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Así avanza la ciencia para cambiar la forma en que entendemos y tratamos la obesidad

Esta semana, científicos del mundo se reunieron en Monterrey, México, para divulgar los últimos avances para entender y tratar esta enfermedad. Sus hallazgos dan pistas para que profesionales y pacientes tengan herramientas para atender una “pandemia” que afecta a cerca de 2.000 millones de personas en el planeta.

Fernán Fortich

29 de mayo de 2026 - 01:23 p. m.
Foto: Getty Images - Getty Images
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Antonio Vidal-Puig, profesor de Nutrición Molecular y Metabolismo en la Universidad de Cambridge, Reino Unido, sostiene que existe un gran riesgo al entender la obesidad como la simple acumulación de grasa en el cuerpo. “Tú puedes mirar el problema de esta forma, pero, de repente, delante de ti te encuentras con pacientes y procesos que simplemente no entiendes, no responden al modelo”, asegura en conversación con este diario.

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Uno de los ejemplos que plantea el investigador son los “obesos metabólicamente sanos”. Se trata de personas que cumplen con el principal requisito que se ha establecido para entender esta enfermedad, es decir, un índice de masa corporal superior a 30 kilogramos por metro cuadrado. “Son pacientes, en particular tras cirugías bariátricas, pero que tienen niveles normales de resistencia a la glucosa, presión sanguínea, así como un hígado que, cuando lo examinas, dice ‘vaya putada, esto está limpio’”, indica Puig.

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Estas paradojas, según el investigador español, exigen mirar los datos de manera creativa y diferente, y representan una oportunidad para cambiar un concepto que se creía consolidado hace décadas. “Al final, uno de los grandes placeres de la ciencia es ver cómo puede, con esfuerzo e ingenio, generar orden desde el caos; hay una belleza intrínseca en ver cómo el sistema se autoorganiza para funcionar”, agrega.

Durante los últimos años, Vidal-Puig, quien también es director del Instituto del Síndrome Metabólico, ha investigado un elemento clave para entender la obesidad, el tejido adiposo, que se encarga del almacenamiento de la grasa en el cuerpo y cómo, cuando sobrepasa su límite, falla. Esto causa que la grasa llegue a las arterias, el hígado y los tejidos musculares. Esta acumulación está, a su vez, relacionada con la ocurrencia de enfermedades y muertes, en particular por fallas cardíacas agudas.

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No se trata de un problema cualquiera y, sin titubear, los científicos lo denominan una auténtica epidemia. Hace un año, una investigación de la revista The Lancet estimó que, para 2021, más de 1.110 millones de mujeres adultas y 1.000 millones de hombres adultos padecían sobrepeso u obesidad. Por su parte, el proyecto World Obesity Atlas estimó en 2026 que, de mantenerse la tendencia actual, para 2030 casi uno de cada cinco niños en Colombia tendrá sobrepeso. En general, el mismo informe estima que, en los próximos años, y “por primera vez en la historia, habrá más niños con obesidad que con bajo peso en todo el mundo”.

“Hace 30 años teníamos menos obesidad, y desde entonces ha ido creciendo de manera estrepitosa. Esta pandemia global, que afecta tanto a países grandes como a pequeños, se está extendiendo a nuestros adolescentes y a nuestros niños. Por estas razones, tenemos que ponernos las pilas para investigar cómo atenderla. Y yo, en lo personal, considero que tenemos las herramientas para hacerlo”, afirma Carolina Solís Herrera, directora fundadora del Centro de Excelencia en Diabetes en la Universidad de Texas en San Antonio.

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Precisamente, estas fueron algunas de las conversaciones que se sostuvieron esta semana en el Congreso Internacional de Investigación sobre Obesidad 2026, organizado por el Tecnológico de Monterrey, México, y en el que este diario tuvo la oportunidad de participar.

Congreso Internacional de Investigación sobre Obesidad 2026, organizado por el Tecnológico de Monterrey, México.
Foto: Cortesía

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Tanto en las conferencias magistrales como en los pasillos del centro universitario, científicos discutieron las nuevas formas en las que se está entendiendo esta enfermedad y cómo hacer que las soluciones que surgen tanto de la academia como de la industria farmacéutica lleguen a los pacientes en igualdad de condiciones.

Volviendo a las bases

Uno de los mensajes que se consolidaron en el congreso es que la obesidad es un problema multifactorial y transversal. A ojos de Marco Antonio Rito, director del Instituto de Investigación sobre Obesidad del Tec de Monterrey, se trata de una de las problemáticas de salud más fuertes de Latinoamérica, en particular cuando se mira que viene acompañada de enfermedades asociadas como la diabetes y el hígado graso. Y algo que no depende únicamente del paciente ni de la ingesta calórica, sino de una gran cantidad de factores, entre ellos genéticos y culturales.

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Esto implica, según Solís, reconceptualizar lo que entendemos por obesidad y, en particular, quitar el estigma que se tiene con las personas que la padecen. “El paciente se siente avergonzado de su peso, y hasta hace no muchos años se entendía que la obesidad no era nada más que los hábitos del paciente, pero hemos entendido que se trata de una enfermedad inflamatoria y poligénica”.

