La oscuridad dura apenas unos segundos, pero basta para prepararle el contraste al turista. Al salir del túnel, Guanajuato capital aparece con toda su luz: una ciudad apretada entre cerros, con viviendas multicolores que trepan en espiral y calles que parecen abrirse hasta donde el relieve lo permite.
La primera impresión, para quien observa esta urbe desde un punto alto, puede ser la de una ciudad que abraza mediante laderas ocupadas hasta el límite. Basta empezar a recorrer sus túneles, callejones y miradores para entender que ese aparente desorden es, en realidad, otra forma de vivir México: una moldeada por el pasado minero de la ciudad, pero cercana y cálida con las personas.
Lo que empieza en Guanajuato capital como una experiencia urbana puede cambiar al cabo de unos pocos kilómetros. Al salir de la ciudad, el estado de Guanajuato ofrece paisajes azules, coloreados por los plantíos de agave en Pénjamo, pero también ofrece una oportunidad invaluable de descubrir la identidad del mariachi en Dolores Hidalgo.
Y si se busca algo más, los circuitos artísticos de San Miguel de Allende ofrecen una mirada distinta a esta romántica ciudad.
Esa variedad, concentrada en pocos días de viaje, ayuda a explicar por qué el estado de Guanajuato ha empezado a ganar espacio entre los viajeros colombianos. Hoy, de hecho, Colombia es su tercer mercado internacional, con cerca de 98.000 visitantes al año.
Guanajuato capital, entre túneles y laderas
Empezar un tour por Guanajuato capital tiene sentido; conviene hacerlo con energía: subir y bajar laderas, entrar a túneles, perderse en callejones, volver a mirar la ciudad desde lo alto y, para quien quiera ir un poco más allá, animarse a recorrer parte de la sierra y la ciudad en cuatrimoto, una de las experiencias de ecoaventura que hoy forman parte de la oferta turística promovida en el estado.
En ese trayecto aparecen el mirador del Pípila, el Teatro Juárez, la Alhóndiga de Granaditas, el Mercado Hidalgo, el Museo de las Momias e incluso antiguas minas que siguen abiertas a los visitantes.
Los callejones, la seña de identidad de esta ciudad, no solo conectan puntos de la ciudad, sino historias.
En el célebre Callejón del Beso, un guía turístico de toda la vida detiene al grupo para contar la historia de Ana y Carlos, dos jóvenes enamorados a quienes las brechas entre clases sociales y la oposición familiar les impidieron estar juntos.
O también, bajo la gran estructura de hierro y vidrio del Mercado Hidalgo, el guía recuerda que el edificio suele remitir a esa estética industrial que muchos asocian con Gustave Eiffel, el ingeniero francés detrás de la célebre torre parisina.
En este punto, anímese a probar una “guacamaya”, una de esas delicias mexicanas que para un colombiano puede sentirse como una suerte de sánduche llevado al exceso, con panes crujientes, chicharrón, salsas, lechuga... Ese caos feliz de la comida callejera. Algo parecido ocurre con Guanajuato capital: su aparente desorden termina siendo parte de un encanto amable.
“Ya vamos llegando a Pénjamo”
Más al sur del estado de Guanajuato aparece Pénjamo, y para resumir este lugar bastaría con decir “tequila”. Pero una descripción tan corta le queda injusta.
En este municipio, donde también nació Miguel Hidalgo, el considerado padre de la patria mexicana, el visitante puede acercarse a una de las tradiciones más reconocibles del país: caminar entre campos de agave que tiñen el paisaje de azul, participar en la jima (el corte de la planta hasta dejar al descubierto su corazón).
En medio del recorrido también hay espacio para conversar con locales como Luis Hernández, maestro tequilero de segunda generación, quien deja una de esas frases que el turista difícilmente olvida: “¿Sabe cómo diferenciar un buen tequila de uno malo? El bueno no da resaca”. Según explica, la diferencia está en usar solo el corazón del agave y no las hojas, donde se concentran azúcares que luego pueden convertirse en alcoholes más agresivos.
El proceso se puede seguir luego en Corralejo, la histórica hacienda tequilera donde el agave empieza a convertirse en bebida a través de hornos, molienda, fermentación, destilación y, por supuesto, la cata. El viajero puede salir con el orgullo de haberse graduado como catador aplicado de tequila, incluso, con diploma en mano.
El más grande mariachi vino de Dolores Hidalgo
Si Pénjamo se resume en tequila, Dolores Hidalgo podría resumirse en música ranchera. Pero tampoco basta. Este Pueblo Mágico se siente primero como una plaza familiar, una parroquia de domingo, una cantina de vaqueros (al mejor estilo del Viejo Oeste) y ese tipo de pueblo pequeño que hace sentir bienvenido al forastero.
El recorrido pasa por la Casa-Museo de un tal José Alfredo Jiménez (actor y cantautor), su mausoleo, la ruta de cantinas, la Plaza Principal y la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.
En el museo suenan las canciones de Jiménez, una de las voces que -a propósito- ayudó a fijar en la memoria popular la estética de la música ranchera mexicana; incluso hay un holograma para fotografiarse con él.
En el cementerio del pueblo, su mausoleo, con forma de sombrero, deja ver mosaicos con los nombres de sus obras. Todo ayuda a entender que, en Dolores Hidalgo, José Alfredo no parece haberse ido del todo.
Y luego están las nieves (o raspados, como los llamaríamos en Colombia). Cerca del centro, un vendedor ofrece desde sabores tradicionales, como zapote, vainilla, limón, guanábana, fresa, maracuyá o mango, hasta otros mucho más inesperados: tequila, aguacate, queso, elote, mole con chicharrón o incluso camarón con pulpo.
Guanajuato, muchas postales
En pocos días, quien visita Guanajuato puede pasar de la ciudad apretada entre cerros a los campos de agave, de allí a un pueblo donde todavía suenan las canciones de José Alfredo Jiménez y luego a una ruta marcada por iglesias, talleres y plazas.
Los trayectos por carretera entre esas paradas suelen tomar entre una y dos horas dentro del estado, y eso vuelve el recorrido más amable para quien llega desde Colombia con ganas de conocer otro lado de México.
Guanajuato ha venido acercándose al mercado colombiano. Estuvo, por ejemplo, en la Vitrina Turística de ANATO 2026, y hoy la conexión desde Bogotá, vía Ciudad de México, Monterrey o Cancún, ayuda a que el destino se perciba menos lejano.
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