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23 Jan 2021 - 6:08 p. m.

La bitácora crítica del partido que nació del proceso de paz

Con apenas tres años de creado, el partido político que nació del Acuerdo de Paz de La Habana en 2016, realiza este fin de semana su segunda convención. Recorrido a su dura travesía por los tiempos y escenarios de la legalidad.
La segunda convención del Partido FARC tocará temas como el cambio de su nombre, pero de fondo se discute el rumbo de la colectividad. /El Espectador
La segunda convención del Partido FARC tocará temas como el cambio de su nombre, pero de fondo se discute el rumbo de la colectividad. /El Espectador
Foto: El Espectador

En las Farc, como en cualquier organización humana con decisiones en más de uno, siempre existieron diferencias para la conducción de la guerra entre sus comandantes. Pero Manuel Marulanda tenía la última palabra. Eran jefes militares y cuadros políticos de peso y sus desacuerdos fueron intensos y directos, pero Marulanda tuvo la trayectoria y el carácter para orientar las acciones con el Secretariado.

(Lea: La división tras la convención del Partido FARC)

En el cruce al siglo XXI, tras el fracaso del proceso de paz de la era Pastrana en 2002 y la aprobación del Plan Colombia con Estados Unidos, todo cambió para las Farc. Enfrentó la ofensiva del gobierno de Álvaro Uribe, que en las entrañas de las Farc se tradujo en suspensión de su debate de comandantes de bloques y frentes. La tecnología empoderó a las Fuerzas Armadas y, entre otros logros, paralizó las comunicaciones de las Farc en medio de una confrontación sin límite.

Entre la guerra y la estampida, cada jefe en su territorio hizo lo que pudo y recaudó dinero de cuanto pudo legal o ilegal en su accionar insurgente.  En 2008, de muerte natural falleció Manuel Marulanda, y ese mismo, su aliado fundamental, Raúl Reyes fue bombardeado en Ecuador. El comandante Iván Ríos fue asesinado por uno de sus milicianos en Caldas. Mala hora para las Farc que perdió a su comandante supremo y a dos integrantes del Secretariado.

Sin comunicación estable y aferrada a su insistencia por un canje de prisioneros, el inmovible de la insurgencia fue un centenar de políticos y oficiales de las Fuerzas Armadas cautivos en cárceles de la selva. En septiembre de 2010 cayó Jorge Briceño o El mono Jojoy, jefe del Bloque Oriental y jefe militar de las Farc, cuarto integrante del Secretariado fallecido en dos años. Después de Uribe y el Plan Colombia, la alternativa era aceptar la paz o seguir corriendo.

En ese reagrupamiento y reactivación de conversaciones, no extrañó a nadie que el comandante designado fuera “Alfonso Cano”. Pero un año después, en noviembre de 2011, en medio de un confuso suceso en el Cauca murió en una acción militar. Todavía persisten los reclamos de que no hubo muerte en combate sino asesinato.  Cierto o no, a los tres meses comenzó la fase secreta de las negociaciones de paz que permitió a varios jefes guerrilleros volver a reunirse.

(Lea más: Senadores de la FARC rechazan II Asamblea Extraordinaria de los Comunes)

Cinco miembros del Secretariado habían sido reemplazados después de una década de declive, y las Farc llegaron a la mesa de negociación de La Habana con una clara tendencia de dos bloques de poder: la línea del nuevo jefe máximo Timoleón Jiménez o Timochenko, forjado en la inteligencia y contrainteligencia guerrillera; y la línea de Iván Márquez, también con mando militar, pero más experiencia en las lides de la negociación política.

Iván Márquez fue congresista por la Unión Patriótica, pero volvió a las armas cuando se desató el exterminio, y años después integró el equipo negociador de las Farc durante las malogradas conversaciones de paz de Caracas (Venezuela) y Tlaxcala (Méjico) en la era de César Gaviria. Claramente, Iván Márquez estaba más curtido en el forcejeo político que Timochenko, con evidente distancia en sus pareceres y métodos para llevar el hilo de las discusiones.

En alguna raíz de la desconfianza colectiva, algunas memorias adicionales de disentimiento. “Mi desacuerdo con la concepción de Marulanda se fundamenta en la experiencia vivida no como teórico sino como político”, sintetizó Fidel Castro en su libro “La paz de Colombia” con abundante contexto y duda. Una fuente sostiene que, sin unidad en esa decisión, “les tocó ir a negociar a Cuba porque no había otra opción y era cuestión de tiempo por la guerra”.

Entre sensaciones de asomo de la inteligencia cubana, sin bajar el telón de la guerra y el afán del gobierno Santos por sacar el acuerdo, el destino de las Farc ingresó a un entramado que pasaba por Colombia, pero también por Cuba y Venezuela, y gravitaba en el ojo inspector de Estados Unidos. En simultánea, el pulso entre la línea de Iván Márquez y la de Timochenko, que finalmente depusieron sus diferencias y contribuyeron a sacar adelante el pacto de 2016.

