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Con nuestro pensamiento en los sobrevivientes del terremoto que azotó a nuestro país hace una semana, intentamos abordar algunos temas nacionales que directa o indirectamente se ligan dentro del panorama nacional. Me ha llamado la atención el ostracismo al que ha sido sometida la exvicepresidenta Francia Márquez mucho antes de que su período constitucional terminara. De una parte, su jefe, el también expresidente Petro, la ignoró descaradamente casi desde el minuto uno de su mandato. Ya ni siquiera vale la pena hablar del fallido Ministerio de la Igualdad. Todo lo que se encargaba a Francia o se asumía con indiferencia o, peor aún, se la atacaba sin compasión. La ingratitud institucionalizada durante el período presidencial que finalizó.
Supongo que el silencio de Francia Márquez es un poco deliberado. Estará buscando el momento apropiado para expresar sus sentimientos y la experiencia que vivió desde uno de los cargos más importantes del gobierno colombiano. Que no se le ocurra hacerlo en las actuales circunstancias porque, a la vista está, que las prioridades y la atención del país se centran en las regiones que han sufrido la tragedia telúrica. Sería completamente inoportuno.
Sin embargo, sí es necesario conocer sus vivencias a la sombra del Pacto Histórico, del que no se conoció –al menos que se sepa ampliamente– su postura frente a su gestión y a su situación con el primer mandatario que les tocó y mucho menos se supo de algún apoyo a la persona de Francia Márquez. Ni unas gracias, nada. Es como si la marca de ese partido fuera la ingratitud, el oportunismo. La actitud que ella asumió en la etapa final del período presidencial anterior fue de discreción, de silencio, de prudencia.
La historia reclamará el testimonio de la primera vicepresidenta afrodescendiente porque, por mucho que ella pudiera adornar o justificar su paso por ese ingrato cargo, en algún libro de memorias manifestará muchas verdades incómodas y reveladoras de realidades que no se conocen, o solo a medias. En todo caso, gracias, Francia, por aguantarse en tan incómodo puesto.
Ana María Córdoba Barahona, Pasto
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