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Caminar sin dolor, subir unas escaleras, levantarse de una silla, cargar a un nieto o seguir viviendo sin ayuda parecen acciones simples hasta que alguna de ellas deja de ser posible. Detrás de esa capacidad de moverse hay un sistema del que pocas veces hablamos: huesos, músculos, tendones, ligamentos y articulaciones que trabajan juntos durante toda la vida.
“Uno no empieza a perder la independencia cuando llega a los 70 años. En buena medida, la historia empieza a escribirse mucho antes”, dice Jorge Rojas Lievano, jefe del Departamento de Ortopedia y Traumatología de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB).
¿Qué significa eso? Que la vejez no es el punto de partida de los problemas osteomusculares, sino el resultado de un proceso mucho más largo.
Un proceso que empieza en los primeros años, cuando el cuerpo todavía está creciendo y construyendo buena parte de la reserva que tendrá para las siguientes décadas; continúa en la adultez, cuando la tarea pasa a ser conservarla; y llega a la vejez, cuando esa reserva puede marcar la diferencia entre mantener la movilidad y la independencia o empezar a perderlas.
La reserva que se construye en la adolescencia
Durante la infancia y la adolescencia, el cuerpo todavía está construyendo buena parte de la estructura que tendrá que sostenerlo durante las siguientes décadas. Para el doctor Rojas, esa primera etapa tiene una tarea fundamental: vigilar que el sistema musculoesquelético se desarrolle correctamente. “En la etapa de la niñez, es muy importante la prevención”, dice.
Eso incluye prestar atención al desarrollo de las caderas, la columna, la marcha o posibles diferencias en la longitud de las piernas. Son condiciones que pueden pasar inadvertidas durante años, pero cuya detección temprana, especialmente en los primeros años de vida, permite intervenir antes de que se conviertan en problemas mayores.
Para esa detección, explica Rojas, es importante observar cómo caminan y se mueven los niños y, cuando está indicado, recurrir a evaluaciones e imágenes que permitan comprobar que el sistema musculoesquelético se está desarrollando adecuadamente. La idea no es esperar a que aparezca el dolor o una lesión a plena vista, sino identificar a tiempo aquello que pueda alterar el desarrollo normal y corregirlo cuando todavía hay margen para hacerlo.
Después llega la adolescencia, una etapa particularmente importante porque allí ocurre buena parte de la acumulación de masa ósea. Los médicos saben que alrededor de los 18 años se marca el pico de acumulación ósea. Es decir, durante ese estirón de crecimiento se forma una parte importante del hueso, si no todo, que acompañará a la persona durante el resto de su vida, por lo que la actividad física y la alimentación adquieren un papel central.
Los deportes que implican carga —como correr, saltar, jugar fútbol, baloncesto o voleibol— estimulan al hueso, que responde a las cargas que recibe. Pero esa etapa también tiene una paradoja: lo que ayuda a construir la reserva ósea puede convertirse en un problema cuando se lleva al exceso. Rojas advierte sobre la especialización deportiva demasiado temprana, cuando niños y adolescentes entrenan durante todo el año un solo deporte y con volúmenes propios de adultos. Es entonces cuando empiezan a aparecer lesiones por sobreuso y otras que pueden dejar consecuencias para las décadas siguientes.
En consulta, el doctor Rojas dice que cada vez más encuentra niños y adolescentes con lesiones que antes eran mucho menos frecuentes a esas edades. Por ejemplo, niños de 14 o 15 años con bursitis en el hombro o apofisitis, una inflamación de las zonas de crecimiento, asociadas al sobreuso.
También son cada vez más frecuentes las lesiones del ligamento cruzado anterior en adolescentes de apenas 13 o 14 años. El problema, por supuesto, no es que un niño haga deporte. El problema, precisa el jefe de Ortopedia y Traumatología de la FSFB, aparece cuando la actividad deja de ser una forma saludable de desarrollar el cuerpo y se convierte en una carga para un sistema aún en crecimiento.
