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¿Un FPS más alto te da ventaja en los videojuegos?

Lo que parece un simple dato técnico se ha convertido en un criterio clave para jugar, elegir equipo y comparar rendimiento.

Redacción Tecnología

05 de abril de 2026 - 08:00 p. m.
Los FPS influyen en la fluidez visual, pero también en la respuesta del juego.
Foto: Pexels
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Las tasas de fotogramas más altas se han convertido en un tema frecuente de debate en foros de hardware y en comparativos de tarjetas gráficas. Se habla de 144 Hz, 240 Hz e incluso 360 Hz como si esa cifra marcara la frontera entre un jugador casual y uno competitivo.

Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿de verdad se nota la diferencia o hay algo de marketing en esa carrera por números cada vez más altos?

¿Qué son los FPS?

FPS significa fotogramas por segundo y se refiere a la cantidad de imágenes que el sistema procesa cada segundo mientras corre un videojuego. Si un juego funciona a 60 FPS, quiere decir que la computadora genera 60 fotogramas por segundo. Si sube a 120 FPS, esa cifra se duplica y las actualizaciones visuales ocurren con mayor frecuencia.

También es clave no confundir los FPS con la frecuencia de actualización. Los FPS indican la velocidad a la que el equipo produce los fotogramas, mientras que la frecuencia de actualización, medida en hercios (Hz), señala cuántas veces por segundo el monitor puede mostrarlos.

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Para aprovechar realmente una tasa de FPS más alta, la pantalla debe tener la capacidad de reflejar esos fotogramas adicionales.

Una forma simple de entenderlo es imaginar un juego como un libro de dibujos animados. Si se pasan las páginas rápido, la imagen parece moverse. Los FPS serían la velocidad a la que la computadora dibuja esas páginas, mientras que la frecuencia de actualización sería la velocidad a la que el monitor las muestra.

Ahora bien, lograr más FPS no depende de un solo factor. Es el resultado de una combinación entre la capacidad del hardware, la configuración del software y el estado general del sistema.

Jugar frente al televisor con amigos sigue siendo una de las experiencias preferidas por muchos jugadores.
Foto: Pexels

El hardware sigue siendo el factor más importante. La tarjeta gráfica es la que más influye en los FPS. Después está el procesador, que en los videojuegos también suele trabajar con mucha exigencia. A eso se suma que una RAM insuficiente o un almacenamiento lento pueden generar tirones o una entrega irregular de fotogramas, incluso cuando el promedio de FPS parece alto.

Una forma simple de entenderlo es imaginar que el PC funciona como una cocina. La tarjeta gráfica, o GPU, sería el chef principal que prepara cada plato: si trabaja lento, nada sale a tiempo. El procesador, o CPU, sería el ayudante que organiza los pedidos: si se satura, el chef no sabe qué debe preparar. La RAM y el almacenamiento serían la mesa de trabajo: si son limitados o lentos, aparecen pausas, tropiezos y se pierde fluidez.

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Las tecnologías modernas de escalado también cumplen un papel importante. DLSS, o Supermuestreo de Aprendizaje Profundo, y FSR, o Superresolución de FidelityFX, pueden aumentar los FPS al renderizar los juegos a una resolución interna más baja y luego escalar la imagen. Eso reduce la carga sobre la GPU y puede mejorar de forma significativa el rendimiento, con un impacto visual mínimo.

Por último, la pantalla define cuánto de ese rendimiento adicional puede aprovecharse en realidad. Un monitor de 60 Hz no puede mostrar más de 60 fotogramas por segundo, mientras que uno con una frecuencia de actualización más alta sí puede sacar provecho de tasas de fotogramas superiores.

Vemos entre 30 y 60 FPS, pero no como una cámara de cine

La idea de que el ojo humano solo puede ver entre 30 y 60 FPS es un mito persistente que simplifica excesivamente el funcionamiento real de la visión humana. No funciona como una cámara de cine, sino que procesa el movimiento, los cambios y la sincronización de forma continua.

