10 Oct 2009 - 12:54 a. m.

Buscando a la verdadera Bali

Más allá de las extensas playas, los complejos hoteleros y los spa de lujo, esta isla indonesia esconde un gran número de templos que se confunden con la naturaleza.

El Espectador

Justo después de haber atravesado medio mundo, de lidiar con el cambio de horario y de tener un primer impacto cultural con el flujo de vehículos (al igual que en Inglaterra, se avanza por la izquierda), Bali lo recibe con una imagen que deja sin aliento. Es una enorme escultura de casi 12 metros de alto, totalmente blanca y llena de detalles. Está justo a unos cuantos metros del Aeropuerto Internacional Ngurah Rai, en Denpasar (la capital balinesa), en el medio de una rotonda.

Y, como todo en esta isla, está llena de mitología. Representa a Bhima (algunos lo escriben Beema o Dewa Ruci), uno de los cinco hermanos Pandavas retratados en el Mahábharata, el relato épico en sánscrito considerado uno de los mitos fundacionales de India. Toda la estructura está provista de detalles: las olas del mar, las escamas del dragón, el traje del guerrero. Son un indicativo de la fidelidad y dedicación con que los artesanos de Bali trabajan sus obras, sea cuál sea, sin importar el material, la técnica utilizada o el precio final.

Porque, en esencia, el arte y la religión son los signos que diferencian a Bali no sólo de las demás islas de Indonesia, sumidas en los vaivenes de la rutina capitalista, sino de la misma civilización occidental. Un claro ejemplo se encuentra en la arquitectura: edificios al estilo hindú que, por ley, no pueden sobrepasar los 15 metros de altura. Según la disposición, ninguna estructura puede ser más alta que los templos hindúes porque, de hacerlo, aumentaría la brecha entre ricos y pobres.

Pero todo este mundo guiado por la espiritualidad hindú no alcanza a comprenderse tan pronto se llega. Más allá de la confusión idiomática (el indonesio, o bahasa indonesia, es un dialecto del malayo que emplea caracteres latinos), es el cansancio físico el que no permite comprender la entrada a una nueva realidad. Las 27 horas de viaje, sin contar el tiempo entre una conexión aérea y otra, sumadas a un clima promedio de 30°C, hacen que lo único anhelado por el viajero sea una prolongada siesta.

Destino occidental

Según la Oficina de Turismo de Bali, cerca de 2 millones de turistas aterrizaron en Denpasar durante 2008, cifra que significó un aumento del 18,26% respecto a los visitantes en 2007. Las autoridades tienen muy claro que, al momento de registrar su entrada, la mayoría de los viajeros mostraron pasaportes expedidos en Japón, Australia y Corea del Sur. “Como un destino turístico de reconocimiento mundial que posee el título de la isla más bella del mundo, Bali captura los corazones extranjeros en cada esquina con su encanto y comodidad”, sostiene Gde Nurjaya, director de Turismo del gobierno local, cuya dependencia selló 391 pasaportes colombianos el año pasado.

Un gran número de esos turistas se hospeda en la zona de Kuta, en donde es posible encontrar hoteles y spa de múltiples precios: desde el Hard Rock Beach Hotel, de cuatro estrellas con cuartos parecidos a un apartamento y una porción privada de arena y mar, hasta centros que ofrecen masajes por menos de US$20. Además, por las calles de este populoso sector pueden encontrarse restaurantes especializados en comida de mar, hindú, indonesia (con especias que ponen a prueba cualquier paladar) y la siempre práctica comida rápida.

Pero los pequeños visos de espiritualidad observados en esa primera mirada se pierden tras dos días de intensas caminatas por el sector, de tardes en sus playas y noches de alcohol en las discotecas.

Porque la zona de Kuta representa un pequeño mundo dentro de Bali: es, en rigor, el lado más occidental de la isla. Con sus atractivos y males. Tiendas de películas y videojuegos piratas que ofrecen todos los títulos imaginables a un dólar, puestos de artesanías donde impera la ley del regateo (tras una jornada de compras, una viajera argentina afirmaba: “No se puede tener compasión. Hay que pedir rebaja”), bares atestados de bullosos y obesos australianos que observan partidos de rugby a todo volumen, centros comerciales que ofrecen batiks (la prenda nacional), colonias, libros y relojes según presupuestos, playas manchadas de basura y proxenetas que prometen alegrar noches solitarias a cómodas tarifas.