Sin embargo, en los mismos días de la resonante firma del Acuerdo de Paz en Cartagena en septiembre de 2016, durante la realización de la Décima Conferencia de las Farc que debía cerrar el ciclo de la guerra, se evidenciaron las grietas y, como comentó la fuente del relato, “se sacaron lo ojos”. Mientras los periodistas que acudieron al encuentro se saciaron de averiguar la vida, obra y milagros de la guerrilla en su tránsito hacia la paz, los jefes de la insurgencia se sacaron los trapos.

El hecho se registró como un escenario histórico sin novedades mayores, pero la discusión significó también despedida. “Ahí se produjo una fractura que determinó que algunos mandos de segunda línea se alejaran”. Entre ellos, Gentil Duarte, forjado en el Bloque Sur de las Farc junto a Joaquín Gómez. Primera disidencia reconocida del Acuerdo de Paz, pero no la única. Otros volvieron a los territorios de la Colombia profunda a vivir de la coca, el oro, el reclutamiento y las armas.

En algunos territorios la extorsión no se fue ni la violencia, pero había un pacto por cumplir y en el camino para mutar de organización alzada en armas a partido político, pronto asomaron los portazos. Timochenko tuvo que expedir una comunicación para pedir a la militancia que aclarara si había sido elegido para una colectividad “donde lo que se acordaba por mayoría se convertía en orientación sagrada, o en un partido en el que cada uno hace lo que se le venga en gana”.

Tácita demostración de la pelea que se desató en el abrebocas de una colectividad que ahora debía jugarse la vida en los tiempos y escenarios de la paz.  La calentura previa a las discusiones del congreso constitutivo del partido de la rosa, que se vieron alteradas por un percance de salud de Timochenko en Villavicencio en julio de 2017, que derivó en un sorpresivo viaje a Cuba para ser tratado por los facultativos, con tiempo de regreso para el debate mayor.

(También: Los nombres que suenan para rebautizar al partido FARC)

Entre el 28 y el 31 de agosto de 2017 en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada de Bogotá se dieron los debates de creación de partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC). El 1 de septiembre cobró vida y el retrato del proceso constitutivo fue la distancia del binomio Iván Márquez-Jesús Santrich con el grupo liderado por Timochenko, con apoyo de Pablo Catatumbo, Carlos Antonio Losada, Pastor Alape y Rodrigo Granda.

Dos meses después, Timochenko fue presentado como candidato presidencial e Iván Márquez encabezó la lista al Senado para las elecciones del 11 de marzo de 2018. A dos semanas de los comicios legislativos, Timochenko volvió a presentar un quebranto de salud que lo sacó de su campaña política a la Presidencia y, como estaba pactado, Iván Márquez volvió al Congreso, esta vez con su aliado del momento, el exjefe guerrillero Jesús Santrich.

Un mes después de ser anunciados como senadores, Santrich quedó enredado en la telaraña judicial que el 9 de abril de 2018 derivó en su captura con fines de extradición a Estados Unidos por narcotráfico. Como cabeza del partido, Timochenko declaró que habían aceptado en La Habana acogerse a la constitución y las leyes, y que quienes no lo hicieran, debían atenerse a las consecuencias. “Ahí difícilmente puede pedírsele solidaridad al partido”, enfatizó su máxima autoridad.

“Se dividieron los caminos de la guerra y la paz al interior de las Farc tras el Acuerdo de La Habana”, añade otra fuente consultada. Mientras Iván Márquez, apoyado por Hernán Darío Velásquez o El Paisa, rompió su silencio para decir que el caso Santrich era producto de un montaje entre la Fiscalía y la DEA y se retiró a la región de Miravalle, en el Caquetá, sin tomar posesión de su curul como senador elegido, Timochenko y su grupo tomaron distancia.

En mayo de 2019, cuando Jesús Santrich recobró su libertad por orden de la Corte Suprema de Justicia, en medio de un resonante debate público con intervención de la Justicia Especial de Paz (JEP) y la renuncia del fiscal Néstor Humberto Martínez argumentando rechazo, ya no había como alinear a Iván Márquez con Timochenko. Por el contrario, los excomandantes de las Farc se situaron en frentes opuestos hasta que se produjo la ruptura sin regreso.

Timochenko lo señaló de buscar el “aplauso de las cabezas calientes” y de falta de entendimiento ante los acontecimientos políticos. “Iván no percibió la dimensión del puesto que nuestra larga lucha lo llevó a ocupar. Se fue, sin ningún tipo de explicación, y se negó a ocupar su curul en el Senado dejando acéfala a nuestra representación parlamentaria en el momento en que más se requería su presencia”, precisó. Semanas después, Márquez anunció su regreso a la lucha armada.

