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15 Jan 2022 - 2:35 a. m.

Una mitad de siglo de hegemonías partidistas

Los primeros 30 años del siglo XX estuvieron dominados por los conservadores. Esto fue seguido por 16 años de gobiernos liberales. Luego el país llegó a la década de los 50 enfrentando la peor violencia partidista de su historia.
Juan Sebastián Lombo

Juan Sebastián Lombo

Periodista de la sección Política
Colombia llegó a la década de los 50 enfrentando la peor violencia partidista de su historia.   / Archivo - El Espectador
Colombia llegó a la década de los 50 enfrentando la peor violencia partidista de su historia. / Archivo - El Espectador

El siglo XX en Colombia comenzó en medio de un conflicto fratricida entre liberales y conservadores: la Guerra de los Mil Días. Entre finales de 1899 y finales de 1902, el país estuvo a merced de una de sus confrontaciones más cruentas. El partido del trapo rojo se levantó en armas ante las acciones de una regeneración conservadora que cada vez los marginaba más del gobierno y de la vida política. Fue esta guerra la que llevó a que el primer presidente del comienzo de siglo no fuera elegido de forma democrática sino por un golpe de Estado. José Manuel Marroquín, vicepresidente de Antonio Sanclemente, quien se tomó el poder con apoyo de algunos liberales que no hicieron parte del conflicto. Fue un período de gran inestabilidad, donde hubo una amplia crisis económica y una falta de gobernabilidad que terminó con la separación de Panamá.

“Yo no sé de qué se quejan. Recibí un país y les devuelvo dos”. Esta cínica frase atribuida a Marroquín marcó un comienzo de siglo en el que Colombia apenas salía de su guerra civil más larga en sus poco menos de cien años de historia republicana. En 1904, el país elegía para la Presidencia entre Joaquín Fernando Vélez, conservador con una “posición férrea frente a los liberales”, como señala el historiador Iván Marín Taborda en un texto sobre la hegemonía conservadora, y el general Rafael Reyes, también de los azules, pero con unas posiciones mucho más moderadas y lejanas al choque ideológico. La victoria de este último se dio por una apretada decisión de los colegios electorales, que incluyó una manipulación de los votos de los delegados de la provincia de Padilla para favorecer al militar.

Con un craso acto de corrupción electoral se dio pues la primera elección de presidente del siglo XX. Bajo el lema “menos política y más administración”, Reyes intentó sacar de las disputas políticas al país y encaminarlo hacia el desarrollo económico. Dicho plan incluyó darle participación a conservadores y liberales en su administración, entre otras medidas que no gustaron en un amplio sector del conservatismo. Ante la oposición de estos en el Congreso a sus proyectos, el entonces presidente clausuró el Legislativo en diciembre de 1904 y en su lugar convocó a una Asamblea Nacional que tenía participación de ambos partidos. Esta, plegada a la voluntad de Reyes, hizo tanto reformas económicas como de ordenamiento territorial. Asimismo, amplió el mandato presidencial a diez años.

Pero Reyes apenas llegó a la mitad de su período, esta es la razón por la que su gobierno se conoce como el quinquenio. Tras un intento de derrocarlo y varias disputas políticas, viajó a Santa Marta en junio de 1909 y allí tomó un barco para salir del país. Su gobierno totalitario fue seguido por uno de transición, encabezado por Nicolás Esguerra, quien convocó a una Asamblea que deshizo varias de las reformas de Reyes, incluyendo la concentración de poder en el presidente y el período de diez años. Se instauraron los mandatos de cuatro años —como perdura hasta hoy—, y se eligió a Carlos Eugenio Restrepo como primer mandatario para el período 1910-1914.

A pesar de su extracción conservadora, el gobierno de Restrepo tuvo una amplia participación liberal, que no gustó en “sectores hegemónicos del conservatismo que veían como excesivas las concesiones a los liberales”, según Marín Taborda. A Restrepo le siguieron José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez. Todos ellos conservadores y que comenzaron a cerrarles las puertas del Ejecutivo a los liberales, por lo que estos últimos decidieron rechazar la mayoría de cargos que les ofrecieron y se marginaron de la administración.

Hacia 1930, todo apuntaba a que se iba a prolongar la hegemonía conservadora, que llevaba cincuenta años en el poder, por otro cuatrienio. No obstante, el panorama político comenzó a cambiar. Por un lado, sectores liberales, que estuvieron en la oposición por tres décadas, cambiaron el enfoque manchesteriano del liberalismo tradicional para “incorporar muchas de las cuestiones sociales propias que se vivían en el país”, según señaló el historiador Álvaro Tirado Mejía en diálogo con este diario. Esto implicó una mayor recepción en la población civil. Además, los conservadores tuvieron que hacerle frente a un desgaste propio de los múltiples años en la Presidencia.

Como, por ejemplo, en el gobierno de Abadía Méndez se tuvo que hacer frente a protestas, huelgas, intentos de sindicalización y otros procesos propios de la industrialización del país. La respuesta gubernamental fue menos que correcta. El mejor ejemplo de dicha situación es la masacre de las bananeras, ocurrida el 5 de diciembre de 1928, cuando el Ejército abrió fuego en contra de los trabajadores de la United Fruit Company que se encontraban en huelga. Por otro lado, el Partido Conservador enfrentaba pugnas internas dado que, como comentó Tirado Mejía, “habían salido jóvenes de derecha fascistas en sus filas. El régimen conservador estaba flaqueando en su permanencia en el poder, puesto que estos grupos habían atacado las directivas del partido por considerarlas arcaicas”.

