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Entre la muerte y los rituales dibulleros

Edwin José Causado Povea

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Hace cinco días falleció mi abuelo producto de un cáncer de próstata que invadió su cuerpo de manera silenciosa por un año, sin que él y ninguno de sus familiares más allegados tuviera algún indicio de que padecía una enfermedad altamente delicada e implacable. El síntoma que reventó la burbuja de normalidad que tenía él y su familia fue un dolor tan fuerte que incluso sus ancestros y los presentes podían compartirlo con él, a través de sus gritos, sus gestos y los largos padecimientos que tuvo hasta lograr hospitalizarlo y calmar su agonía, después de un largo recorrido desde Dibulla, Riohacha y, finalmente, Santa Marta. Por más que ese carcinoma insistía en hospedarse en el cuerpo de mi abuelo de manera hostil, jamás pudo invadir un solo centímetro de su alma, y mucho menos pudo quebrar sus ganas de vivir y su utópico optimismo. En el fondo, él y sus familiares tenían la certeza que iba a fallecer, pero ninguno tenía la gallardía para pronunciar esos pensamientos en voz alta.

Mi abuelo estaba tan aferrado a la vida que cada vez que los médicos, enfermeras y familiares le preguntaban cómo estaba, él siempre respondía que estaba bien y cuando no quería hablar simplemente levantaba el pulgar de la mano derecha hacia arriba para confirmar que no había nada de qué preocuparse. Me atrevo a decir que ningún enfermo de cáncer terminal tuvo esa actitud tan optimista y desafiante que él tuvo para enfrentar a la muerte. Es una de las cosas que más sorprendió al personal de la salud que lo atendió y a los familiares que lo cuidaban y lo visitaban. Eugenio Federico Peralta Gómez, era el nombre de mi abuelo y era oriundo de Dibulla, La Guajira, aquella tierra que se hizo célebre por la famosa composición de Carlos Huertas que dice: “Nací en Dibulla frente al mar Caribe”.

Dibulla es ese lugar en el mundo donde los pobladores se aferran mucho a la memoria de sus muertos. Recuerdo que mi abuelo me contaba que el fallecimiento de su madre fue un golpe muy duro para él. Durante ocho meses solo se trasladó de la casa al trabajo y viceversa, no escuchó ningún tipo de canción en sus ratos de ocio, no asistió a ningún tipo de parrandas, y todos los días por la tarde se iba caminando hasta el cementerio del pueblo para llegar a la tumba de su madre y llorar hasta que no le quedaran más lágrimas. Esa rutina tan intensa fue interrumpida porque, según sus propias palabras, un día que se encontraba llorando frente a la tumba, se le apareció la sombra de su madre y se asustó tanto que logró entender lo que ella desde el más allá trataba de decirle: que él debía dejarla descansar. Sin embargo, Eugenio, cada 31 de diciembre cuando todos nos abrazábamos para darnos el feliz año, se trasladaba hasta el patio de su casa para llorar a su madre fallecida y recordar un nuevo año más sin su presencia.

Una de las decisiones más radicales que tomó mi familia es romper esa tradición de realizar una velación por nueve noches en la casa del difunto, porque nosotros creemos que eso es prolongar el dolor y el sufrimiento por la pérdida de mi abuelo. Algo nos une como familia, y es que estamos firmemente convencidos de que cada persona debe ser libre de llevar el duelo como más le parezca correcto. Solo el familiar lo siente.

Por Edwin José Causado Povea

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