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Hay preguntas de salud que suelen aparecer en voz baja, aunque tengan una explicación científica. Una de ellas es: ¿si perder peso puede hacer que el pene se vea más grande? La respuesta corta es: “En algunos hombres sí puede aumentar la longitud visible, pero no porque el órgano crezca”.
La explicación está en la grasa que lo rodea y, sobre todo en la que se acumula en la región suprapúbica. Aquí tenemos uno de los alicientes importantes para que los hombres pierdan peso. En medicina existe incluso el concepto de pene enterrado o adquirido, una condición en la que un órgano de tamaño normal queda parcialmente oculto por tejidos circundantes, con frecuencia en el contexto de obesidad.
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Para entenderlo conviene mirar la zona que está justo por encima del pubis. Allí existe tejido adiposo subcutáneo que, cuando aumenta de manera considerable puede formar una especie de almohadilla alrededor de la base del pene. La estructura anatómica no desaparece ni se hace más pequeña, pero una parte puede quedar escondida. La analogía es sencilla, pensemos en una casa con parte de su fachada cubierta por nieve, cuando la nieve disminuye, aparece una mayor superficie, pero nadie diría que la casa creció. Algo parecido ocurre aquí. Al disminuir el tejido adiposo suprapúbico, aumenta la porción visible, no necesariamente el tamaño anatómico.
Esta diferencia es fundamental porque buena parte de la publicidad que circula en internet mezcla ambos conceptos. Perder grasa no alarga los cuerpos cavernosos, no modifica la estructura interna responsable de la erección y tampoco produce un crecimiento comparable al que ocurre durante la pubertad. Lo que puede cambiar es la cantidad de tejido que cubre la base y, por tanto, la longitud que puede observarse externamente.
Estimaciones de expertos indican que por cada 14 Kg de peso perdido el pene puede ganar entre 1,2 y 2,5 cm de longitud visible.
Un trabajo publicado en 2021 en Translational Andrology and Urology analizó precisamente esta relación en hombres sometidos a cirugía bariátrica. Brian Dick y colaboradores estudiaron a pacientes que habían pasado por este procedimiento y evaluaron cambios en la función urinaria, anatómica y sexual. Entre los hallazgos, la capacidad de exponer el órgano para orinar o tener relaciones sexuales mejoró después de la pérdida de peso. En quienes no tenían inicialmente un pene enterrado, la proporción que podía visualizarlo pasó de 40 % antes de la cirugía a 91 % después. El estudio muestra algo clínicamente relevante: una reducción importante del peso puede modificar la exposición de una estructura que estaba parcialmente cubierta.
Y aquí aparece una segunda historia, más importante para la salud. La obesidad no solamente cambia la distribución de la grasa. También puede afectar la función vascular, aumentar la inflamación y asociarse con alteraciones metabólicas que terminan repercutiendo sobre la función sexual. Una erección adecuada depende, entre otros factores, de que los vasos sanguíneos puedan dilatarse y permitir un flujo sanguíneo suficiente.
En 2004, Katherine Esposito y colaboradores publicaron en JAMA un ensayo clínico aleatorizado que incluyó 110 hombres con obesidad y disfunción eréctil. A un grupo se le indicó una intervención para conseguir una pérdida de al menos 10 % del peso corporal, acompañada de mayor actividad física; el otro recibió información general sobre alimentación saludable y ejercicio. Después de dos años, el grupo intervenido redujo más su índice de masa corporal y presentó una mejoría significativa en la puntuación de función eréctil. Los autores encontraron, además, que los cambios en el índice de masa corporal, la actividad física y la proteína C reactiva se asociaron independientemente con la mejoría de la función sexual.
El resultado es interesante porque cambia la conversación. Cuando hablamos de perder peso en un hombre con obesidad, el beneficio no debería medirse únicamente en kilos o centímetros de cintura. También puede haber cambios en la función vascular y sexual. Es como revisar un automóvil: no basta con mirar si la carrocería se ve diferente; importa saber si el motor está funcionando mejor.
Por supuesto, no todos los hombres que pierden peso tendrán el mismo resultado. La distribución de la grasa es individual y también lo son la elasticidad de la piel, la cantidad de tejido suprapúbico y las características anatómicas de cada persona.
En casos de obesidad severa, incluso después de una pérdida considerable de peso, puede persistir un exceso de piel o tejido que mantenga la zona parcialmente cubierta. Algunos pacientes requieren valoración urológica y, en situaciones seleccionadas, cirugía reconstructiva.
Por eso conviene desconfiar de las promesas que ofrecen cremas, dispositivos o suplementos capaces de producir aumentos rápidos y permanentes. La fisiología es mucho menos espectacular, pero bastante más interesante. Adelgazar no convierte un órgano normal en uno más grande; puede hacer visible una porción que antes permanecía cubierta y, al mismo tiempo, favorecer condiciones metabólicas y vasculares relacionadas con una mejor función sexual.
Al final, la pregunta sobre si perder peso puede hacer que el pene parezca más grande tiene una respuesta que habla mucho más de obesidad que de sexualidad. El cuerpo cambia cuando cambia su composición. Algunas modificaciones se ven en la báscula, otras en la ropa y otras aparecen donde menos las esperamos. No es magia, ni un truco de internet. Es anatomía, distribución de grasa y fisiología vascular trabajando al mismo tiempo.
Y quizá esa sea la mejor razón para perder peso: no buscar que una parte del cuerpo parezca más grande, sino conseguir que el organismo completo funcione mejor.
* Nutricionista Clínico Pediátrico.
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