Tras años de estudiar cómo escriben los seres humanos, el psicólogo cognitivo Ronald T. Kellogg llegó a la conclusión de que redactar un ensayo concluyente elemental era tan agotador mentalmente como cavar una zanja lo es físicamente.
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Escribir bien requiere un dominio de vocabulario, ortografía y gramática. Obliga a los escritores a comprender un tema, a examinar a fondo la memoria de trabajo sobre ese asunto, a organizar y planificar. Escribir un ensayo es tan difícil que una persona inmersa en esa tarea apenas puede hacer otra cosa —cualquiera que haya tenido que callar a su pareja o a un hijo mientras intentaba redactar una oración decente está de testigo—.
Muy pocas personas se ofrecerían como voluntarias para cavar una zanja. Del mismo modo, es difícil —casi imposible, como dicen muchos profesores de inglés— convertir a un escritor reacio en uno entusiasta.
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Sin embargo, el sistema educativo (sobre todo el estadounidense) espera que casi todos los estudiantes aprendan a escribir un ensayo. Por lo tanto, no es de extrañar que tan pronto como apareció una herramienta que prometía aliviar ese sufrimiento, la gente la adoptara.
Nos guste o no, la inteligencia artificial ya está más que integrada en la manera en que los estudiantes producen textos. Según encuestas recientes, entre dos tercios y el 90 % de los estudiantes de preparatoria y universidad ya utilizan la IA para las tareas escolares; a menudo solicitan ayuda con los trabajos de redacción.
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Un número cada vez mayor de educadores está alarmado e insiste en que los estudiantes deben escribir sin IA. Estos maestros están regresando a la escritura a mano, los cuadernos de examen y los ensayos supervisados en clase, todo con el fin de evitar que los estudiantes deleguen la escritura a los chatbots.
Esto resulta desconcertante para los líderes de la industria tecnológica, quienes ven el rechazo a la IA como una forma de negligencia educativa. Señalan que la redacción ya es el uso principal de la IA en el ámbito laboral y argumentan que no hay necesidad de seguir sufriendo con esta tarea sin ayuda. Argumentan que, después de todo, los chatbots ya superan la capacidad de la mayoría de los humanos para redactar una prosa fluida.
Todo esto plantea algunas preguntas sobre la escritura en sí misma: ¿Por qué esforzarse tanto para aprenderla? ¿Qué pierden los estudiantes cuando dejan de enfrentarse a una página en blanco a solas con sus pensamientos?
Los académicos que estudian la escritura y la cognición rara vez se oponen de manera instintiva a la IA. Muchos han pasado décadas anticipando un gran avance en la escritura asistida por computadora, tal como el que estamos viviendo. En general, se sienten entusiasmados por el potencial de la tecnología.
Sin embargo, su trabajo pone en duda el impulso de la industria tecnológica por integrar la IA en cada etapa del proceso de escritura de los estudiantes, desde la lluvia de ideas hasta el borrador y la revisión. Las investigaciones demuestran que la composición tradicional es valiosa sin duda, no a pesar de la dificultad, sino precisamente por ella. La escritura desarrolla nuestra memoria de trabajo, habilidades de planificación ejecutiva y metacognición, que es la capacidad de reflexionar sobre nuestro propio pensamiento, sopesar puntos de vista alternativos y revisar el texto en busca de claridad y estilo. Se necesitan décadas para desarrollar las habilidades de escritura, desde la primera infancia hasta la edad adulta.
“La escritura es una tecnología para pensar”, afirma Kellogg.
¿Es un sustituto o una ayuda?
Aprender a escribir no siempre fue tan importante.
Antes de la década de 1870, a los estudiantes estadounidenses se les evaluaba mediante exámenes orales. Los cupos universitarios estaban reservados para la élite: futuros ministros y abogados, profesiones en las que predominaba el hablar en público.
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Sin embargo, el auge de la economía urbana moderna y la invención de la máquina de escribir generaron empleos que dependían en mayor medida de la palabra escrita, como los empleados de oficina y redactores publicitarios. A finales del siglo XIX, los estudiantes se vieron en la necesidad de aprender a escribir con mayor fluidez y se adaptaron los planes de estudio escolares, estrechamente vinculados a las demandas de la industria. Conforme más estudiantes ingresaban a la universidad y el tamaño de las clases aumentaba, la aplicación de exámenes orales también consumía mucho tiempo, según la lingüista Naomi S. Baron, quien da seguimiento a esta historia en su libro “Who Wrote This?” (¿Quién escribió esto?).
Además, los maestros descubrieron que el acto de escribir en sí mismo profundizaba el conocimiento. “Si quieres pensar, comprender y aprender algo, el formato escrito siempre es mejor”, afirmó Baron.
