13 Mar 2018 - 2:00 a. m.

En defensa de las encuestas

Se vienen los comicios presidenciales y abundarán los sondeos de intención de voto. Vale la pena analizar para qué sirven y para qué no sirven estas mediciones, y cómo se deben y cómo no se deben recolectar, procesar, interpretar y difundir sus resultados.

Andrés Felipe Segura Arnaiz*

Existen  empresas que hacen un cuestionario en Google, lo llaman encuesta y cobran por ello. / Cristian Garavito - El Espectador
Existen empresas que hacen un cuestionario en Google, lo llaman encuesta y cobran por ello. / Cristian Garavito - El Espectador

Cuando las expectativas superan la realidad, resulta fácil caer en frustraciones. Esto suele ocurrir con las encuestas sobre intención de voto, que crean expectativas cuando las divulgan los medios de comunicación, pero cuyos resultados pueden y suelen diferir de los que arrojan las urnas. Por eso, los candidatos y otros interesados afirman a menudo: “yo no creo en las encuestas, pero…”.

A pesar de todo, las encuestas siguen siendo herramientas de investigación de gran importancia, en este caso, para el diseño de estrategias electorales.

No eres tú, soy yo

En primer lugar, hay que decir que las encuestas no están diseñadas para predecir los resultados de las elecciones. Ellas miden las percepciones de una población determinada, en un momento y un lugar específicos, frente a un estímulo particular. Como una fotografía de los votantes.

Si se quieren hacer proyecciones a partir de las encuestas, sería preciso complementar su información con análisis de tendencias históricas, información de medios, diagnóstico del contexto y otros materiales. Por eso, las encuestas no “se equivocan”, se equivocan quienes sacan titulares basados en ellas y sin tomar en cuenta otros aspectos.

Así, es preciso identificar una serie de errores a la hora de leer las encuestas: (i) muy pocos analistas retoman los resultados de anteriores sondeos, más allá de una diapositiva con datos comparados; (ii) no se tiene en cuenta la totalidad de los resultados. Los medios pagan millones solo para leer el resumen ejecutivo; (iii) no se analiza todo el resumen. Los “expertos” de 90 segundos se enfocan en unas pocas cifras vistosas, dejando de lado otra información valiosa.

Aun si se hiciera una encuesta perfecta (que no existe), sería difícil que la ciudadanía entendiera sus resultados de manera rigurosa. El alto volumen de la información y la velocidad con la que fluye hacen que la opinión pública sea muy sensible a cualquier cambio en la posición de los medios.

Lo mismo pero distinto

Los estudios de opinión pública están reevaluando sus metodologías frente a los cambios sociales, y esto incluye a las encuestas. Uno de los principales retos en la investigación estadística es la segmentación de la población de estudio, es decir, en cómo categorizar a las personas. Tradicionalmente se ha hecho bajo parámetros demográficos, principalmente socioeconómicos, con lo cual, por ejemplo, se puede decir que los jóvenes de 18 a 25 tienen una tendencia específica.

Esa categorización, indispensable para el diseño de la muestra, debería complementarse, por ejemplo, con variables psicológicas o con información sobre la historia del individuo en materia electoral. Pero este trabajo requiere estudios sólidos que sustenten la relación de estos factores con el objeto de estudio y su contexto.

Por esto, el diseño de encuestas es un arte que demanda experiencia en metodología estadística y análisis social. Hoy, sería indispensable involucrar los datos de otras fuentes. Por ejemplo, Miguel Olaya planteó un ejercicio para predecir las votaciones en 2014 y 2015. El resultado fue más cercano a los votos definitivos que lo que se pronosticó en los medios. Olaya utilizó el Twitter para preguntar por quién votó cada persona la vez anterior y por quién tenía ahora la intención de votar, de manera que sus inferencias resultaron más confiables.

En Colombia hay buenas encuestadoras y buenos estadísticos, pero el conocimiento estadístico de asesores, analistas y periodistas no es aceptable. Hoy existen personas y empresas que hacen un cuestionario en Google, lo llaman encuesta y cobran por ello. No es de extrañar entonces que las encuestas hayan perdido su credibilidad.

La herramienta es el mensaje

¿Cómo logran las encuestas convertirse en un arma política durante las campañas? Ninguna encuesta es totalmente imparcial, siempre estará sesgada por las preguntas que se plantean a los encuestados. Esto es muy útil desde el punto de vista académico, pero también las vuelve fácilmente manipulables.

En Estados Unidos existe la leyenda de que una encuestadora tradicional llegaba a donde sus clientes diciendo: “Dígame la hipótesis que quiere demostrar y nosotros hacemos el estudio que le brinde los datos que necesita”. También en Colombia la cantidad de encuestas “manipuladas” es alarmante.

Sin embargo, es necesario reconocer que las encuestas se hacen normalmente para clientes que desean hacer un seguimiento a lo que les interesa y no para la opinión pública. Quien decide cómo usar la información es la persona a quien va destinada.

Los resultados de las encuestas envían un mensaje directo a la opinión pública, mensaje que acaba por influir sobre la percepción de la campaña como una “carrera de caballos”. Los sondeos apoyan la idea de que un candidato específico tiene opciones de ganar, lo cual estimula los votos a favor de él o viceversa.

Por eso, los analistas tienden a convertirse en voceros de los candidatos en lugar de ofrecer un panorama claro. Lo reprochable es que ese ejercicio no sea transparente y que se utilice “la ciencia de las encuestas” para hacer propaganda política. Al final, las damnificadas son las firmas de investigación, para quienes “equivocarse” significa un golpe a su reputación. Gallup ha estado debatiendo si vale la pena seguir haciendo encuestas electorales.

El cambio es posible

La satanización de las encuestas se ha convertido en el combustible de más estudios sin soporte, que alejan a los ciudadanos del uso de estas herramientas metodológicas para hacer análisis sociales y políticos en un país donde el rigor científico brilla por ausencia.

Trabajar con información empírica confiable exige un cambio en el proceso. Debemos apropiarnos de estas metodologías para no cometer los mismos errores. Hoy podemos ver que muchos cambios están ocurriendo. Ojalá las expectativas no sean demasiado altas.

*Profesor universitario y analista de Razón Pública.

Este texto es publicado gracias a una alianza entre El Espectador y el portal Razón Pública. Lea el artículo original de Razón Pública aquí.

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