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Uno de los rasgos del proceso de destrucción de la democracia que estamos atestiguando (y propiciando) es la construcción de falsos consensos. La noción de que para ejercer el poder con legitimidad debemos estar de acuerdo en todo con los líderes, so pena de quedar marcados y definidos como desleales, es el peor favor que le hacemos al colectivo. Claro, hay fanatismos genuinos y por ello espantosos, pero ya hemos visto cómo la (i) lógica del “espíritu de las masas” que proclamaba poéticamente Romains en el siglo XX ha operado como paso previo y paradójico a la instauración de dictaduras cuyos efectos fatales son conocidos, a pesar de los alivios iniciales que el carácter ejecutivo de las decisiones produce. Sucede con la izquierda y la derecha, que copian entre sí sus estrategias, mienten o “acomodan los hechos” de las mismas formas. Y lo peor, parece estar gustando por igual a hombres y mujeres, pese a ser una enfermedad de origen patriarcal.
El mecanismo mediante el cual opera la construcción de rebaños acríticos se hace patente en la simplificación rápida y agresiva de las comunicaciones y la intolerancia, real o fingida, al disenso. La intimidación funciona porque viene acompañada con despliegues de fuerza física, monetaria o reputacional. Y el problema no es ideológico o de creencias, porque esa es la naturaleza humana, la diversidad de pensamientos, sino la imposición de las ideas con base en argumentos de excepcionalidad, conveniencia personal dura y pura, o peor, soportadas en la destrucción de la capacidad crítica y las expresiones creativas que garantizan la Constitución y la ley, ambas basadas en la idea de la convivencia: se vale que no guste que parejas homosexuales adopten, pero no se vale inventar evidencias para impedirlo. El gran reto es que las personas religiosas acepten que su visión de la vida es igualmente subjetiva a la de todos los demás seres con los que comparten este platanal.
¿Cómo deshacer el camino del unanimismo, que ensalza individualidades patológicas, sobre todo cuando los grupos al margen de la ley fuerzan la acción armada y la delincuencia y el desorden parecen incontrolables? Ahí es donde hay un papel fundamental tanto para los medios de comunicación, las instituciones educativas y las de gestión cultural (que no son las industrias del entretenimiento), como para los empresarios interesados en sostener el debate democrático.
En el corto plazo la lucha contra el unanimismo debe ser frontal, más adelante será mucho más difícil de revertir. Derrocar un monopolio, una vez establecido, es tarea de titanes. Ningún “ismo” debería prevalecer porque en todo extremo está contenida la semilla del contrario, dice el Tao con sabiduría.
Hay que aprender a vivir con consensos parciales, incompletos, dinámicos. La manía de fusilar al sospechoso de impureza ideológica que nos reportó en su historia del ELN el maestro Joe Broderick, es la que conduce al caos y la entronización de los Bukeles y los Ortegas, fiestas provinciales y crueles de fuegos artificiales. “Todo lo puro tiende a enloquecer”, me recuerdan siempre voces amorosas; un aforismo atribuido a Fernando Gonzales desde Otraparte*.
*El unanimismo: una opción fallida, Jairo Arango. Diario del Otún, mayo 11, 2022, quien a su vez cita a León Roldós y su Unanimismo y democracia, de El Universo (diario ecuatoriano), el 13 de enero de 2014.
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Mario(196)•Hace 6 horasMas de 12 millones de Colombianos que opinan distinto a como opina su presidente, y un mundo politico de multiples partidos e intereses nos protegen en Colombia de ese mal. Sin embargo, hemos demostrado una y otra vez que somos un país donde los lideres sufren de mal en las rodillas.
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Bernardo(6iy15)•Hace 6 horasCiertamente el unanimismo sería paso obligado hacia la consolidación del FASCISMO. (No debería pesarnos la pluma para llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando «las cosas» lo piden a gritos)…