En el Programa Canguro del Hospital Universitario San Ignacio es un día cualquiera. La sala de espera está llena. Mujeres con bebés en brazos ocupan cada silla disponible; algunas están solas, otras llegan acompañadas por sus parejas, sus madres o sus suegras. Entre pañaleras, cobijas y termos, sostienen a niños diminutos que duermen, lloran o buscan el pecho. Algunos, los más pequeños, están conectados a una pipeta de oxígeno. Muchos están bajo una faja elástica que los mantiene firmes contra el torso de su madre mientras se alimentan, piel a piel, en un contacto que regula su temperatura, ayuda a estabilizar su respiración y ritmo cardíaco, fortalece el vínculo y favorece la lactancia. A eso lo llaman “Cangurear”.
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Eleonora Rodríguez es la doctora coordinadora de esta sala. Es la primera en una cadena de médicas que, una a una, van llamando a las madres. Frente a ella, en una tableta, aparece una cartilla digital llena de datos: fecha de nacimiento, peso, talla. Y atravesándolo todo una línea ascendente que resume meses de esfuerzo. Es lo que Rodríguez y sus colegas llaman “edad gestacional corregida”. La mayoría de los bebés de esta sala son o fueron bebés prematuros: nacieron antes de las 38-40 semanas de embarazo.
Algunos llegaron con hasta 8, 10 o más semanas de anticipación; otros, apenas unas semanas antes de término. Pero todos comparten lo mismo: un inicio frágil. “Todos los padres quieren salir del hospital con su hijo gordito, irse para la casa y que todos los familiares los visiten, pero cuando es prematuro, eso no puede pasar”, explica Rodríguez.
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Los bebés prematuros nacen con menos peso. Sus pulmones pueden no estar completamente desarrollados, por eso algunos necesitan oxígeno; su capacidad para regular la temperatura es limitada; alimentarse puede ser un desafío; y el riesgo de infecciones es mayor. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que, solo en 2020, 13,4 millones de bebés nacieron prematuramente (1 de cada 10 bebés). Y aproximadamente 900.000 niños murieron solo en 2019 por complicaciones del parto prematuro.
Incluso si sobreviven, muchos se enfrentan a una vida de discapacidad, incluyendo dificultades de aprendizaje y problemas visuales y auditivos. “Por eso es clave corregirles la edad”, dice Rodríguez. En la pantalla vuelve a aparecer la gráfica: una línea ascendente que se dibuja punto a punto en cada control. Cuando un bebé nace antes de tiempo, su crecimiento no se compara solo con la fecha en que nació, sino teniendo en cuenta el tiempo que le faltó por pasar en el vientre.
Si un bebé nació ocho semanas antes, por ejemplo, al evaluar su peso, su talla y su desarrollo se descuentan esas ocho semanas. A eso se le llama “edad corregida”: una forma de medir cómo madura su organismo según el momento biológico que debería tener, no únicamente según la fecha del calendario.
El trabajo de Rodríguez y del Programa Canguro es acompañar ese proceso de maduración fuera del vientre. Que el bebé gane peso de forma sostenida, que su sistema respiratorio se estabilice, que logre alimentarse bien y que su desarrollo siga la trayectoria esperada para su edad corregida. Para eso, los bebés pasan por mediciones periódicas de peso, talla y perímetro cefálico; controles clínicos muy detallados; exámenes de audición y visión; evaluaciones neurológicas y del desarrollo. Se revisa, por ejemplo, cómo succionan, cómo respiran, cómo responden a estímulos. Cada cita es una gran fotografía del progreso.
Todo parecía funcionar casi como un reloj. Hasta que el sistema de salud empezó a fallar.
Un sueño en peligro
En un extremo de la sala hay un tablero que casi pasa desapercibido. Está lleno de fotografías de madres y padres, en distintos países, sosteniendo a sus bebés pegados al pecho. El gesto se repite, aunque cambien los hospitales. En una esquina, en blanco y negro, aparece un médico con bata: Edgar Rey Sanabria. A finales de la década de los setenta, en medio de hospitales con sobreocupación y escasez de incubadoras para recién nacidos prematuros en Bogotá, Rey observó algo que cambiaría la neonatología del mundo: el cuerpo de la madre podía funcionar casi como una incubadora natural. El contacto piel a piel ayudaba a regular la temperatura del bebé, estabilizar su respiración, favorecer la lactancia y reducir infecciones.
Lo que empezó como una solución ante la falta de recursos terminó convirtiéndose en un método con respaldo científico y alcance global: el Método Madre Canguro. “Pero Colombia no solo es el país en el que nació, sino que es pionero en su aplicación. Hoy hay 73 Programas Canguro en todo el país”, dice Nathalie Charpak, pediatra y directora de la Fundación Canguro.
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Durante las últimas décadas, Charpak ha liderado los esfuerzos para estandarizar el modelo, evaluarlo con rigor científico y demostrar, con datos, que no se trata solo de una práctica afectiva, sino de una intervención médica con impacto medible. Hoy, la OMS no solo lo avala, sino que ha publicado tres guías internacionales que lo recomiendan en todo el planeta.
A Charpak a veces se le agotan las palabras para explicar lo que significa el Programa Canguro. Hace una pausa y lo resume así: “Es una atención integral que salva bebés. Si una sociedad no se preocupa por los bebés, por los más frágiles, es una sociedad enferma. Hoy hay papás que llegan llorando porque se les cerraron las puertas de los programas canguro porque su EPS no paga. Eso es de una sociedad enferma. Eso no puede ser”.
