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Sistemas, asistencia y discursos: el cuidado en los planes de gobierno (análisis)

“Las propuestas de Cepeda, Valencia, Fajardo, de la Espriella y López responden de manera distinta a tres preguntas: ¿reconocen la transición demográfica?, ¿articulan el cuidado con instituciones ya existentes?, ¿abordan la pregunta de quién paga?“, señala la profesora Ángela Guarín.

Ángela Guarín, Escuela de Gobierno de Los Andes

05 de mayo de 2026 - 01:05 p. m.
Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella, Paloma Valencia, Claudia López y Sergio Fajardo lideran la intención de voto en la medición realizada entre el 15 y el 24 de abril.
Foto: El Espectador
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Esther, de 43 años, sigue limpiando oficinas de madrugada para cuidar de día a sus padres enfermos y a sus hijas adolescentes. Su rutina resume el desafío que la transición demográfica, menos nacimientos, hogares más pequeños y una población que envejece, impone hoy a millones de mujeres en Colombia. El cuidado se entrelaza con las violencias, las brechas laborales, la subrepresentación política, la feminización de la pobreza, la desprotección de las lideresas sociales y las barreras que enfrentan las mujeres rurales, entre otras problemáticas. Pero articula la pregunta de fondo: ¿están los candidatos construyendo respuestas a su altura?

Las propuestas de Cepeda, Valencia, Fajardo, de la Espriella y López, los cinco más visibles del actual debate electoral, responden de manera distinta a tres preguntas: ¿reconocen la transición demográfica?, ¿articulan el cuidado con instituciones ya existentes?, ¿abordan la pregunta de quién paga? En materia de cuidado, CEPAL y ONU Mujeres distinguen tres niveles de respuesta institucional: programas que ofrecen servicios aislados; políticas que articulan programas en torno a derechos; y sistemas que exigen gobernanza interinstitucional y financiación estable. Las propuestas actuales se ubican en tres lentes: algunos proponen sistema; otros, programas; otros, discurso.

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El primer lente entiende el cuidado como sistema y como derecho. Fajardo y López lo plantean así. Fajardo propone fortalecer el Sistema Nacional de Cuidado con marco normativo y financiación, y establecer Sistemas Locales de Cuidado en 200 municipios, articulando cuidado, primera infancia y envejecimiento en un mismo entramado. López trae las “3R”: reconocer, reducir y redistribuir el trabajo no remunerado; conecta el cuidado con el envejecimiento y propone un Sistema Nacional de Cuidado y Protección Social a nivel municipal, con manzanas de cuidado, como las ya implementadas en Bogotá.

El segundo lente lo trata como apoyo focalizado. Valencia plantea propuestas concretas y cuantificadas, incluyendo centros de cuidado infantil en ZOMAC; 50.000 cuidadoras tituladas; licencia de paternidad de al menos cuatro semanas; contrato, salud y pensión para cuidadoras comunitarias, pero sin un sistema articulado a escala nacional. De la Espriella propone subsidios focalizados a madres y cuidadoras vulnerables, formación para 200.000 cuidadoras, un registro nacional del cuidado y la monetización de la economía del cuidado; son programas, no sistemas.

El tercer lente es discursivo. Cepeda critica al patriarcado, defiende a las madres comunitarias y promete un “gran Sistema Nacional del Cuidado”, pero su programa no aterriza con instrumentos ni con una postura clara sobre cómo financiarlo. El marco discursivo es robusto; la traducción operativa se queda corta.

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Hay un punto ciego compartido. López se enmarca en el lenguaje del CONPES 4143; Fajardo se acerca; los demás aluden tangencialmente sin construir sobre él. Pero ninguno se enfrenta al costo real. El Simulador OIT-CEPAL estima que un sistema integral en Colombia requeriría cerca del 3,4% del PIB para 2035.

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Tres implicaciones. Primero, las reformas que dominan la campaña: pensional, laboral, educativa, salud, se estrellan contra la misma pared si no resuelven el cuidado: no hay sostenibilidad pensional sin participación laboral femenina, ni mercado laboral sin servicios de cuidado. Segundo, mientras los programas no respondan quién paga, sus promesas no se traducirán en sistema. Tercero, la transición demográfica no espera: cada año sin sistema se erosiona más la red familiar que históricamente lo sostuvo, y esa red la sostuvieron, gratis, ellas.

Reconocer el cuidado en el papel ya no basta. Lo que separa una promesa de un sistema son cifras, instrumentos, financiación y gobernanza. Sin eso, los planes seguirán prometiendo lo que no piensan financiar, y el cuidado seguirá siendo, como ha sido siempre, tiempo no remunerado de las mujeres.

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Ángela Guarín es profesora de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes.

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Por Ángela Guarín, Escuela de Gobierno de Los Andes

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