En el cuento de Girolamo Fracastoro, médico y poeta italiano del siglo XVI, Sífilo era un pastor que guiaba los rebaños del rey Alcítoo. Indignado porque creía que Apolo había resecado los campos y agotado los manantiales, decidió dejar de rendirle culto. El dios, ofendido por el desafío, desató entonces una enfermedad desconocida y devastadora que se propagó por el reino y que terminaría llevando el nombre de su primer afectado: sífilis.
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Fue la primera vez que esa palabra se utilizó para nombrar una enfermedad que ya recorría Europa desde mucho antes. Hasta entonces, no tenía un nombre propio: tenía muchos, casi todos prestados, casi todos algo acusatorios. En la actual Italia, Alemania y el Reino Unido se conocía como “la enfermedad francesa”; en Francia era el “mal napolitano”; en Rusia, “la enfermedad polaca”; en Polonia, “la enfermedad alemana”. Daneses, portugueses y habitantes del norte de África hablaban de “la enfermedad española” o “castellana”, mientras que en el Imperio otomano circulaba como “la enfermedad cristiana”.
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No se trataba solo de cómo llamarla, sino de a quién atribuirle la culpa de su llegada. Como recuerda una revisión histórica publicada en Journal of Medicine and Life en 2014, desde el principio fue una enfermedad atravesada por el estigma: cada pueblo afectado tendió a responsabilizar a sus vecinos (y a veces especialmente a sus enemigos del momento) por el brote que estaba sufriendo.
Más de cinco siglos después, a veces parece que la narrativa no ha cambiado del todo. Durante décadas ha persistido el debate social y científico sobre si la sífilis llegó a Europa tras el contacto con América o si ya circulaba allí y fueron los europeos quienes la trajeron a América. Hoy, sin embargo, la explicación que gana terreno es menos lineal. Es posible que mucho antes del encuentro entre ambos continentes ya existieran, en distintas regiones del mundo, infecciones causadas por bacterias del género Treponema (un grupo de microorganismos al que pertenece Treponema pallidum, responsable de la sífilis).
El contacto entre las poblaciones pudo haber diversificado el patógeno y moldeado sus formas actuales, más que inaugurar una enfermedad con un origen único, localizado y fácil de señalar en cualquier mapa. Pero cada nuevo hallazgo sobre la sífilis termina dialogando, y, a veces, incluso chocando con esa historia larga de disputas. Hace unas semanas, un grupo de investigadores publicó en Science —una de las revistas científicas más influyentes del mundo— lo que se presentó como la evidencia más antigua de sífilis en de lo que hoy es Bogotá, fechada en 5.500 años, en los restos de un individuo antiguo.
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“Ellos (los autores) hacen una cosa que hoy se conoce como metagenómica. Es decir, logran ampliar ya no solo un gen o algunos fragmentos de ADN, sino grandes cantidades de ADN. Y eso representa un avance importante frente a lo que se conoce como ADN antiguo”, explica María Antonieta Corcione Nieto, científica que no participó del estudio y doctora en Antropología. Pero, agrega, “yo no sé en qué momento se comenzó a usar la palabra sifilis”.
En el artículo, los autores, entre los que se encuentra el colombiano Miguel Delgado, no se refieren a ella en ese sentido. “Creo que hubo una distorsión en la lectura de los resultados”, dice Corcione. Dicho de forma mucho más simple: Delgado y sus colegas reportan la presencia de Treponema, un género de bacterias. Dentro de ese grupo existen distintas subespecies, responsables de enfermedades diferentes: la sífilis es una de ellas, pero también lo son otras como la pinta, una infección no sexual que se manifiesta en la piel con manchas y cambios de coloración.
“Ese reporte no está diciendo que ese individuo antiguo tenía sífilis. Está diciendo que tenia un patógeno, y que ese patógeno pertenece al género Treponema. No está diciendo nada más”, precisa la científica colombiana.
¿Los artículos de los medios podrían haber titulado, entonces: “Descubren, cerca de Bogotá, la evidencia más antigua de pinta, de hace 5.500 años”? Habría estado igual de equivocado, pero la lógica que llevó a usar la palabra “sífilis” es la misma que permitiría haber usado “pinta”. La diferencia es que, probablemente, no habría resultado tan atractivo.