En Colombia, el país que le regaló al mundo una posibilidad para salvar a los niños prematuros, hoy hay una crisis del sistema que preocupa a quienes sostienen el modelo.
“De los pacientes que atendemos, no todas las EPS permiten el acceso a los servicios. No hay buena oportunidad”, dice Rodríguez. “En ciertos niños con múltiples enfermedades y comorbilidades, hemos tenido barreras para conseguir lo básico. Antes no teníamos ninguna barrera. De un tiempo para acá algunos niños no pueden ni siquiera llegar a los Canguros, porque no les dan la autorización para hacerlo. Antes, eso no nos pasaba”.
Desafortunadamente, el problema no es aislado. En varias regiones del país los programas Canguro han cerrado o sobreviven con dificultad y recortes en personal y atenciones. “Hemos construido en los últimos siete años una estructura en toda Colombia para poder ofrecer el Programa Canguro. Trabajamos por una ley de 2024 que se movió desde la sociedad civil y desde la academia para lograrlo. Y en este momento esos esfuerzos tambalean. Muchas regiones han cerrado sus programas porque no fue viable tenerlos abiertos”. dice Ángela Lombo, coordinadora asistencial del Programa Madre Canguro Integral en Medellín.
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En el área metropolitana de la capital de Antioquia, por ejemplo, una de las aseguradoras más grandes ya no autoriza el programa. “Los niños se están quedando sin ese derecho al acceso”.
En Boyacá, donde empezaba a consolidarse una red, los programas de Duitama y Sogamoso cerraron. En el Cauca, de dos programas que funcionaban, uno intenta sostenerse en una región altamente vulnerable; el otro tuvo que cerrar tras quebrarse. En la Costa Caribe cuentan que la situación es crítica: “No hay flujo de dinero. Las aseguradoras no remiten a los pacientes o no continúan el seguimiento cuando los niños salen de las unidades neonatales”. En otros lugares no han cerrado, pero están muy asfixiados. Sin pagos oportunos, han tenido que reducir personal o limitar los servicios y atenciones.
Eso último implica menos controles, menos seguimiento, menos capacidad para detectar a tiempo dificultades auditivas, visuales o neurológicas. “El año pasado en Bogotá hubo cuatro casos de niños que tuvieron el examen de oftalmología trabado por la burocracia. Cuando finalmente se los hicieron, ya era demasiado tarde. Quedaron con deficiencia visual. Eso se puede evitar. En el Programa Canguro está claramente establecido que el examen de oftalmología debe hacerse en una fecha determinada y repetirse según el protocolo. No es una cuestión de autorizaciones individuales: se construyó un paquete de atención. Ese paquete incluye todas las actividades”, explica Charpak. “Los papás no pagan. Cuando un bebé entra al Programa Canguro, es el Estado el que paga”.
El Programa Canguro se financia con recursos de la Unidad de Pago por Capitación (UPC), el monto que el Estado gira a las EPS por cada afiliado. Desde la Fundación Canguro estiman que el costo total del programa por niño atentido oscila entre COP 2,5 y 3 millones, cubriendo el seguimiento integral hasta alrededor de los 12 meses de edad corregida (aproximadamente 15 meses cronológicos) o más.
“Y adentro está absolutamente todo: el examen neurológico, el pediátrico, el monitoreo psicomotor, la ecografía cerebral, la evaluación oftalmológica y auditiva. Todo está incluido y programado desde el inicio. Es un modelo diseñado y calculado para ser costo-efectivo, para actuar con equidad y garantizar que todos los bebés que lo necesitan reciban lo mismo. Lo que preocupa es que ahora uno tiene que estar mendigando para que la EPS —sea pública o privada— respete ese paquete y lo cubra como corresponde”, continúa Charpak. “No se trata de sacar a un bebé del programa; se trata de asegurar que pueda completar su seguimiento como está establecido en las guías”.
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A Jenny Patricia Eraso, neonatóloga, pediatra y coordinadora del Programa Canguro del Hospital Universitario Departamental de Nariño, le gustaría ir más allá. Extender el seguimiento hasta los dos años de edad corregida. Incluso que el programa pudiera cubrir los traslados de las familias hacia el centro hospitalario. El programa que coordina es el único en Nariño y también recibe pacientes de Putumayo. “En este momento estamos concentrando prácticamente todo el suroccidente del país”, explica. Muchas familias llegan desde la costa pacífica o desde más lejos. “Hay trayectos que pueden tardar un día completo, a veces más. Y aun así hacen el esfuerzo para poder traer a sus bebés al control”.
Ahora mismo, nadie está pidiendo más de lo que ya está en el paquete y en la ley. “Sabemos que el sistema de salud está complejo y todos los días vemos noticias al respecto. Yo me preguntaba qué hace que la situación del Programa Canguro sea distinta a todo lo que ya estamos viendo”, reconoce Lombo. “La diferencia es que aquí el impacto empieza desde el inicio de la vida y se proyecta hacia el futuro de toda una sociedad. Las intervenciones en la primera infancia están demostradas como las más costo-efectivas. Tal vez hemos llegado a un nivel de insensibilidad en el que ya no nos duele ver cómo los más vulnerables están siendo afectados. Pero no podemos permitirlo. Toca sacudirnos”.
Mientras tanto, en la sala Canguro del Hospital San Ignacio, un niño que parece de unos cinco años (poco más, poco menos) se acerca a una de las doctoras y la saluda. Ella lo mira unos segundos, tratando de reconocerlo. Detrás se escucha a la madre: “Le está diciendo que usted lo atendió”. La posibilidad de que eso siga ocurriendo con otros niños es lo que esta en juego.
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