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En 2017, tras su llegada a la Casa Blanca en su primer periodo, Donald Trump amenazó fuertemente al presidente Juan Manuel Santos con una posible descertificación en la lucha contra las drogas. No fuimos descertificados, según Trump, por los fuertes lazos de cooperación de los organismos de seguridad colombianos con Washington. En ese momento era un shock gigante que Estados Unidos amenazara a Colombia cuando la relación bilateral había llegado a su nivel más alto desde su recuperación a finales de los 90. Ocho años después llegó la descertificación, sanciones graves al presidente y su familia y al ministro del interior, amenazas de aranceles y de sacar a Colombia del sistema bancario internacional y hasta una declaración explícita de la posibilidad del uso de la fuerza militar de EE. UU. contra Colombia. Nadie se hubiera imaginado hace unos años que la relación caería tan bajo después de que Colombia fuera el principal aliado de Estados Unidos en América Latina. La visita del presidente Petro a Washington parece ser una muestra de que la relación puede recuperarse, pero las tensiones siguen siendo inminentes.
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El peso de la historia
Desde la separación de Panamá en 1903, las élites colombianas entendieron que el poder militar de Estados Unidos no era convencional. La superioridad en capacidad militar de EEUU frente a todos los países de las Américas fue evidente, no solo en Panamá, sino en todas las operaciones de control efectuadas por ese país en el Caribe y Centroamérica en la primera mitad del siglo XX. La doctrina Monroe, que consideraba la supremacía de EEUU en las Américas como indispensable para su seguridad nacional, implicaba que América Latina quedaba subordinada y bajo supervisión constante del aparato militar estadounidense. Ahora el gobierno de EEUU revivió ese término y lo actualizó a “doctrina Donroe”, con el nombre del presidente actual en el medio. En Colombia aceptamos que esa disparidad era evidente y desafiar a Washington era muy costoso, mientras que colaborar era rentable. Nuestra doctrina, el respice polum, nos guió durante todo el siglo XX buscando apoyo de Estados Unidos para la seguridad y el desarrollo del país. La Alianza para el Progreso, la participación en la guerra de Corea, el apoyo a la intervención en Irak y el Plan Colombia son todos frutos de la relación especial entre los dos países.
En las últimas tres décadas, la política exterior de Colombia frente a Estados Unidos se había centrado en la consolidación de un apoyo amplio de congresistas de ambos partidos, republicanos y demócratas, que blindaba la relación frente a los cambios políticos y aseguraba recursos del congreso para la cooperación con Colombia. Ese capital diplomático empezó a erosionarse con la llegada de Trump a la presidencia en 2017, y continuó a la deriva con la preferencia de Iván Duque y su partido por los republicanos, descuidando el apoyo bipartidista. Mientras tanto, durante los gobiernos de Duque y de Petro, crecía la frustración en Washington por el crecimiento de los cultivos de coca, la consolidación de grupos narcotraficantes en Colombia y los tropiezos del proceso de paz con las FARC, incluyendo algunos de sus cabecillas que continuaron enviando coca a Estados Unidos y dirigiendo disidencias.
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Una relación vuelta pedazos
En 2025, la relación bilateral llegó a su peor momento. El presidente Petro aprovecha cada oportunidad para atacar las políticas de Estados Unidos, especialmente desde el regreso de Donald Trump al poder. Internamente, Petro ha privilegiado una agenda de seguridad y drogas contraria a las expectativas de Washington.
La principal preocupación de Washington en Colombia ha sido por muchas décadas el cultivo de coca y la exportación de cocaína hacia Estados Unidos. Después de una caída significativa en el área cultivada de coca hasta 2013, los cultivos no han parado de crecer. Según el informe de UNODC publicado en febrero de 2025, el área cultivada con coca alcanzó 253,000 hectáreas, un aumento del 10% frente al año anterior. La producción potencial de cocaína se disparó un 53%, llegando a 2,664 toneladas métricas. Es el décimo año consecutivo de crecimiento, desde el mínimo histórico de 48,000 hectáreas en 2013.
El presidente Petro ha optado por desconocer estos datos: critica la metodología del monitoreo satelital y afirma, sin evidencia alternativa, que su política detuvo el crecimiento. Si bien la metodología de Naciones Unidas tiene serias limitaciones, Petro no tiene mucho que mostrar para respaldar su discurso de un “triunfo” en la política antidrogas. Las incautaciones han aumentado, como dice el presidente, pero mucho más lo ha hecho la capacidad de producción de coca y, por tanto, no es suficiente con la incautación. Como resultado, Trump declaró a Petro como responsable del crecimiento del narcotráfico y a Colombia como potencial objetivo de operaciones militares contra la cocaína.
El otro frente de tensión entre Petro y Estados Unidos es el fracaso de la “paz total”. Las mesas de negociación no han dado frutos significativos mientras los grupos armados, muchos de ellos involucrados en el tráfico de drogas hacia EEUU, se han fortalecido y expandido. Petro se había negado a la extradición de líderes de esos grupos pedidos por Estados Unidos, pero la paciencia de Washington en este frente se acabó.
Petro viaja a Washington gracias a la gestión silenciosa y efectiva de algunos funcionarios clave que se han dedicado a aliviar las tensiones entre los dos gobiernos, en especial el embajador Daniel García-Peña. Pero esto no significa que todo se haya ya solucionado.
En los últimos meses, el gobierno Petro ha tomado decisiones importantes que reflejan los intereses de los Estados Unidos, como mayores operaciones militares contra grupos armados y la promesa de extradiciones como la de ‘Pipe Tuluá’ y alias ‘Araña’, si este último no erradica 15.000 hectáreas de coca en el Putumayo. El “buen comportamiento” de Petro ha sido mayor tras la captura de Maduro y la amenaza de que Petro podría ser el siguiente.
A pesar de los gestos positivos de Petro, su visita a la Casa Blanca se da bajo la mayor tensión posible. Petro continúa hablando mal de Trump y de los Estados Unidos, su inclusión en la lista Clinton sigue vigente, su visa sigue cancelada, y EE. UU. mantiene una capacidad militar en el Caribe sin precedentes. La visita sigue siendo una buena señal de recomposición de la relación, pero no está asegurado para nada su éxito. Ambos presidentes son bastante impulsivos y toda la preparación que han hecho sus equipos podría ser en vano con solo un trino desafortunado de Petro o Trump. Los resultados en lucha contra el narcotráfico y combate a grupos armados no parecen ser suficientes para aplacar las exigencias de Trump. Por último, el inicio del año electoral en Colombia añade más ruido a esa visita, con los múltiples ejemplos de intervención de Trump a favor de candidatos opuestos al lado de Petro en América Latina.
La reunión será crucial para mantener la esperanza de la recomposición de la apaleada relación bilateral, tan necesaria para ambos países.
*El autor es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes
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