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“2026 es el nuevo 2016″: ¿por qué internet está reviviendo la nostalgia de una década atrás?

La primera tendencia digital de este año es extrañar 2016: filtros, canciones y viejos retos resurgen mientras cambia nuestra relación con la tecnología.

Kevin Stiven Ramírez Quintero

17 de enero de 2026 - 10:00 a. m.
“Selfies” con filtros, artistas pop y juegos virales definieron la internet en 2016.
Foto: El Espectador
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No es un “déjà vu”. Tampoco un error del algoritmo. Está pasando otra vez. En las primeras semanas de 2026 comenzó a repetirse una misma tendencia en los “feeds” y las historias: filtros coloridos, el perrito de Snapchat, retos que creíamos enterrados —el “Mannequin Challenge”, el “Ugly to Pretty” o voltear una botella frente a la cámara—. Volvieron “Pokémon Go”, el “Fidget Spinner” girando y el “Dab” hasta el cansancio. Por un momento volvió la sensación de estar en internet en 2016.

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También regresaron las “playlists” lideradas por Justin Bieber, Drake, Shakira, Rihanna, The Chainsmokers, Major Lazer y Coldplay. Ese sonido entre electrónica y dancehall que dominó ránquines, fiestas y miles de reproducciones en Youtube.

Para Bad Bunny, además, ese verano fue el último “normal” antes de convertirse en el artista más escuchado del mundo. Todo reaparece hoy como una cápsula emocional: no solo lo que veíamos, sino cómo nos sentíamos al verlo.

Esto no es casualidad. La BBC reportó que TikTok registró un aumento del 452 % en las búsquedas del término “2016” en la primera semana de enero y que más de 55 millones de videos ya han utilizado filtros asociados a ese año.

En Spotify ocurrió algo similar: las listas de reproducción etiquetadas como “2016” crecieron un 790 % desde el 1 de enero.

El regreso de ese internet que recordamos como más común y menos agotador es una ola real. Pero el fenómeno no se explica solo con números. Basta leer lo que se repite en los comentarios: “Fue el último año que se sintió real”.

No estamos mirando 10 años atrás porque sí, sino intentando entender qué nos pasó en la última década y cómo evolucionó nuestra relación con la tecnología.

Filtros sin tanto filtro

En 2016 la tecnología ya era central, pero todavía no lo ocupaba todo. En Colombia usábamos el celular para conectarnos, no para permanecer. Chateábamos por Facebook Messenger y Whatsapp, subíamos fotos sin pensarlas demasiado a Instagram. Las plataformas aún no estaban dominadas por la lógica de optimizar cada publicación. Había filtros —muchos—, pero no funcionaban como máscara ni como expectativa de vida.

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Snapchat resumía bien ese espíritu: historias que desaparecían, rachas, el lema de “vive el momento”. La viralidad era relativamente compartida: casi todos veíamos lo mismo, casi al mismo tiempo. TikTok no existía; estaba Musical.ly, con bailes y lipsyncs sin la presión de convertir cada gesto en contenido viral.

Consumíamos cultura a otro ritmo. Videos largos en Youtube, en formato horizontal. “Youtubers” seguidos como amigos lejanos. Wattpad. Música descargada desde Youtube. La internet todavía tenía rincones inútiles, espacios para perder el tiempo sin que nadie midiera cuánto durábamos ahí ni qué hacíamos después.

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Publicar era impulsivo. Fotos borrosas, “captions” sin corregir, errores visibles. La validación existía, pero no era el centro. Los memes aparecían y desaparecían rápido. Nadie hablaba de “contenido”, “cringe”, “love bombing”, “ghosteo” o “aesthetic”.

Los dispositivos también marcaban la diferencia. El celular era importante, pero no absoluto. El iPhone 7 y el Samsung Galaxy S7 eran referentes con cámaras de 12 MP, pantallas más pequeñas y botones físicos. El hogar no era un ecosistema digital: había un televisor y un computador. No mucho más.

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De conectar a rendir

Diez años después el paisaje es otro. Hoy el celular es billetera, cámara, oficina, consola y red social. Las plataformas operan bajo algoritmos predictivos y ya no compartimos un mismo “feed”: cada quien habita su propia burbuja.

Publicar dejó de ser espontáneo. Pensamos qué decir, cómo vernos, a quién hablarle. Likes, métricas y rendimiento se integraron a la vida diaria. Incluso el humor cambió: los memes siguen ahí, pero circulan en nichos más pequeños, menos compartidos. Ya no son un lenguaje común, sino códigos.

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También cambió la naturaleza del contenido. En 2016 predominaban la torpeza y la imperfección. Hoy la inteligencia artificial produce textos, imágenes y videos a escala industrial. El resultado es abundancia: mucho contenido correcto, bien hecho, pero cada vez más difícil de distinguir. Por eso lo imperfecto vuelve a valorarse como prueba de presencia humana.

El “streaming” siguió el mismo camino. Antes, ver una serie era una conversación común. Hoy todo se fragmentó y se personalizó. Cuando todo está hecho “para mí”, empieza a sentirse menos compartible. Aparece la fatiga.

La fatiga de la personalización

Si esta nostalgia pega, es porque llega en un momento de cansancio real. Hoy, según DataReportal, más de 6.000 millones de personas usan internet, lo que equivale al 73,2 % de la población mundial. Existen más de 5.660 millones de identidades activas en redes sociales, lo que equivale al 68,7 % de la población mundial.

En términos prácticos, esto significa que más de dos de cada tres personas en el planeta usan redes sociales todos los meses. Ya no se trata de una minoría conectada, sino de una supermayoría. De hecho, más de la mitad de los usuarios actuales comenzó a usar redes sociales en los últimos diez años. En 2016, las identidades de usuarios rondaban los 2.700 millones. Desde entonces, el crecimiento fue explosivo.

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Ese cambio global también se refleja en Colombia. En 2016, según el balance del Ministerio TIC, el país registraba 15 millones de suscripciones a internet entre conexiones fijas y móviles. Conectarse era cada vez más común, pero todavía no era permanente.

Diez años después, la cifra casi se cuadruplicó. Hoy existen 59,14 millones de accesos a internet —10,10 millones fijos y 49,04 millones móviles—. Además, el 65,6 % de los hogares tiene conexión y casi ocho de cada diez personas usan Internet todos los días, desde cualquier lugar.

Por eso miramos a 2016 no porque haya sido un año mejor, sino porque existía una menor mediación algorítmica y una sensación de cultura común. Fue un antes de, un momento en el que todavía creíamos que el mundo digital no iba a cobrarnos factura emocional.

¿Y qué viene ahora?

Todo indica que no abandonaremos la tecnología, sino que la profundizaremos; en el metaverso, quizá. La inteligencia artificial dejará de sentirse como novedad y se integrará al ecosistema cotidiano.

En paralelo, crece la búsqueda deliberada de experiencias menos mediadas: vinilo, libros físicos, escritura a mano, desconexión por decisión... 2016 no vuelve como recuerdo. Vuelve como un deseo de que algo se sienta otra vez un poco más real.

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Por Kevin Stiven Ramírez Quintero

Periodista y Podcaster. Adora la crónica, la cultura y hacer periodismo en la calle. Ganador del premio Simón Bolívar en 2021.@kevins_ramirezkramirez@elespectador.com

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