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Encuentro con gorilas de montaña en Ruanda: turismo que protege la especie

En el corazón de África, el encuentro con los gorilas de montaña en Ruanda no es solo una experiencia inolvidable: es un modelo de turismo estrictamente regulado que financia su conservación y apoya a las comunidades que conviven con ellos.

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María Alejandra Castaño Carmona
18 de febrero de 2026 - 03:57 p. m.
La conservación no ocurre por accidente: requiere límites claros, reglas estrictas y compromiso real. Estar frente a un gorila no es un privilegio turístico, es una responsabilidad compartida.
La conservación no ocurre por accidente: requiere límites claros, reglas estrictas y compromiso real. Estar frente a un gorila no es un privilegio turístico, es una responsabilidad compartida.
Foto: Cortesía Visit Rwanda
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El bosque se cierra a cada paso. La humedad se pega a la piel, las botas se hunden en el barro y el machete de los guardaparques abre camino entre ortigas y enredaderas. No hay senderos claros, solo rastros.

De pronto, el guía levanta la mano: silencio. A pocos metros, entre la vegetación espesa, aparece el espalda plateada.

Puede rozar los 1,80 metros de altura y superar los 180 kilos. Se mueve con una calma que impone respeto. A su alrededor hembras atentas, jóvenes inquietos, crías que juegan. Es imposible no pensar: qué parecidos somos a ellos.

Así comienza el encuentro con los gorilas de montaña en el Parque Nacional de los Volcanes, en el noroeste de Ruanda, el corazón de África. Un lugar donde el turismo no es solo una experiencia inolvidable, sino una herramienta clave para la supervivencia de una de las especies más emblemáticas del planeta.

Una experiencia estrictamente regulada

El parque protege las laderas del macizo de Virunga, una cadena de volcanes inactivos que incluye el Karisimbi (4.507 metros), Bisoke, Sabinyo, Gahinga y Muhabura. Este ecosistema de bosque siempreverde, bambú y praderas de altura es uno de los pocos sitios del mundo donde sobreviven gorilas de montaña en libertad.

Según el Programa Internacional para la Conservación de los Gorilas (IGCP), actualmente existen alrededor de 1.063 gorilas de montaña en estado silvestre, distribuidos entre el macizo de Virunga —compartido también con Uganda y la República Democrática del Congo— y el Parque Nacional de Bwindi, en Uganda. En el sector de Virunga habitan 604 individuos. En 2008, el censo registraba 680 ejemplares en esta zona; desde entonces, la población ha mostrado una recuperación gradual.

El modelo ruandés se basa en límites estrictos. Visit Rwanda confirma que el permiso para el rastreo cuesta 1.500 dólares por persona y que la edad mínima es de 15 años. Solo se permiten ocho visitantes por familia de gorilas al día, durante una hora exacta. En total, se emiten 96 permisos diarios.

El 10 % de los ingresos generados se destina directamente a las comunidades cercanas para financiar escuelas, centros de salud e infraestructura. Además, existe un fondo de compensación para agricultores en caso de que los gorilas dañen cultivos, una medida clave para mantener la coexistencia.

La jornada comienza a las 7:00 a.m. en Kinigi, sede del parque. Allí se asignan las familias y se explican los protocolos: mantener distancia, no tocar, hablar en voz baja y usar mascarilla. La cercanía genética —más del 98 % de ADN compartido— obliga a reducir el riesgo de transmisión de enfermedades respiratorias.

La caminata puede durar entre 30 minutos y más de cuatro horas, a altitudes que oscilan entre los 2.500 y 4.000 metros. Los rastreadores salen antes para ubicar el lugar donde cada grupo pasó la noche y guían por radio a los excursionistas.

A mi grupo le asignaron la familia Hirwa, cuyo nombre significa “afortunado” en kinyarwanda. Entre sus miembros hay gemelos, algo poco común en los gorilas de montaña. Encontrarlos tomó menos de una hora. Verlos interactuar —los pequeños jugando, las hembras vigilantes, el espalda plateada marcando el ritmo— confirmó lo que ya nos habían contando: no se trata solo de observar la fauna, sino de entender una estructura social compleja y profundamente cercana a la nuestra.

Los gorilas se comunican de manera expresiva. Pueden manifestar dominio con exhibiciones que incluyen lanzar vegetación o golpearse el pecho, pero también con gestos más sutiles como apartarse del camino o adoptar posturas de sumisión. Sus expresiones faciales revelan estados de ánimo: la llamada “cara de juego”, con la boca abierta y el labio inferior relajado, es común en los jóvenes y suele estar asociada con momentos de interacción lúdica.

También utilizan vocalizaciones para coordinarse y expresar emociones. Emiten sonidos para alertar, mostrar angustia o satisfacción; uno de los más frecuentes es un suave “eructo” que comunica bienestar entre individuos. Incluso el bostezo puede tener un significado distinto al humano: cuando un macho muestra los dientes al bostezar, puede estar enviando una señal de advertencia o tensión.

El golpe de pecho —quizás el gesto más conocido— no siempre implica agresión. Aunque puede ser una demostración de dominio, también es común en los jóvenes durante el juego. Los machos poseen sacos de aire que amplifican el sonido, permitiendo que esa vibración profunda viaje a través del bosque.

Turismo que financia conservación

El IGCP —coalición integrada por Fauna & Flora, Conservation International y WWF— trabaja en un territorio de cerca de 160.000 kilómetros cuadrados. Su enfoque combina protección del hábitat, reducción de amenazas y promoción del turismo responsable.

Sin ingresos sostenibles y sin comunidades involucradas, la protección sería inviable. El turismo genera empleo para rastreadores, guardaparques, porteadores y operadores locales. También financia el monitoreo constante y programas de educación ambiental.

En estas montañas vivió y trabajó la primatóloga Dian Fossey, cuya investigación fue decisiva para visibilizar la situación crítica de la especie en el siglo XX. Su legado sigue presente en la cultura de conservación del parque, e incluso es posible visitar su tumba tras una caminata en el bosque.

El periodista de viajes Andrés Zumbambica lo resume así: “Hay especies carismáticas que se roban la atención, pero protegerlas implica cuidar todo el ecosistema. No se trata solo del gorila, sino de todo lo que sostiene su vida. La sostenibilidad no puede ser solo un discurso comercial; debe ser un compromiso real con la naturaleza”.

Una lección que llega a Colombia

A miles de kilómetros de las Virunga, en Vista Hermosa, Meta, el turismo de naturaleza también está transformando prácticas. La Finca Agroturística La Piel Roja forma parte del programa Colombia, Territorios de Paz y cuenta con el reconocimiento de sostenibilidad otorgado por Cormacarena.

Allí se ofrece el avistamiento del mono zocay en su hábitat natural y experiencias comunitarias alrededor del cacao. Más allá de la oferta turística, el cambio ha sido cultural: promover la observación en lugar de la caza y demostrar que la fauna viva puede generar ingresos sostenibles.

“Los animalitos se ven bonitos sueltos”, resume Aurora Martínez Guerrero, creadora del proyecto. Una frase sencilla que conecta con lo que ocurre en Ruanda: la vida silvestre vale más cuando permanece libre.

En el bosque nublado de las Virunga, frente a los gigantes de espalda plateada, esa idea adquiere una dimensión real. El turismo, cuando es limitado, regulado y vinculado al bienestar colectivo, puede convertirse en algo más que una industria. Puede ser una estrategia de conservación. Y también un espejo que nos recuerda cuánto compartimos con aquello que intentamos proteger.

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