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18 Apr 2022 - 5:00 a. m.

Cuidado con el desarrollo sostenible

Juan Daniel Serna

Seguir integrando el concepto de desarrollo sostenible a la creación de políticas públicas o usarlo para la ejecución de proyectos que no tienen nada de sostenibilidad ambiental se puede considerar un acto de irresponsabilidad si solo se hace para adornar los títulos de documentos que de ninguna manera pretenden resolver los problemas ambientales. En su libro La política ambiental del fin del siglo: una agenda para Colombia (1994), Manuel Rodríguez Becerra sugiere que no se pueden llamar “sostenibles” procesos que siguen perjudicando el ambiente. Incorporar este concepto a programas sin proyecciones de largo plazo y a planes sin estrategias claras para resolver los dilemas estructurales de una problemática ambiental no tiene efecto alguno en la transformación del paradigma actual.

Alcanzar la sostenibilidad en términos de desarrollo requiere que se analicen y trabajen rigurosamente las dimensiones ambiental, económica, política y social que confluyen en un territorio, para alcanzar un equilibrio en función de una transformación conjunta. No obstante, para lograr ese balance dimensional se requieren cambios, pues “para poner en práctica la meta o ideología del desarrollo sostenible es necesario reformar los marcos legales y los modelos económicos actuales” (Rodríguez, 1994). Más aún cuando estos modelos siguen basándose, en el caso de América Latina, en la inversión extranjera como motor del desarrollo estandarizado.

A pesar de que desde 1987, con el “Informe Brundtland” (publicado por las Naciones Unidas), se considera que la naturaleza debe ser pilar fundamental para el desarrollo económico y social, la depredación de ecosistemas, la contaminación de los recursos hídricos, la violencia, el conflicto por el uso de la tierra y la concentración de gases de efecto invernadero son una constante en el mundo. Hay que combatir el modelo predominante que no contribuye a generar seguridad alimentaria, garantizar acceso a servicios de educación y salud de calidad, ni contar con condiciones sociales de igualdad o equidad. Ese es el principal impedimento para tener una posición optimista frente a un supuesto “desarrollo sostenible”, así como el cumplimiento de sus objetivos y el ofrecimiento de garantías para lograr conservar el “capital natural” que nos dota de sus servicios ambientales.

El modelo de desarrollo, los modos de producción intensivos, la deforestación y en general las actividades productivas que se realizan en el planeta son, en su mayoría, prácticas insostenibles y no dejan espacio para la esperanza de vida; por el contrario, proceden a empeorar lo que algunos expertos, como Enrique Leff (2004) o Dimas Floriani (2003) denominan la crisis ambiental, que tiene como evidente manifestación el cambio acelerado del clima.

Ir más allá de los modelos económicos y políticos

Contemplar el desarrollo sostenible como un modelo viable para intentar garantizar lo antes mencionado también requiere un análisis sociológico y psicológico de nuestra estructura de pensamiento, el modelo de desarrollo capitalista y extractivista en el que estamos inmersos nos encapsula en la hipermodernidad (Lipovetsky, 2004). Es decir: hay demasiado consumo y no se soporta la repetición, por lo que estamos en la búsqueda de la novedad constante y nos encaminamos hacia el deseo del infinito (Durkheim parafraseado por Lipovetsky en De la ligereza, 2016); una sed que hace que cada individuo se sienta con el derecho de siempre “tener lo mejor” y tenerlo todo. Para cumplir con la demanda resultante se continúa produciendo sin respetar los límites de la naturaleza, lo que nos condena a no poder reducir significativamente los impactos ambientales negativos que durante décadas han concatenado serias afectaciones sobre nuestro bienestar de manera paulatina.

Ya lo han dicho: no necesitamos salvar el planeta, necesitamos salvarnos a nosotros.

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