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En la vida personal y académica aprendemos con disciplina las leyes de la física, la química y la biología para entender el mundo exterior. Sabemos explicar (bueno, no todos) la gravedad, la termodinámica o la replicación celular.
Pero carecemos de un vocabulario igual de sofisticado para comprender nuestro mundo interior. No conocemos con la misma claridad las verdaderas “leyes del pensamiento”, de nuestro pensamiento.
Esa es la premisa brillante con la que inicia The Laws of Thought: The Quest for a Mathematical Theory of the Mind (febrero de 2026), la nueva obra de Tom Griffiths, director del Laboratorio de IA de Princeton y un referente de la psicología cognitiva.
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El libro recorre casi tres siglos de intentos por formalizar matemáticamente la inteligencia. Y muestra que, tanto la humana como la artificial, han transitado por tres grandes pilares desde los silogismos aristotélicos hasta nuestros días pasando por Descartes, Leibniz y Boole :
La lógica simbólica,Las redes neuronales yEl razonamiento bayesiano.
Es este último el que está inmerso en mi mundo: la medicina y el que nos toca directamente a los médicos.
Porque, si somos honestos, la medicina (despojada de su aura romántica) es un ejercicio matemático de incertidumbre. Cada consulta es un cálculo probabilístico. Cada diagnóstico es una actualización bayesiana, y el cerebro de quienes la practicamos debería parecerse a un razonador de ese estilo.
Tomamos una probabilidad previa.La confrontamos con nueva evidencia.Actualizamos.Decidimos y actuamos.
Durante siglos, el cerebro humano fue la única máquina capaz de hacer ese cálculo con eficiencia en entornos de información incompleta. Ese era nuestro monopolio cognitivo. Los médicos referentes de la historia eran aquellos “sabuesos” de la incertidumbre.
Pero el monopolio se rompió.
Hoy, el costo del razonamiento se desplomó. Pensar ya no es escaso. Analizar ya no es exclusivo. Redactar ya no es un diferencial. Recitar los epónimos no es una competencia.
La inteligencia se volvió una utilidad básica. Como la electricidad. Como el agua potable.
Y eso cambia todo.
Muchos en salud siguen esperando el apocalipsis cinematográfico. Imaginábamos un robot tipo Skynet entrando por la puerta de urgencias a quitarnos el estetoscopio.
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Pero lo que llegó fue más silencioso. Más sutil. Más profundo. Nos llegó una singularidad sin ruido.
No hubo explosiones. No hubo reemplazo abrupto. Lo que hubo fue una sustitución progresiva de tareas cognitivas. Las de la redacción, la síntesis, el análisis preliminar e incluso la generación de hipótesis.
La inteligencia sintética ya calcula probabilidades más rápido que nosotros. Cruza miles de variables en milisegundos. No se cansa, no duda y, al parecer, tiene menos sesgos.
Entonces la pregunta se vuelve inevitable: Si la máquina ya “razona”…¿qué nos queda? Nos queda el juicio.
Porque el problema nunca fue solamente el cálculo de probabilidades. El problema siempre fue decidir qué hacer con ellas, cómo se operativizan y qué transformo con ellas.
La interacción humano-máquina ya no es competencia de procesamiento, hoy eso se da en lenguaje natural. Hoy el diferencial de un médico, y de cualquier persona es el diseño del criterio y la arquitectura de contexto. La capacidad de orientar a la máquina desde el contexto, la intención y la ética, y eso no significa “saber hacer prompts”.
La IA procesa datos masivos, el humano aporta significado. Los modelos matemáticos pueden fallar, hacer falsas inferencias, atribuir causalidades en donde no existen. La IA calcula riesgos, pero el humano asume responsabilidades.
Y aquí está el punto incómodo: en una era donde la inteligencia es abundante, lo escaso es la sabiduría. Por eso esta no es una crisis tecnológica sino como mencionamos antes, de criterio.
No necesitamos más aceleración en salud. El mundo ya está suficientemente acelerado. No necesitamos más modelos que generen respuestas en segundos. Necesitamos espacios que nos obliguen a pensar antes de actuar.
Centros de pensamiento, conversaciones incómodas, gobernanza ética. Necesitamos observatorios de inteligencia humana más que nuevos ecosistemas tecnológicos, que abundan.
Debemos tener catalizadores que preserven el juicio humano en medio de la abundancia algorítmica.
La misión no es abrazar la tecnología ciegamente ni rechazarla con miedo. Es ejercer una especie de anti singularidad humana: guiar la transición hacia una inteligencia híbrida que amplifique la sabiduría en lugar de reemplazarla.
Griffiths nos muestra cómo logramos traducir matemáticamente la mente humana hacia las máquinas. Nuestro desafío ahora es evitar que, en el proceso inverso, los humanos nos volvamos mecánicos. El riesgo es que los humanos terminemos actuando como malos bots, y eso ha ocurrido en la relación médico – paciente.
Todo lo anterior nos obliga a hacernos preguntas incómodas:
¿Qué decisiones no deberían delegarse, incluso si la máquina parece hacerlo mejor?¿Dónde debe permanecer la incertidumbre como espacio humano?¿En qué punto la eficiencia deja de ser virtud y empieza a ser deshumanización?
Ese es el verdadero debate de nuestra era, recuerden que esta singularidad no llegó con estruendo. Llegó en silencio. Y el silencio, en medicina, usualmente trae malas noticias. Seamos entonces inteligentemente estruendosos.
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