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17 Sep 2021 - 2:00 a. m.

El talante democrático de Virgilio Barco

Hoy, 17 de septiembre, Virgilio Barco Vargas habría cumplido cien años. Es posible que el nombre del último presidente liberal que tuvo Colombia en el siglo XX no les diga mucho a las nuevas generaciones, pero el conocimiento de su vida y su obra es necesario para comprender lo que el país vive ahora.
Leopoldo Villar Borda

Leopoldo Villar Borda

Historia, relaciones internacionales
Al gobierno Barco le tocó enfrentar el desafío del narcoterrorismo. / AP
Al gobierno Barco le tocó enfrentar el desafío del narcoterrorismo. / AP
Foto: Archivo

Graduado de ingeniero en el prestigioso MIT (Massachusetts Institute of Technology), Barco inició su carrera política en Cúcuta, su ciudad natal, en la época que pasó a la historia con el nombre de la Violencia, con mayúscula, cuando liberales y conservadores libraban una sangrienta guerra civil no declarada. Fue amigo y partidario de Jorge Eliécer Gaitán y, tras su asesinato el 9 de abril de 1948, su casa en la capital nortesantandereana fue atacada a bala por agentes del régimen conservador de Mariano Ospina Pérez. Cuando este fue sucedido en 1950 por Laureano Gómez y se intensificó la persecución contra los liberales, tuvo que salir al exilio.

Después de permanecer varios años en Estados Unidos, regresó al país cuando los dos partidos tradicionales hicieron la paz y formaron el Frente Nacional. Barco ingresó al gobierno bipartidista en 1958 como ministro de Obras Públicas en el gabinete del presidente Alberto Lleras Camargo y después fue ministro de Agricultura del presidente Guillermo León Valencia. Cuando Carlos Lleras Restrepo fue elegido en 1966, ocupó la Alcaldía de Bogotá, en la cual realizó una gestión transformadora que no ha sido igualada hasta ahora.

“El anti-bogotazo”

En los años 60 del siglo pasado, los gobernadores y alcaldes eran nombrados por el presidente de la República. Dos días después de asumir el poder, Lleras Restrepo llamó a Barco para ofrecerle la Alcaldía de la capital colombiana y este no dudó en responderle: “No sé de música, pero si usted me nombra director de la Sinfónica, le acepto”.

Tomó posesión del cargo pocos días después y empezó a trabajar para “poner la ciudad en marcha”, como lo proclamó en uno de los lemas de su administración. Con una ambiciosa idea de lo que debía ser la ciudad futura y consciente del explosivo crecimiento demográfico que esta había experimentado en los años de la Violencia, planificó su desarrollo a largo plazo y emprendió un vasto programa de obras que le cambiaron la cara a Bogotá.

Entre los resultados de este programa estuvieron la renovación del centro, la ampliación de los servicios públicos y sociales, la actualización de las normas sobre zonificación, densificación y urbanismo, la reorganización de la estructura administrativa de la Alcaldía y la construcción del Centro Administrativo Distrital.

En 37 meses, Barco renovó la ciudad, sembró un sentido de pertenencia en sus habitantes y dio un fuerte impulso a su desarrollo. Todo esto produjo lo que él mismo llamó “el anti-bogotazo”, un fenómeno positivo que borró la imagen de destrucción y caos proyectada en la revuelta que provocó el asesinato de Gaitán.

Esta transformación fue puesta a los ojos del mundo cuando el Papa Paulo VI visitó, en 1968, la capital colombiana. La gestión de Barco no tardó en tener efectos políticos, pues su figura se engrandeció y su proyección como candidato presidencial se convirtió en un sentimiento compartido, no solo por los bogotanos sino por un número creciente de colombianos.

La Presidencia

Con estos antecedentes, Barco aspiró a la Presidencia de la República en dos ocasiones y fue elegido por amplia mayoría en la segunda, en 1986. Encabezó entonces un gobierno que enfrentó el mayor desafío criminal en la historia del país, protagonizado por narcotraficantes como Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha.

Mientras combatía el narcoterrorismo que azotó al país en esos años, Barco hizo la paz con el M-19 y otros grupos armados, y apoyó al movimiento estudiantil que propuso un plebiscito en las elecciones de marzo de 1990 para convocar una asamblea que reformara la Constitución conservadora de 1886. Fue lo que se llamó la “séptima papeleta”, cuya aprobación condujo a la realización de la Asamblea Constituyente que adoptó la Constitución de 1991.

A Barco se le puede atribuir la autoría de la Constitución porque la “séptima papeleta” fue una respuesta al hundimiento en el Congreso del proyecto de reforma constitucional presentado previamente por su gobierno, que contenía los principales cambios aprobados después por la Constituyente. El proyecto fue retirado cuando unos legisladores pretendieron incorporarle un “narco-mico” para favorecer a Pablo Escobar.

Entonces, Barco facultó por decreto a la Organización Electoral para someter al pueblo la papeleta que propuso convocar la Constituyente, en las elecciones del 27 de marzo de 1990. Fue una decisión que despertó la reacción adversa de las élites políticas y los juristas aferrados al formalismo constitucional, que defendían una disposición aprobada por el plebiscito de 1957, según la cual la Constitución solo podía ser modificada por el Congreso.

Así como se apartó de quienes consideraban intocable el plebiscito que creó el Frente Nacional, Barco dejó atrás la política bipartidista para inaugurar un gobierno liberal, convencido de que un régimen de partido con una oposición fuerte, como lo fue la conservadora, era la mejor expresión de la democracia. Gobernó con un programa inspirado enteramente en las ideas de su partido, el Liberal, cuyas raíces se remontan en Colombia al gobierno progresista de Francisco de Paula Santander.

Pago de deuda histórica

Otra realización importante del gobierno de Barco fue el pago de una deuda cinco veces centenaria con las comunidades indígenas del país, que formalizó en 1988 en un acto efectuado en La Chorrera, en el corazón de la selva amazónica, al reconocerles a esas comunidades el derecho de propiedad sobre más de diez millones de hectáreas.

Además de sus efectos materiales, el acto tuvo un gran significado simbólico, pues se realizó en el mismo lugar donde estuvo la tristemente célebre Casa Arana, el centro de una organización que explotó, maltrató y asesinó a millares de indígenas, cuando aventureros e invasores poseídos por la “fiebre del caucho” se tomaron una parte de la selva en busca del precioso producto.

A semejanza del liderazgo que ejerció para promover el cambio de la Constitución retrógrada de Rafael Núñez, que oprimió al país como una camisa de fuerza durante un siglo, el acto de justicia que realizó con los pueblos indígenas no ha sido valorado todavía en toda su dimensión en Colombia, como sí lo fue en el mundo.

Seguramente con el tiempo se apreciará la trascendencia de estas acciones, al igual que el talante democrático que convirtió a Barco en el último presidente que encabezó en Colombia un gobierno de partido, sin desconocer a la oposición.

* Columnista de El Espectador, autor del libro “Virgilio Barco, el último liberal”.

Leopoldo Villar Borda

Por Leopoldo Villar Borda

Periodista y corresponsal en Europa
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