Un nuevo estudio revela la forma en que las interacciones sociales de un bebé durante su primer año en la guardería afectan a su microbioma, que son los millones de microorganismos —como hongos, bacterias y virus— que viven en una parte concreta del cuerpo, en particular en el sistema digestivo.
En el caso de esta investigación, publicada en la revista Nature, científicos detallaron la cantidad de microorganismos que se transmiten entre bebés que crecieron juntos a lo largo del año. Uno de los principales hallazgos es que, después de cuatro meses, los bebés de una guardería ya compartían entre el 15 y el 20 % de sus especies microbianas intestinales; una proporción en ocasiones mayor a la que ya habían adquirido desde su nacimiento por parte de sus familias.
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“Detectamos una amplia transmisión del microbioma entre bebés dentro de los grupos de guardería, incluso después de solo un mes de asistencia a la guardería, y las cepas adquiridas en la guardería representaban una proporción del microbioma intestinal infantil comparable a la de la familia al final del primer trimestre. La transmisión entre bebés siguió aumentando a lo largo del año de guardería, en una red de transmisión cada vez más compleja”, indican los autores del estudio.
Para llegar a estos hallazgos se examinaron los microbiomas de 43 bebés con una edad media de 10 meses al inicio del estudio. Les hicieron un seguimiento antes, durante y después de asistir a su primer año de guardería en Trento (Italia). En concreto, los investigadores analizaron las muestras fecales de los bebés, así como de 10 miembros del personal de la guardería, así como de las personas que vivían en los mismos hogares que los niños: 39 madres, 30 padres, 7 hermanos, 3 perros y 2 gatos.
En una entrevista con la revista científica Nature, Nicola Segata, microbiólogo de la Universidad de Trento, aseguró que “inscribimos a bebés que se conocían por primera vez, el primer día de la guardería. Se trata de un periodo en el que su intestino es mucho más propenso a adquirir cepas de otros bebés y adultos, ya que su sistema inmunitario aún no está bien entrenado”.
Uno de los principales hallazgos de la investigación es el rol que juegan los antibióticos en la microbiota de los bebés. En particular, luego de un tratamiento de este tipo durante el primer año de vida de un bebé, se registró un descenso importante en sus cepas bacterianas. Sin embargo, esto fue seguido de una “rápida recuperación”, favorecida por una gran incorporación de cepas nuevas.
Por su parte, se encontró que aquellos bebés con hermanos mayores, que presentaban una mayor riqueza de especies de microorganismos antes de su ingreso a la guardería, adquirieron menos cepas nuevas posteriormente, lo que sugiere que los hermanos ya han proporcionado una base microbiana diversa que ofrece una mayor resistencia a la colonización externa.
“Sin embargo, cabe destacar que, aunque todos los bebés propagaron y adquirieron cepas en la guardería, la proporción entre las cepas adquiridas y las donadas varió considerablemente entre los bebés”, precisan los autores del estudio.
En esta línea, los investigadores mapearon la transmisión de especies microbianas entre individuos. En particular, se detalló lo que ocurrió con la cepa de bacterias llamada Akkermansia muciniphila. “Tenemos un ejemplo de esta cepa que pasó de una madre a su bebé. El bebé, en la guardería, la transmitió a otro bebé, quien a su vez la transmitió a sus padres”, detalló Segata a Nature.
Los autores también destacan que se detectaron indicios de que los bebés y las mascotas también intercambiaban microorganismos de su microbiomas. “Incluso las mascotas podrían contribuir a la transmisión de cepas a los bebés, pero no a los adultos, y aunque se han obtenido pruebas limitadas y algo contradictorias sobre el efecto de tener una mascota en el microbioma humano, se deberían promover estudios más amplios centrados específicamente en la transmisión de cepas y su retención a medio plazo”, precisan los autores del estudio.
Asimismo, el estudio determinó que estas dinámicas del microbioma infantil son independientes del tipo de parto y de la dieta de los bebés. Por otra parte, los autores aclaran que, por el momento, se desconocen los efectos a largo plazo que tiene en la salud de los bebés la exposición a otras cepas microbianas en la guardería sobre su microbioma intestinal.
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“Nuestros resultados revelan la importancia de los factores sociales en la configuración del microbioma infantil a través de la transmisión microbiana interindividual, reequilibrando así las interacciones sociales como clave para construir un microbioma saludable, más allá de su papel epidemiológico en la propagación de patógenos oportunistas”, concluyen los autores del estudio.
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