Por eso, Rojas insiste en una idea que puede parecer obvia, pero que no siempre se cumple: los niños y adolescentes necesitan descansar. La variedad deportiva y los períodos de recuperación son parte de una práctica saludable, especialmente cuando se busca formar un cuerpo que pueda seguir moviéndose durante décadas.
La advertencia alcanza a los gimnasios, en donde cada vez se ven más jóvenes que no superan los 16 años levantando pesas. El entrenamiento de fuerza no tiene por qué ser incompatible con la adolescencia, dice el médico, pero hacerlo sin supervisión o asumir cargas propias de adultos cambia la ecuación.
Todo esto importa porque una lesión durante estos años puede cambiar el futuro de una articulación. Rojas lo resume así: “Si tú te rompes el ligamento a los 15 años, el futuro de esa articulación no es igual”. Es especialmente relevante en el caso de los ligamentos: una lesión grave puede hacer que esa articulación, por poner un ejemplo, entre antes en un proceso de desgaste que, de otro modo, podría aparecer muchos años después.
Durante estos años, además, la alimentación también es clave para esa acumulación de masa ósea y muscular. Una dieta balanceada debe aportar los nutrientes que el cuerpo necesita para construir ambos tejidos. Rojas señala especialmente el papel del calcio y la vitamina D en la formación del hueso, y de las proteínas en el desarrollo muscular.
El calcio puede obtenerse a través de alimentos como los lácteos —leche, yogur o queso—, mientras que las proteínas están presentes en diversos alimentos como los huevos, las carnes, el pescado,las legumbres y otros alimentos ricos en este nutriente. La vitamina D, por su parte, cumple un papel en el metabolismo del calcio y su activación en el organismo.
En el caso de esta última, sin embargo, Rojas llama la atención sobre una situación que puede parecer paradójica: aunque Colombia está en el trópico, en Bogotá son frecuentes los niveles bajos de esta vitamina. Una de las razones podría ser, explica, que buena parte de la población pasa gran parte del día bajo techo y con poca exposición al sol.
Así, hacia el final de la adolescencia y el comienzo de la adultez, el cuerpo llega a uno de sus momentos más importantes de acumulación. La gráfica que acompaña esta nota ubica alrededor de los 18 años el pico de acumulación ósea y señala los 30 como el momento en que se cierra ese depósito. Después, la tarea cambia: ya no se trata principalmente de acumular, sino de conservar y administrar esa reserva durante las décadas siguientes.
En la adultez hay que administrar
El cuerpo, sin embargo, no permanece indefinidamente en esa etapa de construcción. Hacia la adultez temprana se alcanza el máximo de buena parte de la reserva ósea y muscular y empieza una fase distinta: mantener lo que se construyó. El doctor Rojas ubica, de manera general, entre los 20 y los 60 o 65 años esa etapa en la que el sistema osteomuscular ya no está dedicado principalmente a construirse, sino a responder a las cargas de la vida cotidiana.
Se trata de una etapa paradójica. Muchas personas todavía se sienten jóvenes (y lo son, en realidad), pero empiezan a aparecer procesos degenerativos que son parte del uso y del envejecimiento de los tejidos.
“No es que una persona a los 30 años no sea joven, pero si se mira con atención, son 30 años en los que una articulación ha estado trabajando”, dice el médico de la Fundación Santa Fe de Bogotá. Que aparezcan esos cambios no significa necesariamente que exista una enfermedad. Una articulación puede acumular millones de movimientos a lo largo de los años y experimentar transformaciones propias del uso.
El problema es que algunos factores pueden acelerar ese proceso de desgaste. Una lesión ocurrida en la adolescencia, el sedentarismo mantenido durante años, el sobrepeso o incluso una predisposición genética pueden hacer que determinados cambios aparezcan antes o sean más severos, explica Rojas.