Porque la Zona de Kuta es un reflejo de la historia balinesa. Aquella colonia fundada por el imperio Majapahit en 1343, que trajo la religión hindú, fue sometida a acero, pólvora y sangre después de que el explorador Cornelis Houtman decidiera anexionarla a la corona holandesa en 1597; uno de los capítulos más tristes se escribió en la primera década del siglo XX, cuando cerca de 4.000 nativos perdieron la vida enfrentándose a sus conquistadores. La independencia se logró después de la Segunda Guerra Mundial, en 1949, pero los locales siguieron siendo dominados. Esta vez el arma fue el turismo: en los años 60 se asentaron los primeros hoteles y, ante los buenos resultados, en la década siguiente se produjo un boom que trajo consigo divisas extranjeras, piscinas, cuartos, que privatizó playas e integró a los habitantes de Bali a la floreciente industria.


Hoy, por lo menos en el sector de Kuta, se vive un dominio pacífico. Imperan el idioma inglés, la ley del regateo, los bares decorados con artículos occidentales y los resorts con spa incluido para que el turista se sienta cómodo en casa, así esté al otro lado del mundo.

Una búsqueda espiritual

Si se quiere conocer el verdadero Bali, hay que adentrarse en la isla. Dejar a un lado los trancones de Denpasar y volver a conectarse con ese pequeño sentimiento de religiosidad que se encontró al poner el primer pie fuera del aeropuerto.

No es muy costoso. Por poco más deUS$50 se puede conseguir un guía, pagar las comidas de la jornada (en elegantes restaurantes) y obtener un transporte cómodo que salga de la capital balinesa y se adentre en la zona de Ubud. Es entonces cuando aparecen los pequeños talleres artesanales al lado de la carretera que elaboran estatuas en madera, arcilla y piedra volcánica; cuando las tiendas multicolores dejan paso a los campesinos que siembran arroz con sus característicos sombreros triangulares para protegerse del sol; cuando el concreto queda atrás y los árboles comienzan a confundirse con los templos familiares en las casas; cuando el ruido propio del comercio se pierde y el ambiente es dominado por la tranquilidad de la naturaleza.

Es ahí cuando comienza a divisarse el verdadero Bali. Un buen ejemplo es el Bosque de los Monos, en el pueblo de Kedaton, un lugar donde cerca de mil primates pasean libremente y conviven con grupos de murciélagos. Los guías del lugar aconsejan cuidar las pertenencias y no darles de comer a los micos que, llevados por la curiosidad, se acercan a los prevenidos turistas. El parque es un pequeño santuario cuidado por el gobierno local para preservar a la especie de macacos balineses.

Más adelante en el camino se puede degustar un buen café. Bali Agro Spices (BAS) es una comunidad rural que se encarga de sembrar, recoger, tostar y empacar su propio producto. Es allí donde el paisaje recuerda a las extensas fincas del Eje Cafetero colombiano; además, sus propietarios ofrecen una degustación de los tres tipos de café que producen. Los visitantes incluso pueden acompañarlo elaborando su propio cigarrillo con la mascadura de tabaco que hay disponible.

Al llegar al restaurante Puncak Sari se obtiene una maravillosa vista de Ubud: el mar se encuentra con las montañas. La tranquilidad del paisaje comulga con la comida: pescado, carne y pollo condimentados con especias y salsa de maní, y el arroz hervido para bajar el picante. Es un banquete a todo dar. Los comensales son recibidos por un trío que interpreta música balinesa y, pareciera, le canta al volcán del Monte Agung para evitar que, como sucediera en 1963, arroje su furia contra la población.

Una vez se ha comulgado con la naturaleza comienza el viaje espiritual. La primera parada es el templo de Tanah Lot, construido en un risco frente al mar. Allí, en el lugar donde se juntan las aguas del Índico y el Pacífico, acuden los indonesios de todas las religiones (islámicos, católicos, protestantes, budistas e hindúes) para elevar una plegaría a sus respectivos dioses.

La búsqueda interior puede continuar de nuevo en las montañas, donde se encuentra el templo de Tirta Empul. Los hindúes creen que sus aguas, además de curar las enfermedades, limpian el alma. El lugar está plagado de piletas de agua donde los creyentes suelen bañarse y realizar ritos acuáticos, además de rezar a sus múltiples dioses. Las ofrendas florales, que deben incluir incienso, abundan por el lugar y los extranjeros, de otros credos o ajenos a una religión en particular, hacen silencio. Prefieren disfrutar con el sonido del agua que fluye, el viento que mece los árboles y los murmullos de las oraciones, al mismo tiempo que se preguntan si ellos mismos no toman parte de un todo más espiritual.

A menudo, los rituales hindúes son invadidos por los flashes de las cámaras. Los turistas, apurados por el reloj, intentan capturar a toda prisa el mayor número de imágenes antes de regresar a los asientos de sus vehículos. El día se va oscureciendo con el regreso a Denpasar, a los refugios occidentales de Kuta y a una rutina diaria que se desarrolla al ritmo del flujo de dinero. Mientras, el verde y la tranquilidad de la naturaleza van quedando atrás.

Temas relacionados

Indonesia
Comparte: