Es fácil decir que la infancia ya no es como antes. Casi todos los adultos, en algún momento, terminan soltando esa frase como si fuera una verdad absoluta y usan como argumento los recuerdos de las tardes que pasaban jugando con los “amigos de la cuadra”, creando un juguete nuevo con lo que hubiera a mano, leyendo una y otra vez el mismo cuento e inventando cualquier forma de pasar el tiempo hasta que se hiciera de noche. Para muchos de quienes hoy son padres, madres, tíos o abuelos, esa es la imagen de una infancia más libre, más sencilla y, quizás, más saludable.
Pero es posible que idealizar el pasado no resuelva las dudas del presente. Hoy, las condiciones en las que crecen los niños han cambiado: hay nuevas formas de entretenerse, de alimentarse y de ocupar el tiempo, y cada una plantea sus propios desafíos para las familias y para quienes acompañan el desarrollo infantil.
Por eso, antes de comparar la infancia de hoy con la de otras generaciones, el Dr. Jaime Céspedes, de la Fundación Cardioinfantil – LaCardio, propone partir de una pregunta más básica: ¿qué significa que un niño tenga una infancia saludable? Quizá, responde, “implica mantener la vida del niño en las mejores condiciones: darle amor y satisfacer sus necesidades de educación, alimentación, techo y recreación”.
A partir de allí, la pregunta es cómo garantizar esas condiciones en un entorno que también ha cambiado: los niños tienen nuevas formas de entretenerse, de alimentarse y de ocupar su tiempo, mientras las familias enfrentan desafíos que no necesariamente existían de la misma manera para las generaciones anteriores.
Una infancia digital
Es claro que las pantallas hacen parte cada vez más temprano de la vida de los niños. Celulares, videojuegos y contenidos audiovisuales ofrecen estímulos permanentes y, para los especialistas consultados, ese es uno de los desafíos que más preocupa en las infancias actuales. “El mundo de la actualidad, los estímulos fáciles y las tentaciones que ponen las pantallas, son el mayor desafío que tenemos ahora”, advierte la Dra. Catalina Ayala Corredor, médica psiquiatra de niños y adolescentes de la Fundación Santa Fe de Bogotá.
La discusión, sin embargo, no se resuelve solo preguntándose si las pantallas son buenas o malas. Para la Dra. Martha Solano, neuróloga pediatra de LaCardio, lo que importa es cuándo se introducen y qué lugar ocupan en el desarrollo del niño.
Su explicación parte de una distinción entre las habilidades que suelen asociarse con el desempeño académico y aquellas que permiten a los niños relacionarse con otras personas, reconocer emociones y construir vínculos. En las primeras, dice Solano, las pantallas, usadas correctamente, incluso pueden tener algunos beneficios: “Han sido un buen estímulo para la memoria visual, para la memoria auditiva”. Pero su preocupación está en lo que puede ocurrir con las segundas cuando el uso de dispositivos aparece demasiado temprano o termina desplazando la interacción con otras personas. “¿En dónde nos golpean a los niños cuando tú introduces las pantallas tan temprano? En ese desarrollo de la inteligencia emocional, en ese vínculo que tienen que hacer con las demás personas”, opina la médica.
En ese sentido, los científicos acumulan cada vez mayor evidencia sobre los riesgos de una introducción temprana y sin control de las pantallas. Un videojuego o una plataforma de entretenimiento ofrece estímulos y recompensas de manera inmediata y constante, y cuando esa respuesta está siempre disponible, puede desaparecer un espacio que la doctora Ayala, de la FSFB, considera clave durante la infancia: “la posibilidad de aburrirse, de tener que inventarse qué hacer”. Y ese, agrega, es “el terreno perfecto para la creatividad, para la imaginación y para el juego”
Solano lo resume desde la lógica del estímulo mismo: “Esa respuesta [de las pantallas] empieza a ser casi adictiva porque necesito muchos estímulos para poder llegar a esa respuesta de satisfacción”. Es decir, la preocupación es que la exposición constante a estímulos y recompensas inmediatas puede hacer que actividades que requieren más tiempo, espera o iniciativa propia resulten menos atractivas para los niños, como el juego libre o una conversación.
A ese impacto que los médicos describen en el comportamiento se suma una preocupación física. La doctora Solano, de LaCardio, llama la atención sobre los efectos que pueden tener ciertos estímulos visuales de las pantallas, especialmente en niños susceptibles: “La fotosensibilidad también es una afectación directa física de la pantalla sobre un cerebro que no tolera esta carga”. Entre sus preocupaciones menciona la epilepsia fotosensible, los tics motores y los trastornos de ansiedad. Esto no significa que todos los niños expuestos a pantallas vayan a desarrollar estos problemas. El riesgo depende de factores individuales y, en el caso de la fotosensibilidad, de una susceptibilidad particular a determinados estímulos visuales. La advertencia de los especialistas está, sobre todo, en reconocer esas diferencias y evitar una exposición excesiva o sin acompañamiento.
