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En una contienda electoral en la que una parte no menor del abanico de los 13 aspirantes presidenciales busca quedarse con la denominación de “outsider”, las estrategias para lograrlo impactan en varios frentes; hay diversas formas de llegar a ese objetivo. Pero una en la que hay coincidencia, con los matices propios de cada campaña, es en lo que se considera “ser frentero”, “ser directo”, “no tener jefes”.
Es ahí en donde se ubica la candidatura de Santiago Botero, quien a sus 52 años recogió y le entregó a la Registraduría 1,2 millones de firmas para viabilizar su postulación a través del movimiento “romper el sistema”. Desde el bautismo de su agrupación intentó marcar distancia con la llamada política tradicional, esa misma que en su natal Medellín (Antioquia) está tan marcada.
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Si bien residía hasta hace poco en Miami y su perfil de empresario le ayudó a construir una red de apoyos y relacionamiento de alto nivel, hasta ahora no había entrado a los escenarios proselitistas colombianos. Eso sí, como él mismo lo ha dicho, su fe es católica y varios de sus planteamientos, si no todos, casan con lo que ideológicamente se ubica a la derecha del espectro político.
“Yo no vengo a negociar con el sistema”, es una de las frases que más ha repetido en varios escenarios públicos, incluyendo sus diálogos con El Espectador, con la cual busca enfatizar en un perfil “apolítico” y lo que considera son los “plus” que su trayectoria en el sector privado le dan para saltar a la administración pública; a la jefatura del Estado.
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Por eso, de acuerdo con la hoja de vida que divulga en sus redes y páginas web, hace gala de haberles dado vida a firmas como Tropical Food, Finsocial y –entre otras– SBO Lab. La génesis de sus inclinaciones empresariales está en su formación de agrónomo en la academia hondureña y el MBA que realizó en una institución costarricense.
De ahí es que en el plan de gobierno que construyó para intentar convencer al electorado de que le dé su voto tiene un alto componente económico, que en todo caso apunta con fuerza a la reducción de impuestos y el fomento de los emprendimientos.
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Incluso –en varios apartados de ese documento– esboza la idea de entregar entre COP 5 millones y COP 10 millones para impulsar “negocios”. De hecho, a renglón seguido deja claro que “no es un subsidio”. A esto le suma componentes relacionados con salud, vivienda, educación, ambiente, protección animal y, entre otros, transporte; su visión está enfocada al desarrollo.
Pero como todo candidato a una institución de elección popular, en este caso la Presidencia de la República, le imprime espectáculo a sus apariciones públicas y a varias de sus intervenciones, en especial cuando toca el otro eje clave de su modelo de Estado: justicia y seguridad.
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De hecho, lo que lo inclina hacia la derecha, plantea la conformación de un grupo de “templarios” para mantener el orden. Se trata, de acuerdo con lo asegurado por la campaña, de una fuerza especial conformada por personal con entrenamiento en seguridad y en disposición de actuar contra la ilegalidad sin mediaciones.
La justifica a través de la figura de conmoción interior, la misma de la que habló en este 2026 el presidente Gustavo Petro (vía redes y en un consejo de ministros en Nariño) para plantear la destitución y posible encarcelamiento de alcaldes y gobernadores que no le son afines; todo en medio de la polémica que se armó a mediados de abril por los avalúos catastrales.
Lo que plantea Botero es que acudiría a esa medida excepcional para que, entre otras cosas, los denominados “templarios” puedan aplicar varias estrategias contenidas en un protocolo del que da algunos tintes en sus propuestas.
Uno de los puntos, el número dos, dice textualmente: “No negociaría. No dialogaría. Actuaría con firmeza”. En el brazo izquierdo del modelo proyectado de uniforme de quienes integrarían este grupo está la bandera de Colombia y encima, en mayúsculas, figura la expresión “dios con nosotros”.
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Esto último es importante y de ahí que, compitiendo por un espacio que en la derecha pareciera ya ganaron Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella –con sus particularidades, por supuesto, y con sus intenciones de alejarse de la tradicionalidad apelando a la denominación “outsider”–, su programa tenga una carga religiosa.
En efecto, compite en el espacio electoral de la derecha con la denominación programática de “plan justicia de dios”, escrito todo en mayúsculas, y apunta a “romper el sistema” apelando a estar “de la mano de dios y con la voz del pueblo”.
En este camino está acompañado por el abogado Carlos Fernando Cuevas, quien también apoya el desarrollo estratégico de la campaña.
Esta llave ha logrado salir del espacio del 1 o 2 por ciento en intención de voto en el que están, de acuerdo con los sondeos conocidos este año, varios políticos con trayectoria y que también hacen parte del abanico de los 13 presidenciables.
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Pero aún no despega con fuerza para viabilizar sus propuestas como una opción para eventualmente estar en la segunda vuelta. En todo caso, Botero asegura que seguirá buscando electorado hasta el 31 de mayo, la primera cita a urnas en la carrera presidencial, y que después de esa fecha determinará en qué senda continúa su primera incursión formal en urnas.
“Balín contra la corrupción, el hambre y la injusticia”, es otra de las arengas que más pregona. Y la primera palabra de ese eslogan es la que lo ha llevado a enfrentar polémica por un enfoque que para sus contradictores es belicista. Sin embargo, el candidato lo defiende, remarca que está dentro de la legalidad y que al final es el votante quien decide hasta dónde puede llegar en una carrera que dice financiar con recursos propios y apoyos individuales.
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Santiago Botero hace parte del grupo de aspirantes que actualmente se ponen del lado de la oposición y que compite para intentar frenar la continuidad de la izquierda en el poder. Las urnas determinarán hasta qué punto podrá avanzar.
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