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Cuidar el corazón también es cosa de jóvenes 

 Los problemas cardiovasculares suelen asociarse con la edad, pero la mayoría de sus factores de riesgo modificables comienzan a acumularse mucho antes. ¿Qué papel tienen el sedentarismo, el vapeo y la alimentación en la salud cardiovascular durante la juventud? ¿Y por qué la prevención no debería esperar hasta los 50 años? 

Ana Vega
27 de septiembre de 2026 – 11:13 a. m.
Caminar solo 30 minutos al día puede reducir significativamente el riesgo de infarto
Caminar solo 30 minutos al día puede reducir significativamente el riesgo de infarto
Foto: Getty Images

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Esta semana, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) publicó una nueva entrega de sus Estadísticas Vitales (EEVV), con los datos oficiales sobre nacimientos y defunciones ocurridas en Colombia. Entre los hallazgos hay uno que vuelve a poner al corazón en el centro de la conversación: entre las defunciones no fetales, las enfermedades isquémicas del corazón fueron la principal causa de muerte, con una participación del 17,3 % en 2025 y del 17,0 % entre el 1 de enero y el 31 de julio de 2026.

Hablar de estas cifras permite recordar algo fundamental: el cuidado del corazón no debería empezar cuando aparecen los primeros problemas de salud, sino mucho antes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “la mayoría de los infartos se pueden prevenir controlando un pequeño número de factores de riesgo conductuales y metabólicos”. Entre ellos enumera el consumo de tabaco, la alimentación poco saludable, la inactividad física, el consumo nocivo de alcohol, el sobrepeso y la obesidad, la presión arterial elevada, la glucosa alta y las alteraciones de los lípidos en sangre. Muchos de estos factores, dice el organismo, comienzan a acumularse desde etapas tempranas de la vida, mucho antes del infarto.

De ahí la importancia de mirar también qué está ocurriendo entre los adultos jóvenes. Aunque el riesgo cardiovascular aumenta con la edad, el infarto no es un problema exclusivo de las personas mayores, como muestran algunos estudios realizados en Estados Unidos. Un análisis del American College of Cardiology (ACC) encontró que la proporción de hospitalizaciones por infarto entre personas de 35 a 54 años pasó del 27 % entre 1995 y 1999 al 32 % entre 2010 y 2014. Además, en un registro de pacientes que sufrieron un infarto a los 50 años o antes, la proporción de quienes tenían menos de 40 años aumentó 1,7 % anual entre 2007 y 2016.

Estos datos no quieren decir que el infarto sea ahora una enfermedad propia de los jóvenes, pero sí muestran por qué la prevención cardiovascular no debería esperar a que aparezcan los primeros problemas ni quedar relegada a las edades avanzadas.

“La salud cardiovascular se construye durante toda la vida, pero las decisiones que tomamos en la juventud pueden marcar una diferencia enorme décadas después”, señala el doctor Andrés Buitrago, especialista en medicina interna, cardiología y epidemiología, y jefe de Cardiología de la Fundación Santa Fe de Bogotá.

¿Qué podemos hacer desde jóvenes para cuidar nuestro corazón?

Una parte de esta respuesta está en los dos pilares que se suelen nombrar para tener una vida más saludable en general: la alimentación y la actividad física.

Por el lado de la alimentación, suele asociarse a los jóvenes con cierto descuido a la hora de comer: consumo de embutidos, dulces, productos ultraprocesados e industrializados que, al menos en apariencia, no tienen consecuencias inmediatas. El metabolismo parece funcionar sin problemas durante la juventud, pero, a largo plazo, estos hábitos pueden tener consecuencias sobre la salud cardiovascular.

"Cuando un joven consume en exceso grasas saturadas y alimentos ultraprocesados, tanto de paquetes como cárnicos, introduce al organismo una carga mayor de aceites, grasas y ‘mantecas’ procesadas. Aunque en el momento no se perciba, este hábito va construyendo un daño a largo plazo", explica el doctor Carlos Ortiz, jefe de Cardiología de la Fundación Cardioinfantil-LaCardio.

¿Y cómo afecta esto al corazón? Una de las vías tiene que ver con el colesterol. Una alimentación rica en grasas saturadas puede elevar los niveles de colesterol LDL, conocido como colesterol “malo”, y contribuir al desarrollo de aterosclerosis. "La grasa se tiende a oxidar y a depositar por dentro o en la pared de las arterias, generando daño temprano y aterosclerosis prematura, que es lo que llamamos las placas de colesterol que se forman desde la infancia y la adultez temprana", precisa Ortiz.

Esta placa se vuelve especialmente peligrosa cuando se rompe. Al hacerlo, expone al torrente sanguíneo componentes de su interior que favorecen la formación de un trombo. Si ese coágulo obstruye una arteria coronaria, puede interrumpir el flujo de sangre al corazón y desencadenar un infarto. En algunos casos, el infarto puede provocar arritmias graves y, como consecuencia, un paro cardíaco.

Otro de los factores relacionados con la alimentación es el consumo excesivo de azúcar. Ortiz explica que cuando hay un exceso de glucosa en la sangre se producen procesos conocidos como productos finales de glicación avanzada, en los que la glucosa se une a proteínas y otras moléculas del organismo.

Estos productos están asociados con el daño de diferentes tejidos y con las alteraciones metabólicas que acompañan a la diabetes.

La otra parte de la ecuación es la actividad física. La OMS recomienda que los adultos de 18 a 64 años dediquen como mínimo 150 minutos semanales a la práctica de actividad física aeróbica de intensidad moderada, o 75 minutos de actividad física aeróbica vigorosa a la semana, o una combinación equivalente de ambas. También recomienda realizar actividades de fortalecimiento muscular que involucren los grandes grupos musculares durante dos o más días a la semana.