El cuerpo tampoco responde de la misma manera a todo tipo de entrenamiento. El músculo puede aumentar de tamaño cuando se ejercita a cualquier edad, pero no ocurre lo mismo con el cartílago, los tendones o los ligamentos. El cartílago, por ejemplo, no se regenera como lo hace el músculo, y los tendones y ligamentos no se hipertrofian de la misma manera. El hueso sigue siendo un tejido vivo que responde a las cargas y puede mantenerse resiliente.
Por todo esto, en la adultez, hacer ejercicio tiene un propósito diferente al de la adolescencia. Ya no se trata solo de construir, sino de conservar. Mantener fuerza y capacidad aeróbica, seguir moviéndose y evitar que el cuerpo pase largos periodos sin recibir carga son parte de esa administración. Rojas no habla de convertir la actividad física en una competencia permanente, sino de encontrar un equilibrio: ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza y movimiento regular, sin llevar el cuerpo al extremo. Y ahí aparece uno de los enemigos menos llamativos, pero frecuentes de esta etapa: el sedentarismo.
Pasar buena parte del día sentado y reducir progresivamente la actividad física tiene consecuencias sobre un sistema que, precisamente, necesita movimiento para mantenerse.
Ahora bien, también está el extremo contrario: quienes intentan concentrar en dos días toda la actividad física que no hicieron durante la semana. En inglés, recuerda el médico, hay un término para nombrar esto: Weekend Warrior, o “guerrero de fin de semana”.
Es, por ejemplo, el hombre que pasa de lunes a viernes sentado frente al computador, sale poco, casi no camina y no hace ejercicio, pero llega el sábado o el domingo, se pone la camiseta, se reúne con los amigos y se juega el partido de fútbol de su vida, trota una media maratón o monta bicicleta durante varias horas, muchas veces a una intensidad para la que su cuerpo no está preparado.
Ir a jugar un partido de fútbol los domingos no está mal, por supuesto. Pero si se llega a ese partido después de cinco o seis días de inactividad, los músculos, los tendones y las articulaciones reciben de golpe una carga a la que no están acostumbrados, y con ella aumenta el riesgo de una lesión.
Para el doctor Rojas, la actividad física funciona mejor cuando hace parte de la rutina y no cuando se intenta compensar el sedentarismo de toda la semana en unas pocas horas del fin de semana. En todo caso, dice el doctor, la adultez no debería entenderse como el momento en que empieza el deterioro, sino como la última gran oportunidad para cuidar la reserva funcional antes de que la pérdida de fuerza, movilidad o equilibrio empiece a tener consecuencias más difíciles de revertir.
El punto de quiebre
Llega un momento en que la pregunta deja de ser cuánto ejercicio puede hacer una persona y empieza a ser algo mucho más sencillo: si todavía puede hacer por sí misma las cosas de todos los días. Levantarse de una silla, caminar hasta la tienda, salir de la casa, subir unas escaleras o cargar a un nieto. Es justo ahí cuando la salud osteomuscular deja de ser una cuestión de dolor o movimiento y empieza a tocar directamente la independencia.
En el adulto mayor suelen coincidir tres procesos. La osteoporosis hace que los huesos sean más frágiles; la sarcopenia implica pérdida de masa y fuerza musculares; y la artrosis va deteriorando el cartílago y puede limitar el movimiento. No aparecen al mismo tiempo ni con la misma intensidad, pero cuando se acumulan pueden hacer que el cuerpo tenga cada vez menos margen para responder ante algo tan cotidiano como una caída.
Cuándo comienzan a aparecer estas condiciones y con qué intensidad depende, en parte, justamente, de cómo ha sido nuestra vida. Si durante la adolescencia y la adultez temprana se construyó una buena reserva de hueso y músculo, y durante las décadas siguientes se mantuvieron la actividad física y la fuerza, se llega a la vejez con un buen margen. Si, por el contrario, hubo sedentarismo, sobrepeso o pérdida de masa muscular, ese margen es menor.
