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Durante años he repetido este chiste cruel sobre Colombia: estamos tan mal de salud mental que no necesitamos un presidente sino un psiquiatra. Lo decía cada vez que salían las mediciones anuales sobre nuestra incapacidad de confiar en el otro y sobre la violencia que nos acompaña como si fuera parte del clima. Era un chiste, pero tenía su cuota de realidad, como todo en este país del realismo mágico.
Lo que no decía es que el chiste se ríe de mí. Cargo con un diagnóstico de depresión crónica desde hace muchos años y, a pesar del privilegio de una atención especializada con psiquiatras y psicólogos privados, no he logrado estar completamente bien. Uso la enfermedad mental como metáfora del desorden del país mientras la enfermedad mental es, en mi vida, una cosa concreta que se toma en pastillas y se cuenta en días de incapacidad. De esa incomodidad quiero escribir.
Muchas ideas se agolpan en mi cabeza cuando pienso en la depresión, pero la que más vuelve es una pregunta: ¿qué pasaría si no pudiera pagar todo esto? ¿Si no pudiera comprar los medicamentos, internarme en una clínica, tomarme unos días?
Dicen que la depresión es cosa de ricos, que los pobres no tienen derecho a deprimirse porque si se deprimen no trabajan y si no trabajan no comen. No es cierto. Lo que pasa es que esa depresión no aparece en ningún registro. Según la Encuesta Nacional de Salud Mental, apenas cuatro de cada diez personas con un diagnóstico de trastorno mental buscaron atención profesional durante el último año. Las otras seis no se curaron: aprendieron a ser funcionales. Van a trabajar, pagan sus cuentas y se anestesian con lo que encuentren —a veces alcohol, a veces otra cosa— o convierten la tristeza en irritabilidad, que es la única manera socialmente permitida de estar mal cuando uno no puede permitirse estarlo.
Mientras camino por los pasillos de esta clínica pienso en ellos, en los que no pudieron seguir más: cada año más de tres mil personas se quitan la vida en Colombia —3.066 en 2024, según Medicina Legal— y cerca de ocho de cada diez son hombres. Los demás aguantan una vida que no habrían elegido.
En esta clínica hay diez psiquiatras y varios internistas para unos 300 pacientes. Diez especialistas concentrados en un solo edificio de Bogotá, en un país que no llega a dos psiquiatras por cada 100.000 habitantes, muy por debajo de cualquier estándar internacional. Es ridículo. Dirán que hay urgencias mayores: el hambre, la desigualdad, la violencia. Yo creo que son la misma urgencia.
Pero conviene decirlo en el orden correcto, porque el orden importa. No es que Colombia sea violenta porque está enferma. Es que estamos enfermos de la violencia. Décadas de crueldad continua dejan una huella en el inconsciente colectivo y esa huella tiene forma de ansiedad, de insomnio, de depresión, de la certeza aprendida de que el otro es una amenaza. Llamarle locura a eso resulta cómodo, porque a un loco no se le piden cuentas.
Ricardo Silva Romero escribió Historia de la locura en Colombia (Intermedio, 2019), donde repasa nuestros niveles de crueldad en la guerra y en el crimen organizado y se pregunta cómo calificar a un país capaz de exportar formas de tortura. La pregunta es buena. La respuesta, creo, no es la locura.
El 3 de septiembre el presidente Abelardo de la Espriella publicó un video de la Operación Azarías. Se le ve caminando entre cuerpos cubiertos con sábanas, con los fusiles incautados al fondo, mientras entrega el balance: 23 terroristas dados de baja. Eso no fue un brote. Fue una pieza de comunicación producida, editada y aprobada por alguien que calculó que las imágenes de muertos sumaban. Un delirio sería más fácil de perdonar. Esto fue una decisión.
Salgo de la clínica y el chiste ya no me hace gracia. Afuera no hay un manicomio: hay un país donde la salud mental depende de cuánto pueda pagar cada uno y un gobierno que aprendió a exhibir la muerte sin que le tiemble la voz. Yo sigo sin estar del todo bien, y eso que lo tengo todo a favor. Prefiero no imaginarme al resto.
Así que corrijo el chiste. No necesitamos un psiquiatra en la Casa de Nariño. Necesitamos psiquiatras en Quibdó, en Tumaco, en Arauca, en los barrios donde nadie tiene con qué pagarlos. Y necesitamos un presidente capaz de mirar a un muerto sin buscar la cámara.
Si usted o alguien cercano atraviesa una crisis emocional, la Línea 106 del Ministerio de Salud atiende de forma gratuita las 24 horas desde cualquier teléfono en Colombia.
