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Carolina Ramírez no conoce eufemismos más dañinos para los derechos y la dignidad de las mujeres como los que hablan de la menstruación en Colombia. Algunos, en tono de burla, relacionan el período con suciedad o impureza y obligan a las niñas, algunas desde sus 10 años, a destinar una semana cada mes al aislamiento y la vergüenza. Otros, con un dejo de misoginia, convierten a jóvenes que apenas están atravesando la pubertad en “mujeres listas para parir” y perfilarlas como serias candidatas a convertirse en esposas, parejas sexuales o, en comunidades indígenas, maduras para ser sometidas a la mutilación genital.
Desde 2014, Ramírez y su organización, Princesas Menstruantes, recorren Colombia y países de Latinoamérica y África para mostrar cómo la menstruación, aunque es un proceso biológico y natural de cualquier mujer en el mundo, ha sido durante años una puerta de entrada a las violencias: una muy difícil de cerrar.
La iniciativa busca educar sobre la menstruación a hombres y mujeres, y visibilizar que detrás de cada período puede haber necesidades insatisfechas, tabúes y una baraja de conductas violentas hacia las mujeres.
En su travesía han encontrado vulneraciones de todo tipo. Desde niñas y mujeres que a falta de saneamiento básico deben menstruar en condiciones indignas, sin agua o elementos sanitarios y mujeres privadas de la libertad castigadas sin toallas para atender su salud dentro de los pabellones, hasta comunidades que cuando detectan la primera regla en una mujer la obligan a atender labores de cuidado o a iniciar una vida sexual.
“Ha estado cargada de imaginarios sociales, culturales y tabúes que contribuyen a la sexualización de las niñas. Esto se convierte en un factor de riesgo que exige a las infancias que se comporten como adultos”, explica Ramírez.
El fenómeno más repetido, comenta Ramírez, es la sexualización de niñas desde los ocho o 10 años: “Culturalmente se piensa que la menstruación es el tránsito hacia una adultez en que ellas ya tendrán relaciones sexuales e hijos, pero siguen siendo niñas y adolescentes bajo una lógica que las persigue hasta su adultez”.
Pero hay otros escenarios. “Hay ejemplos dolorosos, como matrimonios forzados entre niñas y hombres adultos, la mutilación genital femenina o también casos como la disminución de la participación social, ausentismo escolar, violencia sexual o la medicalización, donde desde los 10 años por menstruar se les debe poner un implante subdérmico de planificación sexual”.
Datos de un estigma
En 2022, el DANE publicó una investigación que detallaba que cerca de un tercio de la población (17,5 millones de mujeres) está en “edad de menstruar”. Más allá de las cifras, el Departamento mostró cómo el tabú y pocas opciones afectan la vida de las mujeres: 45.000 tuvieron que utilizar servilletas, calcetines o costuras artesanales para detener el sangrado, mientras que 17.000, por falta de insumos, dinero o conocimiento, no usaron ningún producto.
El informe recoge datos más cercanos a la cotidianidad, como la cifra que indica que casi dos millones de mujeres deben suspender o modificar sus vidas cotidianas por síntomas relacionados con la menstruación. En el Pacífico, por ejemplo, la investigación revela que una de las principales causales de ausentismo escolar, más allá del conflicto o las barreras geográficas, es la menstruación y la vergüenza de asistir a escuelas que no garantizan mínimos sanitarios o espacios seguros.
En aulas y casas
Hay otras iniciativas que también caminan por Colombia buscando un cambio cultural. Ese es el caso de Isis Tíjaro, fundadora del Colectivo Derechos Menstruales y quien asegura que la transformación debe incluir a los hombres y un componente educativo. “Los derechos que circundan la menstruación hay que abordarlos desde un ámbito de salud pública y educativa, no solo desde la perspectiva de la ginecología. Si quiero lograr un cambio, debo hablarle a la otra mitad de la población, que son los hombres, y enseñarles que no podemos convertir a las niñas en un blanco de violencias después de su primera menstruación”, asegura.
En los 20 años que lleva trabajando en Colombia ha vinculado, por ejemplo, a los eslabones más altos del sistema educativo de los colegios en los que trabaja para que el estigma y las violencias sean erradicadas y mitigadas desde arriba. En cuanto a los niños y pequeños, reliza pedagogía e incluso les enseña, “en su propio territorio”, cuáles son los ciclos biológicos particulares de los hombres y por qué son normales en su crecimiento.
La menstruación, en otras palabras, no debe ser jalada hacia los extremos: no es señal automática del inicio de una vida sexual activa, pero tampoco es un hecho insignificante, sino una muestra de que las niñas cursan sus ciclos biológicos con buena salud.
Tíjaro asegura que Colombia es un referente regional en la garantía de los derechos menstruales, hormonales y ovulatorios, pero aún falta camino por pavimentar para lograr una transformación que deje de exponer a las niñas a vidas llenas de estigmas y violencias.