Esta división hizo que a las elecciones del 30 llegaran dos conservadores (Guillermo Valencia y Alfredo Vásquez Cobo) y un liberal (Enrique Olaya Herrera). Sin poder ponerse de acuerdo, incluso el arzobispo de Bogotá apoyó a ambos, los liberales ganaron en las urnas por primera vez en el siglo XX. Como señala David Bushnell en su libro Colombia, una nación a pesar de sí misma, el cambio de partidos en el poder no fue por una transformación política en el país, sino que los conservadores “dividieron sus votos entre dos candidatos”. La llegada de Olaya Herrera a la Presidencia no implicó en un primer momento grandes reformas, pues este llegó bajo las banderas de la “concentración nacional”.

Tal como cuenta Tirado Mejía en su libro sobre la Revolución en Marcha, a pesar de ser liberal, Olaya Herrera llegó “a nombre de los dos partidos, con la promesa de que no reformaría la Constitución y de que mantendría un statu quo en el problema religioso y los asuntos de la iglesia”. Dicho enfoque significó que el primer presidente liberal del siglo no hizo grandes reformas y gobernó en coalición con los conservadores. Además, tuvo que hacerle frente tanto a la crisis económica mundial por el crack de 1929 y a la guerra con el Perú tras la invasión de Leticia por un contingente de dicha nación.

A pesar de estas condiciones, en este gobierno se pudieron introducir cambios como la jornada laboral de ocho horas, el reconocimiento legal a los sindicatos y varios avances en los derechos de las mujeres. Sin embargo, sería el siguiente mandato el que más reformas introduciría en el país. El gobierno de Alfonso López Pumarejo ganó las elecciones sin la oposición de un candidato conservador. Esto sirvió para que sus propuestas de campaña fueran más de avanzada y más acordes a las luchas que se vivían en el mundo. Conocido como la “Revolución en Marcha”, el plan de gobierno de López Pumarejo intentó dar respuesta a los problemas sociales de un país rural que cada vez más apuntaba a la industrialización.

No obstante, la oposición llevó a que se moderaran esos intentos reformistas. Sin embargo, como señala Bushnell en su obra, los hechos más importantes de este gobierno se pueden resumir en los primeros intentos de reforma agraria, en que el aparato del Estado se centró por primera vez en el trabajador y no en el patrón, y en que “Colombia se enfrentara por primera vez a sus problemas sociales”. Dichas acciones despertaron una oposición, tanto de liberales moderados como de conservadores, que veían en ello una cercanía con el comunismo. Por eso, el siguiente gobierno, el del liberal Eduardo Santos —dueño en ese entonces de El Tiempo— intentó bajarle a la velocidad de las reformas, tanto que su mandato se conoció como “la gran pausa”.

Poco sirvió el frenazo para que los conservadores bajaran la pugnacidad, encabezada por Laureano Gómez, quien acuñó la expresión de “hacer invivible la república”. Esto se vio con mayor fuerza en el segundo gobierno de Alfonso López Pumarejo, quien tuvo que enfrentar la fiereza de Gómez a través de las páginas en El Siglo. Los múltiples escándalos llevaron a un golpe de Estado fallido en contra del mandatario liberal, que fue apresado por dos días en Pasto en 1944. Esto llevó a que en el siguiente año renunciara y fuera reemplazado para el término de su período por Alberto Lleras Camargo. Aunque eran mayoría, el liberalismo también sufrió los mismos males que el Partido Conservador 16 años antes. Por eso, en 1946, llegaron a las urnas con dos candidatos: Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán.

Aunque este último era el candidato oficial, una buena parte del liberalismo lo veía muy cercano a la izquierda y muchos se fueron con Turbay. La división de los votos le dio una oportunidad al diezmado Partido Conservador, que puso como presidente a Mariano Ospina Pérez. Aunque este se vendió como un conciliador, del talante de Olaya Herrera, y hasta formó inicialmente un gobierno de coalición, la violencia política se hizo cada vez más notable, siendo el episodio más recordado el 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán y las masas liberales se sublevaron como respuesta. Una breve calma tras el Bogotazo fue seguida por una mayor violencia partidista. Un intento de hacer un juicio político por parte de los liberales en el Congreso al presidente Ospina llevó a que este lo cerrara en 1949.

Con el Legislativo clausurado, los liberales fuera del gobierno y un creciente derramamiento de sangre por motivos partidistas, le llegó la hora a Laureano Gómez de ser presidente en 1950. Su gobierno estuvo marcado por la persecución política a los liberales y un intento de reformar la Constitución para implantar varios de los postulados de ultraderecha que se desarrollaron en la Italia de Mussolini, la Alemania nazi y la España de Franco. Lo único que le impidió cumplir con esta tarea a cabalidad fue una enfermedad que lo apartó del poder y lo llevó a dejar como encargado a Roberto Urdaneta Arbeláez. Fue en este gobierno interino que se desató aún más la violencia conservadora y la respuesta liberal a través de las guerrillas.

El 13 de junio de 1953 pasó a la historia como el día en que hubo tres presidentes en una sola jornada. El país se levantó con Urdaneta Arbeláez como mandatario encargado. En la tarde, Gómez lo relevó de sus funciones ante su negativa de destituir al general Gustavo Rojas Pinilla de su labor como comandante del Ejército. Y luego, el oficial dio un golpe militar con el apoyo de liberales y conservadores no laureanistas. Así, Colombia llegó a la mitad del siglo XX con elecciones suspendidas y una de las pocas dictaduras de su historia.

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