Mientras el estudio circulaba y aparecía en titulares así, comenzaron también las discusiones en los círculos de arqueólogos y paleopatólogos colombianos. Se habló de lecturas apresuradas, de posibles confusiones en la interpretación de los datos, de matices que no siempre caben en un comunicado. Y, sobre todo, de un olvido que algunos califican como imperdonable: el trabajo de investigadores como Gonzalo Correal, Javier Burgos y Thomas van der Hammen, quienes hace más de medio siglo ya habían reportado hallazgos que sí constituyen la evidencia más antigua de treponematosis en territorio colombiano.
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Un olvido chocante
Para diagnosticar una enfermedad, hoy se revisan los antecedentes clínicos, los síntomas, los factores de riesgo. Se ordenan exámenes, se comparan imágenes, se buscan marcadores en la sangre. El diagnóstico es, en buena medida, un cruce de pistas. Pero, ¿qué pasaría si no se contara con nada de eso? ¿Si el paciente no pudiera describir lo que siente, ni hubiera análisis de laboratorio en tiempo real, ni historias clínicas? ¿Si lo único disponible fuera el contexto y algunos restos humanos de hace miles de años, fragmentados y erosionados casi hasta desaparecer por el paso del tiempo?
Ese es el terreno de la paleopatología: el estudio de las enfermedades del pasado. Durante mucho tiempo, los paleopatólogos se concentraron en afecciones que dejan marcas en el esqueleto. Las treponematosis (el grupo de infecciones al que pertenece la sífilis) pueden, en sus fases avanzadas, dejar marcas en los huesos. Eso fue, de hecho, lo que identificaron en la década de 1970 investigadores como Gonzalo Correal y Javier Burgos: lesiones compatibles con treponematosis en restos humanos de los sitios arqueológicos de Tequendama y Aguazuque, en el altiplano cundiboyacense, ocupados desde hace milenios.
Correal, considerado por muchos un pionero de la arqueología precerámica y de los estudios sobre el poblamiento temprano en Colombia, fue quien excavó por primera vez esos sitios. Lo hizo junto al paleontólogo y arqueólogo colombo-neerlandés Thomas van der Hammen. Durante más de dos décadas trabajaron allí de manera sistemática, recuperando y estudiando los restos humanos de, al menos, una veintena de individuos antiguos.
Entre esos materiales se encontraba el individuo cuyos restos fueron analizados por Delgado y sus colegas en la investigación publicada recientemente en Science.
Pero “lo más importante, quizá, es que en Aguazuque se reporta un individuo con sífilis. Es decir, hace mucho tiempo hay evidencia de la existencia de sífilis en la sabana de Bogotá desde hace, por lo menos, unos 5.000 años. La interpretación no puede ser entonces que aquí nunca se hubiera documentado algo así. Hay individuos con sífilis, y esos sí corresponden a diagnósticos completos, con todas las características”, afirma Corcione.
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El artículo que documenta ese hallazgo se publicó en la Revista de la Academia Colombiana de Ciencias, volumen 19, número 73, en noviembre de 1994. Lleva por título “Treponematosis en restos óseos precerámicos de Colombia” y Javier Burgos figura entre sus autores.
“El profesor Gonzalo Correal-Urrego hizo la descripción de las lesiones típicas de sífilis venérea terciaria en un resto óseo de 5.000 años, debidamente datado. Yo desarrollé un procedimiento que se llama FTA-ABS, que es el método de diagnóstico para sífilis. Hice un raspado de la muestra y realicé un estudio paleoinmunológico. Y demostramos con eso y el FTA-ABS, un positivo para sífilis”, dice Burgos. “Curiosamente, ese artículo en particular no lo mencionan los autores de la investigación en Science”, continúa Burgos, quien, junto a un grupo de colegas, envió una carta el 26 de enero a la revista pidiendo un reconocimiento de prioridad científica a ese trabajo previo.
Los autores no conocían esa carta hasta el pasado viernes, cuando hablamos con ellos, en un cruce de correos. “Estamos abiertos al diálogo académico y creemos que una discusión continua (ya sea a través de correspondencia, comentarios o trabajos colaborativos futuros) puede fortalecer el campo”, señalaron. Son conscientes, agregan, “de que la investigación sobre enfermedades treponémicas en la Sabana de Bogotá tiene una historia larga e importante, y reconocemos plenamente las contribuciones sustanciales realizadas durante varias décadas por arqueólogos, antropólogos biológicos y paleopatólogos colombianos, incluido el trabajo liderado por el profesor Gonzalo Correal y sus colaboradores”.