Todo esto tiene sentido en una idea más o menos sencilla. Una caída desde la propia altura no significa lo mismo a los 20 que a los 75 años. En una persona joven, probablemente termine en un golpe y poco más. En una persona mayor con huesos frágiles, menos fuerza y peor equilibrio, puede terminar en una fractura. Y nuevamente, una fractura cuando se es adolescente puede ser parte de una lesión que el cuerpo todavía tiene capacidad de superar; a los 75 años, una fractura por fragilidad puede tener implicaciones mucho mayores y convertirse en el comienzo de una pérdida de movilidad y autonomía.
A los médicos les preocupa especialmente eso que llaman una “fractura por fragilidad”. Les preocupa porque ocurre cuando un hueso debilitado por la pérdida de masa ósea se rompe ante un golpe o una caída que, en condiciones normales, no debería provocar una fractura de esa gravedad. Es una señal de que el hueso ha perdido resistencia y, por eso, puede ser un punto de quiebre para la salud de una persona mayor.
«La primera fractura por fragilidad es la alarma más desaprovechada del sistema de salud. En la mayoría de los casos nadie estudia por qué ocurrió, y el paciente vuelve con la segunda”, dice el médico.
Y entre las fracturas por fragilidad, la de cadera es especialmente delicada. Rojas recuerda que esta fractura puede desencadenar una cadena de problemas: la persona deja de moverse, pierde fuerza, aumenta el riesgo de complicaciones y puede pasar de vivir de manera independiente a necesitar ayuda para hacer actividades que antes realizaba sola.

Por todo eso, el riesgo de morir durante el año siguiente a una fractura de cadera es considerablemente mayor.
En Colombia, dice Rojas, la literatura médica señala que hasta el 32 % de los pacientes con una fractura de cadera muere durante el año siguiente, es decir, aproximadamente uno de cada tres. El dato está en línea con lo que se ha observado internacionalmente: distintos estudios sitúan la mortalidad durante el primer año después de una fractura de cadera, dependiendo de la población, generalmente entre el 18 % y el 31 %. Una vez que ocurre la fractura, ya no basta con esperar a que el hueso sane. Hay decisiones que pueden cambiar el pronóstico y que deben tomarse rápido.
Un abordaje integral
Si hay algo que el doctor Rojas tiene claro, es que una fractura, cualquiera que sea, pero especialmente una fractura de cadera, convierte al paciente en mucho más que una persona con un hueso roto. Es, por lo general, un adulto mayor que puede tener otras enfermedades, tomar varios medicamentos, haber perdido fuerza o tener problemas de equilibrio. Por eso, su atención requiere algo más que una cirugía: necesita que diferentes profesionales trabajen y que las decisiones se tomen en el momento adecuado.
Ese es el principio de la ortogeriatría, un modelo de atención que combina el manejo de la fractura con la valoración de las demás condiciones que pueden afectar la recuperación.
En la Fundación Santa Fe de Bogotá, explica Rojas, existe un programa de este tipo, con un flujo de atención protocolizado desde que el paciente llega al hospital. “En estas fracturas de cadera y en estos pacientes el tiempo es oro”, dice.
La meta del programa es llevar al paciente a cirugía durante las primeras 36 horas, una ventana que puede modificar el riesgo de complicaciones y el pronóstico. El paciente es valorado y optimizado para que llegue a cirugía sin perder horas que pueden ser determinantes. Pero llegar y salir no es el final.
Después viene la recuperación, y allí vuelve a aparecer la pregunta que atraviesa toda la atención osteomuscular: ¿qué significa que un tratamiento haya salido bien? Para Rojas, no necesariamente significa que la radiografía después de la cirugía se vea perfecta.