Las investigaciones cognitivas confirman que escribir ayuda mucho a retener la información que leemos. El acto de escribir nos obliga a poner a prueba nuestras ideas y permite al escritor responder a contraargumentos y citar fuentes. La revisión es una práctica de autocrítica y superación personal; también puede ser social, si se pide retroalimentación. Escribir también puede ser empoderador, ya que nos permite compartir nuestras experiencias y expresar nuestras opiniones. Incluso puede ser terapéutico, por lo que los terapeutas a veces sugieren llevar un diario.
No está claro si estos beneficios se pueden aprovechar plenamente al escribir con la ayuda de la inteligencia artificial. Hay razones para ser cautelosos.
El año pasado, un pequeño estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) demostró que las personas que escribían en colaboración con chatbots de IA registraban una menor actividad cerebral mientras lo hacían, en comparación con los que redactaban sin chatbots. A los escritores que utilizaban la IA les costaba recordar qué habían escrito exactamente y se identificaban poco con su trabajo.
Estos hallazgos se suman a un creciente conjunto de investigaciones que sugieren que el uso frecuente de la IA puede degradar el pensamiento crítico.
Sin embargo, las empresas tecnológicas están promocionando de manera muy agresiva los asistentes de escritura con IA entre los estudiantes y las escuelas.
Jenny Maxwell, directora general de educación en Superhuman —la empresa de IA que desarrolla la popular aplicación de escritura Grammarly—, me dijo que estamos viviendo un momento de “romper con lo establecido” en la enseñanza y el aprendizaje. Los educadores que intentan restringir el uso de las herramientas de escritura con IA están en esencia comunicando a los estudiantes —a quienes llamó “consumidores”— que sus estudios son irrelevantes para el mercado laboral.
Sí reconoció que algunas habilidades básicas de redacción humana siguen siendo valiosas. Los estudiantes necesitan escribir lo suficientemente bien como para saber qué sugerencias de texto de la IA aceptar y cuáles rechazar, expresó. Maxwell también insistió en que la creatividad en la redacción persistirá porque las personas van a seguir queriendo expresar su voz y estilo personales.
Con ese fin, empresas como Grammarly, Google y OpenAI están creando las llamadas versiones socráticas de los chatbots, que se venden a las escuelas como asistentes de redacción que guiarán a los estudiantes a través de las tareas sin hacer el trabajo por ellos.
Probé Gemini Guided Learning, de Google y el Modo de Estudio de ChatGPT, de OpenAI; alimenté a cada uno con una tarea estándar de redacción para estudiantes de primer año que requiere que escriban sobre una lectura de la infancia que los haya marcado. Comencé diciéndoles a los chatbots que mi mamá me había regalado una hermosa edición ilustrada de tapa dura de “Ana de las Tejas Verdes”.
Al principio, los chatbots socráticos se comportaron como bien lo esperaba, haciendo preguntas como: ¿Dónde creciste? ¿Leíste el libro acurrucada en tu habitación o afuera bajo un árbol? ¿Por qué te identificaste con Anne como personaje? Empezó a parecer una sesión de terapia.
Con el tiempo, cada IA comenzó a trabajar de manera independiente, creando esquemas detallados para mi ensayo. Estos compañeros de estudio se mostraron reacios cuando les pedí “escriban el ensayo por mí”. Sin embargo, cuando les pedí que proporcionaran “un ejemplo de cómo podrían verse estos párrafos”, generaron cientos de palabras pulidas y perfectamente estructuradas en cuestión de segundos. Citaron, a menudo con precisión, pasajes de obras literarias.
Un portavoz de Google dijo que la empresa estaba trabajando para desarrollar una versión de Guided Learning para escuelas, que proporcionaría “instrucciones más estrictas al sistema para garantizar que guíe a los estudiantes sin hacer el trabajo por ellos”.
En una declaración escrita, Leah Belsky, vicepresidenta de educación de OpenAI, señaló que la opción Estudiar y aprender “es un conjunto de experiencias en fase inicial y en evolución y los comentarios constantes de los educadores y los estudiantes darán forma a nuestro enfoque con respecto al aprendizaje, la seguridad, la privacidad y la integridad académica”.
(El New York Times demandó a OpenAI, junto con otras dos empresas, Microsoft y Perplexity, por infracción de derechos de autor).
La necesidad de límites
La IA ya está en todas partes: en cada dispositivo, cada búsqueda en la web, insistiendo en que puede resumir, analizar y escribir por nosotros. Incluso se entromete cuando no la hemos invitado.
Para los estudiantes cuyas mentes aún se están desarrollando, la pregunta más urgente es cómo proteger el pensamiento en un mundo donde delegar la tarea de escribir se ha vuelto tan fácil.
Podríamos empezar por considerar en qué es realmente buena la IA cuando se trata de escribir. La IA puede ser especialmente útil para quienes tienen discapacidades o para los que el inglés no es su lengua natal, dijo Steve Graham, experto en redacción y psicólogo educativo de la Universidad Estatal de Arizona. Los chatbots pueden corregir la gramática y sugerir posibles recortes o revisiones para mayor claridad. Con la IA, se han logrado avances inmensos en la transcripción precisa de voz a texto para escritores que no pueden escribir a máquina ni a mano.