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Un ejemplo de esto lo explica Solís a través del ‘ruido de la comida’. “Algo que hemos descubierto es que muchos pacientes están luchando con sus hormonas. Por ejemplo, se han detectado casos en los que aquellas que generan hambre se encuentran en niveles elevados, mientras que las que causan saciedad disminuyen, y eso hace que tengan hambre todo el tiempo. Al final, no tiene nada que ver con cuestiones de voluntad o con hacer ejercicio”.

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Como detalla Solís, la obesidad es, en particular, una enfermedad inflamatoria asociada con más de 200 complicaciones médicas. Según estima el informe de The Lancet sobre la carga mundial de morbilidad, las enfermedades cardiovasculares asociadas con la obesidad, como el infarto, han aumentado un 0,2 % entre 1990 y 2021. Lo mismo ocurre con la hipertensión, 20 %, y la fibrilación auricular, 79 %, un tipo de arritmia.

Vidal-Puig comenta que algo que impide tratar mejor estas enfermedades es que siguen siendo vistas con estigma incluso dentro del mismo gremio médico. “Te quedarías alucinado del número de doctores que todavía no han entendido esto, que cuando llega el obeso lo discriminan o lo miran como si fuera culpable. En realidad, muchos de estos pacientes son héroes, que están luchando con una enfermedad”.

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¿Cómo llegar a soluciones?

A ojos de Miguel Ruiz-Canela, subdirector del Instituto de Nutrición y Salud de la Universidad de Navarra, España, nunca es tarde para cambiar, y muchos de los factores asociados con estas enfermedades, si bien dependen de condiciones ajenas a las personas, también tienen que ver con el estilo de vida y con decisiones que se pueden tomar.

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Ruiz-Canela ha liderado durante las últimas dos décadas estudios sobre la nutrición y cómo salvar vidas a través de cambios en los patrones de alimentación, en particular mediante la dieta mediterránea. Bajo el proyecto PREDIMED, ha estudiado desde 2003 a más de 15.000 pacientes en investigaciones experimentales relacionadas con esta dieta y sus efectos.

“Lo que hemos encontrado no es solo que esta dieta permite reducir en un 30 % el riesgo de enfermedades cardiovasculares, sino que es posible cambiar los patrones de alimentación si se construyen dietas que sean placenteras, pero también si comunicamos esas mejoras en la calidad de vida que pueden tener las personas con pequeños cambios”, sostiene Ruiz-Canela.

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En esto coincide Carmen Hernández, líder de la Unidad de Alimentos Saludables del Tecnológico de Monterrey. “La nutrición no es una ciencia nueva, y sabemos que factores como el colesterol están impactando la salud de muchas personas, pero estos lineamientos no se están siguiendo en la vida cotidiana, y en particular están afectando a las personas jóvenes. Además, hay muchas ‘cajas negras’ sobre los alimentos que aún debemos entender mejor para que el público tenga información más clara”.

Hernández señala que, si bien los sellos en los alimentos han sido efectivos para mejorar las decisiones de las personas, aún no se comprenden muchos aspectos de lo que se consume. Por ejemplo, cómo una grasa cambia desde su producción, cómo interactúa con las proteínas del cuerpo y su relación con el desarrollo de enfermedades.

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Para esto, desde el Tec de Monterrey se está trabajando con universidades del continente, como Los Andes, para crear una “huella” de los alimentos que permita tener más claridad sobre lo que consumen las personas, tanto en productos como el aguacate como en alimentos más procesados.

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Por su parte, en los últimos años se han desarrollado medicamentos como el Ozempic que han mostrado efectos reales en la disminución del peso. Para asegurar un buen uso de estos tratamientos, Solís sostiene que son medicamentos seguros, que en algunos casos han tardado hasta 20 años en llegar al mercado. Lo clave es tomarlos de manera responsable y con guía médica, pues los efectos adversos son cada vez menores. Estas moléculas están creciendo en el mercado, y la competencia también hará que sus precios sean más accesibles.

En este punto, Solís insiste en que los fármacos son solo una parte de la ecuación y que deben estar acompañados de otros pilares, como la nutrición y el ejercicio físico.

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Rito asegura que las universidades y la academia deben jugar un papel central en el desarrollo de estos tratamientos. Si bien gran parte de las investigaciones iniciales se desarrollan en universidades y luego son retomadas por la industria, ahora el reto es que el sector en el continente avance también en ese componente de innovación.

Un enfoque lo describe Omar Lozano, líder de la Unidad de Bioingeniería y Dispositivos Médicos del instituto. En este momento hay moléculas muy complejas que solo pueden aplicarse como medicamentos, pero a medida que avanza el conocimiento se pueden generar estrategias para que sean accesibles y se adapten a las condiciones de la población.

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Por Fernán Fortich

Periodista con enfoque en temas ambientales, posthumanistas y sociales.@fernanfortichrffortich@elespectador.com
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