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16 Nov 2020 - 2:06 a. m.

Decisiones cada día

Desde que el coronavirus llegó, nos ha permitido ver mejor el peso de nuestras decisiones cotidianas: cuánta agua y energía consumimos, cómo me transporto o con qué me alimento.

Adriana Soto

Si algo nos ha enseñado esta pandemia es que podemos cambiar, para bien, nuestros hábitos más arraigados.
Si algo nos ha enseñado esta pandemia es que podemos cambiar, para bien, nuestros hábitos más arraigados.
Foto: cromaconceptovisual en Pixabay

El coronavirus, ese ente microscópico que nos forzó a bajar el ritmo, continuará ensañándose con nuestras rutinas, por lo menos hasta que una vacuna llegue a nuestro alcance. Estar más tiempo entre las mismas cuatro paredes los siete días de las incontables semanas que han pasado desde que el virus entró a nuestras vidas, nos ha permitido ver mejor el peso de nuestras decisiones cotidianas: cuánta agua y energía consumo, cómo me transporto y con qué frecuencia, con qué me alimento, qué dejo de usar y cómo lo dispongo.

Pongámosles el foco a estas últimas. Para ello los invito a hacer este ejercicio en sus casas: revisen sus canecas de la basura y verán que estas hablan a gritos de sus hábitos de consumo. En estos recipientes nos deshacemos de lo que no necesitamos y, una vez que el servicio de aseo los recoge, deja de ser nuestro problema. Ojos que no ven corazón que no siente. Pero como dice la canción, la realidad hora es otra: decisiones, cada día, todo cuesta, alguien pierde, alguien gana.

(Lea más del especial "El lado B(ueno) de la pandemia aquí: Nos gustó pasearnos por el futuro)

Nuestra basura, producto de decisiones diarias, casi automatizadas y multiplicadas por 365 días al año, suma y mucho. Antes de la pandemia, Colombia producía más de 12 millones de toneladas de basura al año, y de estas el 21 % correspondía a Bogotá. Aproximadamente el 60 % de estos residuos son de origen orgánico, es decir, derivados de lo que comemos. En Bogotá, el 85 % de las basuras de los hogares estrato 1 son orgánicas, mientras que las de estrato 6 son el 65 %. ¿Y qué hacemos con estos residuos? No mucho, pues más de 2 millones de toneladas de residuos orgánicos, equivalentes a llenar cerca de 12 camiones de basura por hora, terminan enterrados en el relleno sanitario Doña Juana, en lugar de haber sido tratados y reintegrados a la economía para su aprovechamiento.

Con estos volúmenes no sorprende que las emisiones nacionales de gases efecto invernadero de los residuos se incrementaran en un 131 % entre 1990 y 1994, y hayan llegado a ser la segunda fuente de emisiones en ciudades como Bogotá. Y ojo con los residuos orgánicos: su descomposición no solo contribuye con el 61 % de emisiones en los rellenos sanitarios, sino que además genera lixiviados que contaminan los ríos.

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Si sumamos residuos orgánicos, hogares y cuarentena, la situación se complica. Con el confinamiento el consumo en las familias colombianas dio un giro importante y los alimentos lideran ahora la parada. En este primer semestre el gasto en hortalizas, legumbres y frutas en los hogares creció en promedio un 27 %, comparado con 2019, y es posible que dicha tendencia continúe. Esto aumenta la probabilidad de que el volumen de residuos orgánicos producidos en nuestras casas termine en el relleno sanitario. Como a los rellenos de la mayoría de las ciudades del país les quedan pocos años de vida útil, la pandemia puede ser la oportunidad para ayudar a resolver una crisis sanitaria y ambiental que se está cocinando en nuestras narices, y no huele nada bien.

(Lea más del especial "El lado B(ueno) de la pandemia aquí: Vida de pueblo: la transformación de las ciudades por el coronavirus)

Empecemos por quienes vivimos en conjuntos residenciales y pongámonos en la tarea de reducir el volumen de los residuos orgánicos que generamos en nuestras casas. Los que sobren, separémoslos en una bolsa especial (verde, según la norma) y consideremos el compostaje, aunque confieso que esta opción generó olores y una que otra visita de seres no gratos en mi casa. Pero iniciativas como máscompost.org solucionan este problema: los residuos orgánicos se disponen en un recipiente especial que ellos entregan a cada hogar, que semanalmente recogen, reemplazándolo por uno nuevo. Al cabo de tres meses el cliente tiene la opción de que le devuelvan dos kilos de abono o un kilo de alimentos de mercados campesinos cerca de la ciudad, producidos con el compost de todos los usuarios de esta iniciativa.

(Lea más del especial "El lado B(ueno) de la pandemia aquí: Covid-19 y las reformas pendientes)

De esta manera, cada hogar puede contribuir significativamente a disminuir el volumen de basura dispuesta en su respectivo conjunto residencial. ¿La ganancia? La factura del servicio de aseo llegará por un menor valor, en la medida en que esta tarifa depende del número de toneladas de residuos que entreguemos mensualmente a la empresa prestadora del servicio. Si a esta iniciativa se suman instituciones educativas y restaurantes, no solo se evitarían importantes impactos ambientales, sino que también se enviaría una señal para un cambio más que necesario en la actual tarifa de aseo, con el fin de incentivar aún más el aprovechamiento de los residuos y generar un mercado consolidado para su uso y aprovechamiento.

Desacelerar la crisis climática y sanitaria puede estar en nuestras casas y particularmente en nuestras canecas: si algo nos ha enseñado esta pandemia es que podemos cambiar, para bien, nuestros hábitos más arraigados. Decisiones, cada día, salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía.

*Consultora. Ex Viceministra de Ambiente.

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