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A propósito del editorial del 20 de octubre, titulado "Museo Nacional: una cultura única es adoctrinar". Hace quince años advertí que nos iban a cambiar la memoria a través del arte y de lo que llamamos "cultura": nuevos relatos históricos en películas, cuentos, canciones y museos.
Lo advertí al visitar la Casa del Florero, la Casa Museo 20 de Julio, y encontrarlas convertidas en una apología de la toma del Palacio de Justicia por el M-19. Quise entonces publicar un libro que recogiera los hechos cometidos por las FARC y el ELN a lo largo de nuestra historia. A nadie le interesó. Algunos me preguntaron para qué lo hacía; otros me dijeron que eso no iba a pasar.
Quince años después, puedo decirles que sí pasó. Los relatos históricos no cambian de un día para otro. Cambian a través de la educación, de las expresiones culturales, de los productos audiovisuales y de aquello que una sociedad decide contar, repetir u omitir. Lo que se repite se vuelve familiar, y lo familiar termina pareciendo verdad.
El caso más patético, a mi juicio, es el de la Comisión de la Verdad. Nació en La Habana, de la mesa en la que el gobierno de Santos negociaba con las FARC, y quedó en cabeza del sacerdote Francisco de Roux. Se le encargó construir el relato oficial de más de cinco décadas de violencia. Pero una comisión creada por uno de los bandos de la negociación difícilmente podía ser neutral. Su propio exintegrante, el mayor Carlos Ospina, la criticó por considerarla parcializada antes de que se entregara el informe. Y cuando este llegó, buena parte de las víctimas que no encajaban en su narrativa sintieron que su voz había quedado por fuera. Una verdad que deja fuera a quienes más sufrieron a manos del terrorismo no es verdad: es propaganda con sotana y presupuesto público.
Ese relato tiene un artífice político. Juan Manuel Santos sometió su acuerdo al voto de los colombianos y perdió: el 2 de octubre de 2016 ganó el No. Lo que vino después fue un acuerdo "ajustado y amañado en beneficio de las FARC", refrendado por el Congreso, no por el pueblo. Quien desconoce el mandato de las urnas para imponer su versión de la paz también se siente con derecho a imponer su versión de la historia.
Cuando se exaltan unas historias y se callan otras, cuando se levantan referentes culturales sin dejar espacio para las víctimas que contradicen el relato dominante, se moldea la manera en que las nuevas generaciones entienden el pasado. Un joven que nunca escuchó la voz de un secuestrado, de una familia desplazada o de un soldado mutilado no tiene por qué dudar de lo que sí le contaron.
Por eso vale la pena preguntarse qué papel han tenido la escuela, la cultura y el discurso político en la manera en que hoy muchos entienden el conflicto, incluidos quienes salen a las calles a defender determinadas lecturas de nuestra historia. No se trata de señalar a una generación, sino de reconocer que nadie opina en el vacío.
La memoria no se transforma solo en los tribunales o en los informes. También se transforma en una canción, en una película, en un museo y en una historia que se repite hasta volverse la interpretación dominante.
El problema no es que el arte cuente la historia desde una perspectiva. Todo relato tiene una. El problema empieza cuando esa perspectiva pretende ser la única verdad posible y deja por fuera a las víctimas cuyas historias resultan incómodas. Defender la memoria no es defender un bando. Es exigir que ninguna víctima quede fuera del relato.
Abel Sinning Castañeda
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