Desde hace un tiempo, se discute en el ámbito médico y científico cuál es la mejor manera de incorporar las pantallas a la vida de los niños. La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, recomienda que los menores de un año no tengan exposición a pantallas y que los niños de un año tampoco pasen tiempo sedentario frente a ellas. Para los niños de dos años, establece un máximo de una hora al día y, entre los tres y cuatro años, también de una hora: en ambos casos, cuanto menos, mejor.
Estas recomendaciones hacen parte de una guía más amplia sobre actividad física, comportamiento sedentario y sueño, en la que la OMS plantea que la salud infantil no depende de una actividad aislada, sino de cómo se distribuyen las 24 horas del día. Por eso, dice la organización, el tiempo frente a una pantalla no debería desplazar el juego activo, el sueño ni las actividades interactivas sin pantallas con los cuidadores, como leer, contar cuentos, cantar o hacer rompecabezas. La idea, en últimas, es que reducir el sedentarismo no significa quitar una pantalla, sino recuperar el tiempo para que los niños se muevan, jueguen, descansen y se relacionen con otras personas.
El peso de lo que comen y de lo que ya no hacen
“Un niño que no hace actividad física, que prefiere estar enfocado en una pantalla y que evita salir a jugar, no solamente pierde socialización, también puede presentar mayor riesgo de sobrepeso y obesidad”, explica la Dra. Ayala, de la FSFB. Pero, agrega, atribuir ese aumento de peso solo a la quietud que provocan las pantallas sería simplificar el problema: la alimentación también cambió, y los niños crecen hoy rodeados de una oferta de productos ultraprocesados que antes no existía.
Para la doctora Paola Durán, médica endocrinóloga de LaCardio, ambos fenómenos hacen parte de una transformación que ha contribuido al aumento de la obesidad infantil. “La mayor pandemia de la que se ha hablado es la pandemia de obesidad, sobre todo en los niños”, señala. Su preocupación está en la combinación de factores: “menos actividad física, más tiempo sedentario, más exposición a alimentos ultraprocesados”.
La magnitud del problema ya se refleja en las cifras. Según UNICEF, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, en 2025 la obesidad superó por primera vez al bajo peso como la forma más prevalente de malnutrición entre los niños, niñas y adolescentes de 5 a 19 años: se estima que 188 millones, uno de cada diez, viven con obesidad. La prevalencia pasó de 3 % en 2000 a 9,4 % en 2025, mientras que la del bajo peso cayó de casi 13 % a 9,2 %.
“Mientras los productos industrializados reciben todo el mercadeo, la comida natural tiene que competir por la atención de los niños en los colegios y ahora en las redes sociales”, señala Durán. “Hay que comer frutas, hay que comer verduras, hay que comer proteína, hay que tener un plato equilibrado”.
Esa alimentación natural y equilibrada, coincide el Dr. Jaime Céspedes, se debe enseñar desde el nacimiento. “La alimentación empieza con la mamá gestante, la cual debe comer muy saludablemente. Más adelante, lo importante es mantener esos buenos hábitos”, explica.
A la alimentación se suma la actividad física, otra pieza fundamental para el desarrollo infantil. Para Céspedes, no es necesario convertirla en una actividad costosa o estructurada: “No se necesita ir a clases, ni gastar mucho dinero. Jugar con una pelota, caminar, correr, salir al parque, el triciclo, todo eso es actividad física”. El especialista recomienda que los niños acumulen al menos 300 minutos de actividad física moderada o vigorosa a la semana. Se trata, explica, de actividades que aumentan la intensidad del esfuerzo y pueden hacer que el niño entre en calor y sude.
La importancia de moverse no termina en el gasto de energía. Cuando la actividad física ocurre en compañía de otros niños, el juego y el deporte también se convierten en espacios para aprender a relacionarse. Allí aparecen habilidades que van más allá de lo físico: seguir reglas, esperar turnos, manejar la frustración y aprender a ganar y perder. “Saltar, brincar, vincularse en deportes de equipo donde aprendemos a trabajar con el otro, donde aprendemos reglas, normas, frustración, espera, a ganar, a perder, son cruciales en el desarrollo psicoafectivo y social de los niños y de los adolescentes”, explica la doctora Ayala.
El juego como espacio de desarrollo
Es aquí donde el juego, una actividad que siempre ha estado ligada a la infancia, adquiere otra importancia, “el juego es la universidad de la infancia”, afirma Céspedes. Después de hablar de pantallas, sedentarismo y estímulos constantes, aparecen esos espacios sencillos en los que un niño puede moverse, imaginar, crear sus propias reglas y relacionarse con otros.
Pero esos espacios no siempre aparecen solos: “Hay que buscar que los niños de edades similares se reúnan, para eso sirven los parques y los jardines. Hay que ser muy creativos para que se reúnan”, plantea el especialista.
Y no se trata necesariamente de llenar la agenda de los niños de actividades. Para el pediatra, el desarrollo está en esas experiencias cotidianas como bailar, jugar, cantar o leer. “Leerle es una actividad sagrada que desde que nace un bebé todo papá debe cumplir, 10, 15 minutos de lectura todos los días”. Todas estas actividades, especialmente el juego libre, pueden realizarse de formas distintas según la época, la cultura, el lenguaje o el lugar, pero siguen siendo parte de ese espacio común de la infancia que, como señala Céspedes, “une universalmente a todos los niños”.
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