Frente al artículo de 1994, los autores señalan que lo conocen y reconocen su valor. “Algunos de nosotros hemos citado este trabajo en publicaciones previas relevantes sobre patógenos treponémicos, lo estamos citando en trabajos en curso y tenemos la intención de seguir haciéndolo”. Entonces, ¿por qué omitieron citarlo? “Su omisión en el artículo actual no fue intencional, sino que responde a las limitaciones del formato actual de los artículos de investigación de Science, que ya no permite discusiones extensas de contexto o interpretación ni en el texto principal ni en los materiales suplementarios (como sí ocurría anteriormente). Además, también se limita el número de referencias permitidas”, responden.
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Delgado y sus colegas cuentan que durante el proceso de revisión del artículo “se eliminaron porciones sustanciales de texto”, en particular, detallan, “aquellas que abordaban el contexto paleopatológico, con el fin de centrar el artículo en los análisis genómicos”. Precisamente, por eso, resaltan que su objetivo era estrictamente genómico: obtener y analizar un genoma antiguo.
En ese sentido, subrayan que, aunque los enfoques paleopatológicos e inmunológicos son fundamentales para formular hipótesis sobre la antigüedad de las treponematosis, los análisis que presentaron “requieren datos genómicos antiguos a escala del genoma completo” y no pueden derivarse de estudios previos.
Sobre ese trabajo genómico, los científicos colombianos no tienen reparos. “Es un trabajo impecable”, reconoce Burgos. La metagenómica es una técnica avanzada con la que ni siquiera soñaban investigadores como el profesor Correal cuando excavaban en Tequendama. De hecho, durante buena parte del siglo XX, recuperar ADN antiguo era una posibilidad remota; su aplicación sistemática en arqueología es relativamente reciente.
¿Ser el primero?
Cristian Vallejo Romo, médico, historiador e integrante de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina en Colombia, no entiende un olvido de ese tipo. “Yo lo llamo el “síndrome de Adán y Eva: todos parecen querer, siempre, ser los más antiguos” en algo.
“Entrar en esos ciclos de ‘somos los primeros que encontramos’, ‘somos los primeros que descubrimos’, ‘esto es lo más antiguo porque somos los únicos que lo hemos hecho’, es una práctica perversa para la ciencia en general, y aún más en contextos como el nuestro”, reflexiona, a su vez, Corcione. Existe una carrera —científica, pero también mediática, incluyendo a los medios— por titular así, aun cuando la historia de la ciencia parece sugerir lo contrario: que el conocimiento avanza de forma acumulativa, a partir de trabajos previos, correcciones y debates, más que por descubrimientos aislados que aparecen de la nada.
Cuando Corcione se refiere a “nuestro contexto”, habla de cosas un poco más graves. “En los contextos colombianos y los contextos latinoamericanos tenemos siempre una disputa frente a qué es el pasado, cómo nos reconocemos, qué es el patrimonio, en este caso el patrimonio arqueológico, y todo el tiempo hay un contrapeso de cuánto dinero me van a dar por esto, me voy a volver famoso por esto, voy a ser reconocido por esto”. En muchos casos, y nadie esta diciendo que eso haya pasado en este caso, “lo que termina pasando es que nos volvemos un poco los lugares de donde se pueden llevar las cosas”.
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“Desde hace un tiempo nos falta avanzar en la pregunta de qué pasa con la información que se obtiene de una muestra. La información genética es información sensible y ahí hay un gran espacio que no se ha discutido. Es donde reaparece el colonialismo científico: ‘ustedes tienen los laboratorios, yo les llevo las muestras’. Esa es su forma más cruda”, señala.
Lejos de plantear una competencia entre métodos e investigaciones, Delgado y sus colegas insisten en sus comentarios en que se trata de aproximaciones “complementarias”, y se muestran abiertos a dialogar con investigadores colombianos para aplicar nuevas técnicas genómicas que permitan reevaluar, comparar y fortalecer los hallazgos anteriores.
“Lamentamos la necesidad de reducir sustancialmente las secciones de contexto y discusión durante el proceso de revisión y reconocemos la importancia de seguir integrando perspectivas arqueológicas, paleopatológicas y genómicas. Actualmente se están preparando manuscritos adicionales que permitirán una discusión más extensa de estos temas, retomando el nivel de detalle que fue eliminado durante la revisión para ajustarse al formato de los artículos de investigación de Science”, concluyen. De hecho, abren la puerta, “si Science lo permitiera”, a un anexo al artículo que incluya la cita a los colombianos.
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