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Jorge(0syiw)•Hace 6 minutosLa salud mental colectiva nunca ha sido prioridad o preocupacion explicita de ningun partido. El pacto historico ha dado un paso positivo al disminuir la pobreza absoluta. Pais de avivatos aun lejos de tener algun interes por una civilizacion superior.
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jose ignacio(33220)•Hace 11 minutosmuchas gracias por hacer visible esta situación. también las gracias por decirnos lo de la línea 106 dios quiera que si contesten . porque si el funcionamiento es como la línea del municipio de Itagüí »»» cero pollito personal de indolentes . tanto que ni siquiera contestan las llamadas. me cansé y no lo volví a intentar.
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Marco Aurelio(96110)•Hace 19 minutosPor supuesto que somos un país enfermo mentalmente. No es sino ver la clase de presidente que hemos elegido, un desquiciado que anhela revivir el laureanismo.
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Manuel jose(f4n5o)•Hace 30 minutosExcelente artículo, muy humano, porqué somos un país violento,?
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 1 hora“NO hay sino un problema filosófico realmente serio: EL SUICIDIO”. Con esta tremenda frase, abre su ensayo: “El mito de Sísifo”, Albert Camus en 1942. ¡Colombia es un país enfermo, Blanca, y los seis o, siendo generosos, siete millones de incautos que votaron por el Bucaram criollo, estarán abocados al suicidio en la medida que la debacle se siga enseñoreando sobre nuestro país. Recomiendo a tus lectores leer el mito de Faetón en “La metamorfosis” de Ovidio. ¡Se darán cuenta hacia dónde vamos!
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Mar(60274)•Hace 2 horasHermosísima columna, hace tiempos no leía una columna tan humana y tan sincera. Me conmovió hasta lo más profundo.
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Jairo Humberto(24834)•Hace 2 horasQuerida Bogotanologa muy bien por el servicio que disfrutas y que deseas para el resto de ciudadanos. Pero he sufrido depresión y no le tengo tanta fe al siquiatra, ka siquiatra menos a esa medicina siquitrica que casi siempre es experimental…..creo que solo es opción cuando la.muerte es la.otra. prefiero terapia cognitiva, deporte sana alimentación….suena simple pero te doy mi testimonio en positivo
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Jose(91028)•Hace 2 horasUn sicologo gringo Aleander Loyd, tiene el mètodo curativo. Se llama asì:Metodo curativo. Es una serie de ademanes en orden. Enrique Villanueva explica toda la aplicaciòn en su video, Codigo curativo
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DONALDO(67774)•Hace 2 horasExcelente tu columna, Blanca. Y a tiempo para actuar.
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Atenas(06773)•Hace 2 horasYa me lo suponía, a algo obedecen los descaches de tan panda opinadora, mas no por ello dejo de solidarizarme con lo q’ confiesa q’ padece, cierto desorden mental. Y si en carne propia siente los efectos de su padecimiento- no esta contando casos ajenos, sino el suyo- a más de lo q’ dice conocer, las deficiencias en le servicio de salud en B/ta, siendo ella tan bogotana, entonces ¿cómo diablos es petrista sí su política fue acabar con el sistema de salud? Ergo, si está mal de la testuz.Atenas
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HENRY(19574)•Hace 1 horaBurlarse del dolor ajeno y su defensa aultranza de la ultraderecha, amén de sus desatinadas opiniones, son los dones de este enfermo mental prooooofundooooooo llamado Atenas.
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HENRY(19574)•Hace 1 horaBurlarse del dolor ajeno y creerse el superp..t.., amén de sus defensas a ultranza de la ultraderecha, son las actitudes del loco Atenas. Ese sí que necesita de por los menos diez siquiatras para medio lo alivien. Es un enfermo mental profunnnnnndoooooooooooooo.
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Antonio(88872)•Hace 4 horasUn poco floja la columna respladando las macabras actitudes del estafador y abogado de mafiosos De La Espriella quien necesita no solo un siquiatra sino ir a una clínica de reposo!!!
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fernando(29690)•Hace 4 horasExcelente artículo, que valentía para reconocer lo que es, felicitaciones
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Dionisio(cvtsc)•Hace 6 horasDoña Blanca, mucha salud, vitalidad y energía en ese camino. La versión mía del chiste es que no necesitamos ni presidente ni psiquiatra, sino más educadores humanistas como los profesores Bayona y De Zubiría. Es sorprendente la cantidad de personas que han aplaudido el numerito del paseo entre los cadáveres: ¿qué suciedad (o zoociedad como la llamaba Garzón) es esta? ¿Dónde los «educaron»? Me atrevo a decir que un mínimo de neurosis es una señal de decencia en este país. Un abrazo y adelante!