Ahora, podemos percibir mejoras a partir de 60 FPS. Un FPS más alto mejora la claridad del movimiento y la capacidad de respuesta de los jugadores, por lo que muchos de ellos pueden notar la diferencia entre 60, 120 e incluso velocidades más altas.

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A medida que aumentan los FPS, el movimiento se vuelve más nítido, se reduce el desenfoque y los objetos que se mueven rápidamente son más fáciles de seguir. Estas mejoras continúan mucho más allá de los 60 FPS, especialmente en contenido interactivo como los videojuegos.

Otro factor clave es la latencia. Es el tiempo que pasa desde que haces clic en el ratón o el control hasta que ves el disparo en pantalla. La ventaja no radica solo en lo que se ve, sino en la rapidez con la que el juego responde a lo que haces. A más FPS, el juego responde de forma más instantánea a tus manos.

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¿Cómo impactan los FPS más altos en la jugabilidad?

“Un FPS más alto afecta la jugabilidad más allá de la fluidez visual. Los beneficios se relacionan principalmente con la capacidad de respuesta, la claridad y la consistencia, más que con la calidad gráfica”, afirma Igal Daniels, Business Manager de Acer para Colombia y México.

Estos son algunos de los efectos que, según explica Daniels, pueden sentirse en la experiencia de juego:

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  • Menor latencia de entrada, porque se reduce el tiempo entre fotogramas y, por ende, las entradas se reflejan en pantalla más rápido. Esto conviene en juegos de ritmo rápido.
  • Movimientos más nítidos durante acciones rápidas, lo que mejora el seguimiento del objetivo en los juegos de disparos y reduce el desenfoque visual.
  • La reproducción de fotogramas más consistente, que ayuda a que las acciones se sientan predecibles, y esto conviene a una jugabilidad basada en el tiempo y la memoria muscular.
  • Mejor capacidad de respuesta en el juego competitivo, al eliminar los retrasos técnicos entre la entrada y la respuesta en pantalla.
  • Menor tensión visual durante sesiones largas, ya que el movimiento se ve más fluido y menos tembloroso.

¿En qué momento los FPS más altos dejan de notarse?

Llegado a cierto punto, las ganancias de los FPS más altos se reducen y la mayoría de los jugadores ya no notarán una mejora significativa. ¿Qué significa esto? Que el salto de 30 FPS a 60 FPS es drástico, pues el movimiento se vuelve más fluido, el retardo de entrada se reduce y los juegos se sienten mucho más ágiles.

El salto de 60 FPS a 120 FPS sigue siendo muy notable, con un movimiento más claro y una respuesta más rápida a las entradas.

Más allá de eso, de 120 FPS a 240 FPS, las ganancias comienzan a disminuir.

Para la mayoría de los gamers, el punto óptimo es una velocidad de fotogramas estable que coincida con la frecuencia de actualización de su monitor, normalmente 60 Hz, 120 Hz o 144 Hz.

“Un FPS más alto no se trata solo de la parte visual. Se trata de reducir el retraso entre tus acciones y lo que sucede en pantalla, mejorar la claridad del movimiento y mantener un rendimiento constante. Para lograr esto necesitas hardware que pueda mantener altas velocidades de fotogramas sin ralentizaciones ni tiempos de fotogramas inestables”, señala Daniels.

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En conclusión

Un FPS más alto ofrece una ventaja real en los videojuegos, pero la magnitud de esa ventaja depende de cómo y a qué juegues. Pasar de velocidades de fotogramas bajas, como 30 FPS, a 60 o 120 FPS ofrece mejoras claras en la fluidez, la capacidad de respuesta y la latencia de entrada.

Para muchos jugadores, 60 FPS son suficientes y ofrecen una jugabilidad. Los gamers competitivos suelen beneficiarse de un FPS más alto, usando monitores con alta frecuencia de actualización.

Entonces, unos FPS altos son importantes en los videojuegos, y combinarlos con un hardware potente es lo que convierte a estos valores en una seria ventaja en la experiencia de juego.

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