Corría el mes de agosto de 2019 y, tres años después de firmar la paz con el gobierno Santos, el panorama había cambiado de la noche a la mañana. Ahora la línea Timochenko y sus escuderos -Pastor Alape, Carlos Antonio Losada y Rodrigo Granda-, debían empezar de nuevo con los demás firmantes del Acuerdo de 2016. En medio de los atrasos y los incumplimientos de los acuerdos de La Habana y el incremento de los asesinatos de excombatientes, el malestar nunca se detuvo.

En junio de 2020, con el mundo cercado por la pandemia del Covid y Colombia sufriendo la crisis social consecuente, de nuevo el partido de FARC fue noticia por sus divisiones. Esta vez su comité de ética expulsó de la colectividad a cuatro excomandantes y amonestó a un quinto por crear divisiones. La cabeza visible de los proscritos fue Andrés París, cuadro político de larga trayectoria en la insurgencia, con incidente liderazgo entre quienes dejaron las armas.

Sin regresar a ellas, pero en abierto desacuerdo con la línea Timochenko, con Andrés París también quedaron afuera del partido Farc, Fabián Ramírez, antiguo comandante del Bloque Sur; Pablo Atrato, excomandante del frente 57; y Benedicto González, que por un tiempo asumió la curul que no llegó a ocupar el malogrado Jesús Santrich. Su propósito es reagrupamiento de los excombatientes para ayudarse en proyectos y vigilar el cumplimiento del acuerdo de paz.

Agrupados en torno al colectivo “26 de marzo” -fecha del fallecimiento de Manuel Marulanda Vélez-, Andrés París y sus aliados, en un objetivo de articulación regional y nacional, buscan fortalecer los procesos cooperativos y organizarse como firmantes de paz para la exigencia de los compromisos. El propósito adicional es el de ejercer contrapeso político a la línea Timochenko que lleva tres años timoneando un barco que para conveniencia de Colombia no se puede ir a pique.

En búsqueda de ese objetivo, de manera extraordinaria, el partido Farc adelantó su segunda convención nacional para el 23 de enero de 2021. Sus directivos lo consideraron urgente para diseñar el plan electoral de cara a los comicios legislativos, regionales y presidenciales de 2022. Y también para debatir asuntos que empiezan a ser paisaje en las discusiones: el atraso en la implementación de los acuerdos, el desgano del gobierno y los asesinatos de los excombatientes.

Una estrategia a la que no demoraron en aparecer un nuevo grupo de críticos. Esta vez, Milton de Jesús Toncel o Joaquín Gómez, que desde Guajira ha sido motor para la asimilación del difícil proceso de paz en los territorios; Victoria Sandino, cuyo paso por la política ya le ha dado autoridad y reconocimiento; e  Israel Zúñiga o Benkos Biohó, que ya fue amonestado por el comité de ética del partido, y que volverá a ser evaluado ante sus recurrentes observaciones a sus directivos.

En resumen, la postura de Joaquín Gómez, Victoria Sandino e Israel Zúñiga es que van 250 excombatientes asesinados, que hay más de 300 firmantes que siguen en la cárcel, que no hay aprobado proyecto alguno de envergadura que le dé camino a la implementación de los acuerdos de paz, y que la segunda convención convocada por el círculo de Timochenko, además de irregularidades en la escogencia de delegados, excluye a fundadores y militantes de las Farc.

La defensa de los directivos del partido Farc es que los temas gruesos se deben discutir en presencialidad, pero que hoy se necesita con urgencia aprobar una plataforma política de convergencia para el 2022. En una declaración pública, Carlos Antonio Losada precisó: “Si las fuerzas que estamos por la paz y la democracia no somos capaces de ganar las mayorías para elegir un próximo gobierno, y vuelven a ganar los enemigos de la paz, no van a parar los asesinatos”.

La segunda convención del partido Farc se instaló este viernes 22 de febrero y, aunque ha prevalecido el sigilo de las discusiones a puerta virtual cerrada, lo único anunciado es que cuando termine la colectividad cambiará su nombre. Definitivamente la acepción de la sigla Farc trae al presente las dolorosas memorias de una guerra degradada en la que también sus miembros participaron activamente. Y se requiere una nueva designación para luchar por la paz.

Ya no están todos los que hace apenas cuatro años llegaron unidos a firmar la paz en 2016. Unos volvieron a las armas, otros se ayudan en los territorios, y otros cuantos piden que las decisiones del partido que surgió para defender los acuerdos, sean horizontales y participativas porque todos se la jugaron por dejar las armas y transitar por los ariscos caminos de la paz. Nadie dijo que iba a ser fácil, ahora la misión mayor es evitar la atomización definitiva o el retorno a la guerra.

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