la academia no la construye un decano o una Junta Directiva, sino que son los estudiantes quienes generan academia y crítica.

La crítica que hace Salomon Kalmanovitz no le duele ni un pelo a Rodrigo Noguera, a Duque, ni al Centro Democrático; por el contrario, les duele a los estudiantes, en tanto los marginaliza y encasilla. A su crítica se le concede que la Sergio es costosa, así como que existan becas por nexos políticos. Pero no se le concede que afirme que sin esfuerzo se obtiene el título profesional, o que la planta docente se caracteriza por no tener publicaciones. Las incorrectas afirmaciones que hace el columnista lo único que hacen es poner en tela de juicio la ardua labor académica de los estudiantes. Quienes, sin duda, lo que necesitan no es desmotivación sobre sus aprendizajes sino, al contrario, una visibilización de sus investigaciones y saberes. Este es el peor golpe que Kalmanovitz le da al estudiantado de la Sergio, el desprestigiar su labor académica, su labor como seres pensantes y su labor como creadores de academia.

Ahora bien, la réplica que hace Sergio Alfredo Solano no es tampoco la representación del pensamiento de la mayoría de la comunidad sergista; esto es un cuento fantasioso que ha quedado atrás en la Sergio Arboleda. Pues, con el paso del tiempo, las generaciones se han venido transformando, a tal punto que existe un amplio nivel de multiperspectivismo, desde el cual se critican los valores morales arraigados, las tendencias políticas y los fundamentos conservadores. Incluso se proponen mecanismos para proteger la pluralidad y mantener la libertad de cátedra, sin dejar de lado los principios del humanismo. El peor error de Sergio Alfredo es personificar a la Sergio Arboleda con algunos personajes, de quienes no se niega su honorabilidad pero no representan al conglomerado total de la institución. Su respuesta agresiva no defiende la educación que se imparte, sino que la sesga desde su perspectiva.

Partiendo de lo anterior, cada artículo se encuentra en una esquina del ring, sin darse cuenta que el más afectado por culpa de sus narrativas siempre será el estudiantado, que no es responsable de las decisiones políticas de un egresado ni del espectro político en que se encuentra la institución. Dichas concepciones generan estigmatizaciones en la vida profesional, social y académica, desvirtuando el esfuerzo y las capacidades de quienes se forman en este centro académico, y como consecuencia de esto, creando imágenes erróneas en los ambientes en los que se quiera interactuar, verbigracia, que cuando una persona egresada quiera pertenecer a un escenario político distinto al de tendencia conservadora, no sea estigmatizada por su alma máter. La realidad del debate entre los dos columnistas es que más allá de si la Sergio lleva por nombre el de un esclavista o no, Kalmanovitz y Solano son esclavos de la polarización política, de la narrativa de una educación politizada y del sesgo de suponer que defender o criticar a la Sergio Arboleda es defender o criticar al gobierno.

Ana María Sarmiento Hernández y Valentina Bohórquez Polo. Estudiantes de la Universidad Sergio Arboleda

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