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Farmear aura

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Hay tantas formas de perderse a uno mismo que parecen un juego. Hablemos hoy de «farmear aura», una expresión nacida del lenguaje gamer que consiste en repetir acciones para acumular puntos, subir de nivel y conseguir recompensas; solo que ahora el juego no ocurre en una pantalla, sino en la vida real. 

Un adolescente sale a la calle y, para vivir el momento, calcula primero cómo se verá. Se ríe, pero piensa en la foto; se viste, pero imagina los comentarios; ayuda a alguien, pero una parte de su cabeza calcula si eso merece una historia de Instagram. De repente, lo que tenemos es una personalidad sostenida por métricas que está dispuesta a hacer cualquier cosa por lograr validación social. 

Antes queríamos ser alguien; ahora queremos parecerlo. El problema no es publicar una foto, grabar un video o querer gustar; el problema aparece cuando convertimos nuestra identidad en un producto de mercado, cuando cada gesto necesita público, cada experiencia necesita registro y cada silencio parece desperdiciado porque nadie lo está viendo. 

El algoritmo no te obliga a hacerlo, pero ha conseguido que quieras hacerlo; te convence de construir una versión atractiva de ti mismo para sobrevivir socialmente, aunque eso implique adoptar actitudes inusuales. Entonces empiezas a «farmear aura» y sientes que acumulas estilo, misterio, seguidores, comentarios, miradas, aprobación; pero, mientras más acumulas actividad en redes, más miedo tienes de perderla. 

La trampa está muy bien diseñada: puedes tener miles de personas mirando tu vida y, aun así, no saber quién eres cuando nadie mira. Quizás esta sea la mercancía del siglo XXI: nosotros mismos. Hemos dejado de vender productos para vender nuestra imagen, nuestra intimidad, nuestras emociones y hasta nuestra personalidad; somos consumidores, pero, al mismo tiempo, vendedores de nuestra propia existencia. 

Piensa un momento: ¿qué queda de ti cuando apagas la cámara? Tal vez un acto rebelde de esta generación sea hacer algo que nadie pueda convertir en contenido, como leer un libro sin fotografiarlo, escuchar una canción sin subir una historia, abrazar a un amigo sin grabarlo o vivir algo extraordinario y dejar que permanezca únicamente en la memoria de quienes estuvieron allí. 

Lo digo porque vivir no debería parecerse a una partida en la que hay que subir de nivel permanentemente para no ahogarse en el mar del anonimato. Por favor, atiende a lo que te digo: no eres tu cantidad de seguidores, no eres tus likes, no eres tu estética, no eres el personaje que construiste para que otros te quieran. 

El desafío es recuperar el modo de ser, la capacidad de relacionarse sin cálculo, de crear sin audiencia, de amar sin atajos superficiales. Si alguna vez sientes que necesitas demostrarle algo al mundo, detente un segundo y considera todo lo que reconoces en ti mismo, independientemente del qué dirán. Es curioso, pero esta fascinación por lo muerto, lo mecánico, lo volátil y lo cuantificable —en detrimento de lo vivo, lo espontáneo, lo impredecible— debería llevarnos a cambiar la pregunta «¿cuánta aura tengo?» por esta otra, mucho más difícil de responder: «¿quién soy cuando nadie está mirando?». 

* Candidato a doctor, Universidad Católica de Manizales.

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