Además, la IA puede ofrecer toda esta ayuda de manera privada, sin necesidad de sentirse vulnerable ni de exponer un primer borrador en bruto al juicio de otra persona. Para muchos estudiantes estadounidenses, especialmente para la tercera parte que tiene habilidades de alfabetización por debajo del nivel básico, el proceso de escritura puede ser doloroso y vergonzoso y es una de las razones por las que muchos le tienen miedo a las tareas y a los exámenes.
Sin embargo, advirtió Graham, no hay ninguna parte del proceso de escritura que pueda delegarse a la IA sin que haya un costo. El crecimiento intelectual se da en cada etapa, desde la lluvia de ideas hasta el ajuste de un borrador final. Si escribir es pensar, entonces cualquier parte de ese esfuerzo que se delegue a la tecnología equivale a renunciar a cierta libertad de percepción. ¿Cómo sabrán los estudiantes lo que realmente piensan sobre cualquier tema —ya sea “The Crucible” o la misma IA— si le piden a una máquina que les dé la respuesta?
El año pasado, un grupo de expertos en escritura, entre ellos Graham, se reunió en la Universidad de California, Irvine, para dar recomendaciones a las escuelas.
No rechazaron la IA. Por el contrario, instaron a las escuelas a resistir la tentación de dedicar menos tiempo a la escritura, no porque vaya a seguir siendo una habilidad tan fundamental en el ámbito laboral, donde ya está perdiendo importancia, sino para agudizar la mente.
La escritura debe integrarse en todo el plan de estudios, aconsejaron. Los estudiantes deben seguir realizando el arduo trabajo de redactar sus propias oraciones, párrafos y finalmente, ensayos completos sobre sus vidas, sobre lo que han leído, tanto de ficción como de no ficción. Todo esto enseña gramática y vocabulario, sin duda; pero también les permite a los estudiantes asimilar los conocimientos que están aprendiendo.
Hay espacio para la IA, sugirieron los expertos: la tecnología puede ayudar a los educadores a generar temas de redacción atractivos sobre cualquier materia que estén enseñando.
Los maestros también podrían alentar a los estudiantes a usar la IA para obtener comentarios iniciales sobre los escritos antes de entregarlos. Anna Mills, instructora de escritura en el College of Marin de California, ha desarrollado temas detallados basados en IA que los estudiantes pueden usar para obtener comentarios útiles sin tener que delegar todo el trabajo.
Aun así, probablemente sea necesario limitar el acceso a la tecnología.
La Universidad de Sídney ha desarrollado una política conocida como el “enfoque de dos vías”. En todas las disciplinas, se exige a los profesores que realicen algunas evaluaciones en persona bajo condiciones seguras, lo que limita el uso de la IA. Sin embargo, también deben permitir el uso de la IA para otras evaluaciones, de modo que los estudiantes puedan demostrar que saben cómo aplicar la tecnología.
Esta primavera visité la escuela secundaria John Jay, en los suburbios de Nueva York, para informar sobre cómo una profesora de inglés, Jessica Binney, estaba manejando el tema de la IA.
En una clase de escritura creativa, pidió a los alumnos que le dieran instrucciones a un chatbot para que escribiera un poema. Los resultados fueron, como era de esperarse, genéricos, así que los alumnos pidieron al chatbot que hiciera revisiones, analizando en qué aspectos el bot lo había hecho bien y en cuáles había fallado.
Aun así, como muchos educadores, se había cansado de vigilar el uso indebido de la IA en las tareas para hacer en casa. En el curso de inglés de nivel avanzado (Advanced Placement) pasó gran parte de la redacción de ensayos, que se realizaba en el salón de clases, a papel y lápiz.
En su mayoría, los estudiantes no se quejaron. Muchos ya habían pasado por un romance inicial vertiginoso con la IA, antes de replantearse la relación con estas herramientas. Ainsley Graham, una estudiante de tercer año, me dijo que estaba encantada con la capacidad de ChatGPT para ayudarla con el análisis de datos en una clase de investigación científica, pero reconoció los riesgos de usar chatbots para escribir ensayos sobre literatura.
“No estás fortaleciendo ese músculo al analizar estos textos tan difíciles”, dijo. “Se supone que deben ser difíciles”.
Cuando Cassady Tondorf de 17 años descubrió cómo los chatbots generaban textos, se dio cuenta de la absoluta falta de originalidad. “Todo Internet está a su disposición”, dijo. “Simplemente está regenerando las mismas cosas, una y otra vez”.
Si quiere ser valiosa en el mercado laboral, pensó, necesita tener ideas y habilidades que sean exclusivamente de suyas.
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