Sombrero de Mago

Quino, la sopa del adiós

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Cuando Mafalda, la muchachita que dijo que todo lo que le gustaba era inmoral, ilegal, adictivo, engordador, caro e imposible, dejó de dibujarse en 1973, y en lo que pudo ser la primera muerte de Quino o, desde otro ángulo, su cuota inicial para la inmortalidad, digo que ese mismo año se produjo, en Chile, el golpe militar contra Salvador Allende. Nada que ver, seguro, lo uno con lo otro. Pero sí hay un asunto de época, al que me quiero referir.

Dice un proverbio árabe (otros lo atribuyen a diferentes culturas) que los hijos no son hijos de sus padres sino de su tiempo. Mafalda, hija de Quino, el argentino, es hija de su tiempo. Y, claro, también de su papá. Veamos. Los sesenta, una década tremenda, de estallidos sociales y minifalda, de rock y ácido lisérgico, de juventudes protagonistas de la historia y el viejo Sartre cargado en hombros por los pelados franceses del 68, parió a un gran dibujante humorista.

Eran tiempos de reivindicar libertades públicas, decir con el Che aquella consigna de “crear dos, tres…muchos Vietnam”, corear Yesterday y apoyar la revolución cubana. Una mezcla de melenas y barbas con la píldora anticonceptiva y la revolución sexual. Quino, de Mendoza, hijo de españoles republicanos, un aficionado al cine y a la música, un hombre que en la vida real no tuvo hijos, procreó una muchachita, miembro de una familia tradicional, clase media y conservadora. Con una diferencia: la chiquilla era un símbolo de la libertad de expresión y de los derechos humanos.

Era una piba de su tiempo. De aquellos días en que, en unas coordenadas, se levantaban los estudiantes, esos a los que la chilena Violeta Parra les cantó porque “rugían como los vientos”, y en otras, el ejército gringo arrojaba bombas, napalm, agente naranja al pueblo arrocero y valiente que un poeta, el tío Ho, dirigía hacia la libertad. Mafalda era una activista sesentera. La niña terrible. La que, como bien lo dijo su papá real, “criticaba un mundo lleno de injusticias, de guerras, de ansias de poder y ambiciones humanas”.

Digamos que, hoy, esas condiciones nefastas de desequilibrios sociales, de asaltos imperiales a las soberanías, de pisotear las libertades públicas e individuales de parte de decenas de sistemas y gobiernos, no ha cambiado. “Cambia la tecnología, pero el comportamiento humano sigue siendo el mismo”, dijo el humorista gráfico en 2006.

Mafalda, la chiquilla que nació como parte de un encargo publicitario que jamás pudo concretarse, se erigió como un símbolo universal de libertad y cuestionamientos a la injusticia. Apareció por primera vez el 29 de septiembre de 1964, en el periódico Primera Plana. Y, como caso curioso, Quino decía que esa pequeña lo frustró como dibujante. “A veces le tengo cariño, otras veces le tengo rabia”, dijo en una entrevista de 1972. Fue quien lo hizo famoso y, además, eterno.

Se suele decir que la censura agudiza el ingenio, se buscan maneras para decir la verdad, para que esta no sea amordazada ni tergiversada por el poder. También se dice que la censura es un gesto de debilidad del mandón, del dictador, del inquisidor. En los setentas, épocas de dictaduras en el cono sur, de los horrores promovidos por Estados Unidos y su Operación Cóndor, en Argentina se vivieron horrores a granel. Antes de la criminal junta militar que dio el golpe de estado en 1976, Mafalda había desaparecido tres años antes por obra y voluntad de su creador.

Una muy recordada viñeta de este personaje, al que Quino le fue agregando contra-personajes como Felipe, Manolito, Susanita, el hermanito medialengua, Libertad, es aquella en que la inquieta zagala se acerca a un policía y le pregunta si el bolillo que porta es “el palito para abollar ideologías”. Por estos días se ha reproducido en forma copiosa en Colombia para cuestionar la represión policial, la misma que el 9 de septiembre causó trece muertos y decenas de heridos.

Quino, quien tras la finalización de Mafalda siguió publicando sus tiras de ácido humor, en las que no hay personajes con nombre sino situaciones sobre el poder, el arribismo, los desmanes de los mandamases, las agresiones contra el planeta, en fin, fue abandonando su práctica genial de dibujar, porque los ojos se cansaron. “La vejez es como una dictadura militar”, dijo. Y a propósito del por qué su creación máxima, Mafalda, odiaba la sopa, explicó que era una alegoría de los gobiernos militares “que nos teníamos que comer todos los días por estas latitudes”. A él, en persona, le encantaba la sopita.

La muerte del gran Quino, un paradigma del humor gráfico, del humor político, de la defensa de la libertad de expresión y pensamiento, ha hecho llorar a mucha gente. En particular cuando su hija Mafalda, en dolorosos diseños fúnebres de homenaje, se aferra a las piernas de su creador y le pide que no se vaya, que ella sí se tomará la sopa.

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