El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre (NHLBI) de Estados Unidos señala que la actividad física regular trae varios beneficios para la salud del corazón: fortalece el músculo cardíaco, lo que permite que fluya más sangre hacia los músculos y que aumenten los niveles de oxígeno en la sangre; ayuda a reducir el riesgo de miocardiopatía isquémica, y también puede disminuir el riesgo de sufrir un segundo ataque cardíaco en las personas que ya han tenido uno.

Hay que hacer, sin embargo, una advertencia importante: hacer ejercicio no significa ignorar las señales del cuerpo. La actividad física regular produce cambios normales en la frecuencia cardíaca y la respiración, pero existen síntomas que requieren valoración.

"Cuando hacemos ejercicio sentimos que el corazón se esfuerza un poco. Esa es una respuesta normal. En la medida en que uno va haciendo más ejercicio, el organismo se adapta. Pero es diferente cuando, mientras se hace ejercicio, aparecen taquicardias irregulares, sensación de que el corazón no anda bien o, adicionalmente, sensación de desmayo o síncope", explica Ortiz. Estos síntomas deben alertar incluso si se trata de una persona joven, pues pueden estar relacionados con alguna anomalía genética o estructural del corazón que requiere estudio.

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Vapeo, cigarrillo y sustancias: otros riesgos para el corazón

Ahora bien, hay otros hábitos en los que vale la pena detenerse: el vapeo y el consumo de sustancias psicoactivas. "El mensaje para los jóvenes es claro: vapear no es inocuo y fumar cigarrillos tampoco", señala el Dr. Buitrago, de la FSFB.

El especialista señala que la evidencia disponible muestra que la nicotina puede aumentar la frecuencia cardíaca y la presión arterial, además de producir contracción de los vasos sanguíneos y favorecer alteraciones de la función vascular. Los aerosoles de los cigarrillos electrónicos, por su parte, contienen sustancias químicas y otras partículas que pueden contribuir a procesos de inflamación y estrés oxidativo.

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Buitrago aclara que, aunque todavía se necesitan más estudios para conocer con precisión las consecuencias cardiovasculares de los vapeadores, esto no significa que estos productos sean inocuos. En el caso del cigarrillo convencional, en cambio, existe una relación ampliamente documentada con el infarto, el accidente cerebrovascular y otras enfermedades cardiovasculares. .

A esto se suma el consumo de sustancias psicoactivas como la cocaína y las anfetaminas, que, según Buitrago, "pueden provocar aumentos bruscos de la presión arterial y la frecuencia cardíaca, espasmo de las arterias coronarias y alteraciones del ritmo cardíaco, aumentando el riesgo de eventos cardiovasculares agudos incluso en personas jóvenes".

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La importancia de la detección temprana

Pero no todo riesgo cardíaco en los jóvenes está relacionado con el estilo de vida. También existen enfermedades cardíacas hereditarias o congénitas, como algunas cardiomiopatías y trastornos eléctricos del corazón, que pueden aparecer durante la adolescencia o los primeros años de la adultez y pasar inadvertidas durante mucho tiempo.

Detrás de algunas de estas condiciones pueden existir alteraciones genéticas que pasan desapercibidas durante años. Como explica el Dr. Ortiz, de LaCardio, "generalmente son mutaciones que son heredables o que pueden ser espontáneas". Estas alteraciones pueden modificar las instrucciones que determinan la producción y funcionamiento de determinadas proteínas y, en algunas enfermedades, producir cambios en la estructura o en la actividad eléctrica del corazón.

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Una de las patologías que puede tener este origen es la miocardiopatía hipertrófica, una enfermedad en la que el músculo cardíaco tiene un grosor mayor de lo habitual. En algunos pacientes "se va reemplazando el músculo por fibrosis (tejido cicatricial que reemplaza parte del músculo cardíaco), lo que genera riesgo de arritmias y de muerte súbita", explica Ortiz.

Por eso, conocer los antecedentes familiares es una pieza importante para detectar estas condiciones. Los médicos advierten que las familias en las que se ha presentado una muerte súbita o inesperada en un adolescente o en un adulto joven, especialmente antes de los 35 o 40 años, deben consultar para determinar si puede existir una condición hereditaria. "Estas familias deben tener una alerta mayor porque ya pueden tener una alteración genética", señala el especialista de LaCardio.

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De hecho, si existen antecedentes de muerte súbita a edades tempranas, "eso obliga a que nosotros como médicos no nos quedemos ahí, sino que hagamos una pesquisa", agrega.

También existen enfermedades relacionadas con alteraciones en los canales eléctricos del corazón, como algunos síndromes de QT largo, QT corto o Brugada, que pueden no manifestarse hasta que aparecen síntomas como palpitaciones, desmayos o, en casos graves, una arritmia potencialmente mortal.

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Por eso, aunque una persona joven lleve una vida saludable, conozca sus factores de riesgo y haga ejercicio con frecuencia, los antecedentes familiares y ciertos síntomas siguen siendo relevantes. De ahí la importancia de hablar del corazón de los jóvenes: no solo para promover desde temprano hábitos que reduzcan los factores de riesgo cardiovascular, sino también para prevenir, identificar señales de alerta y detectar a tiempo aquellas enfermedades que pueden permanecer silenciosas durante años.

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Ana Vega

Por Ana Vega

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional con interés en temas de divulgación cultural y medio ambiente. Anav3g4 avega@elespectador.com
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