“Lo más importante es el resultado funcional”, dice. Es decir, que el paciente pueda recuperar aquello que quería volver a hacer. Y en este punto importa que la atención sea personalizada. Una persona puede querer volver a caminar 100 metros sin dolor y subir las escaleras de su casa. Otra puede querer volver a jugar tres horas de tenis a la semana. Las dos pueden tener radiografías similares, pero necesidades completamente distintas.
«Nosotros no medimos si la cirugía salió bien. Medimos si el paciente volvió a su vida. Son preguntas distintas y solo la segunda le importa a quien se operó», resume el doctor Rojas.
Medir los resultados de esa manera (que el paciente logre recuperar su funcionalidad, cumpliendo sus expectativas, y no solo que la cirugía haya salido bien) permite saber qué tan bien está funcionando un programa de atención. En la Fundación Santa Fe de Bogotá, el Departamento de Ortopedia y Traumatología hace seguimiento a indicadores como infecciones, reingresos, reintervenciones, discapacidad funcional y calidad de vida, y compara sus resultados con los de hospitales de referencia internacional.
En el caso de las fracturas de cadera, Rojas asegura que este modelo de atención ha permitido reducir la mortalidad de los pacientes. Según sus datos, la mortalidad al año en el programa de la FSFB se ubica entre 13 % y 16 %, frente al 32 % registrado en la literatura médica nacional.
Precisamente por ese enfoque integral, el trabajo de la institución ha recibido distintos reconocimientos. Su programa de ortogeriatría, que articula la atención de estos pacientes desde su llegada al hospital hasta la recuperación, cuenta con acreditación de la Joint Comission International (JCI).
Además, en 2026 la Fundación Santa Fe de Bogotá fue ubicada como la primera institución de América Latina en cirugía y reemplazo de hombro y rodilla y la segunda en cirugía y reemplazo de cadera, de acuerdo con Newsweek/Statista. «Ser el primer hospital de América Latina en cirugía de hombro y de rodilla no es una meta: es la consecuencia de medir lo que hacemos y compararnos con quien lo hace mejor», dice Rojas.
La FSFB también ocupó el segundo lugar entre los hospitales de Colombia en World’s Best Hospitals 2026, un listado que tiene en cuenta recomendaciones de profesionales de la salud, experiencia de los pacientes, indicadores de calidad y resultados, entre otros criterios.
Este cambio de mirada también aplica a problemas quizá menos dramáticos, pero mucho más frecuentes, como la artrosis. No toda articulación desgastada necesita terminar en un quirófano. La decisión depende de cuánto afecta el problema la vida de la persona, qué espera recuperar y qué alternativas existen. “Decidir bien antes que operar mucho”, resume Rojas. Para algunos pacientes, el fortalecimiento muscular, el ejercicio terapéutico, el control del peso o el manejo del dolor pueden ser suficientes. Para otros, después de una evaluación individualizada, un reemplazo articular puede ser la mejor alternativa.
Cualquier decisión depende, entonces, de una evaluación individualizada. Y esa es la lógica que atraviesa toda la atención osteomuscular en la Fundación Santa Fe de Bogotá. Cualquiera que sea, una lesión deportiva, un dolor de espalda, una fractura o una enfermedad degenerativa, ninguna, dice el doctor Rojas, se puede tratar mirando solo una radiografía o el nombre de un diagnóstico. Importa quién es el paciente, cómo es su vida, qué actividades quiere seguir haciendo y qué limitaciones está dispuesto o no a aceptar.
En un país que envejece, el problema será cada vez menos cómo tratar una articulación y más cómo responder a una población que vivirá durante más años con cuerpos que necesitan seguir funcionando. Colombia tendrá más adultos mayores y, al mismo tiempo, menos personas disponibles para cuidarlos. “Cada vez vamos a tener menos personas que puedan cuidar a los pacientes mayores”, advierte Rojas.
El desafío, más que agregar años a la vida, será conseguir que esos años no se conviertan en años de dependencia.
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Elvis(21348)•12 de septiembre de 2026 – 15:27Excelente artículo. Muchas gracias!