Christophe Rousset y Les Talens Lyriques: música antigua en tiempos modernos

Le Tales Lyriques se presentó el miércoles 4 de marzo y Christophe Rousset el domingo 8 del mismo mes en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá, en el marco de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República 2020.

17 de marzo de 2020 – 04:00 p. m.
Para el clavecinista Christophe Rousset, "la música barroca es directa y el público encuentra sentido en ella porque es cercana a sus emociones". Él se presentó en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.  / Gabriel Rojas © Banco de la República
Para el clavecinista Christophe Rousset, «la música barroca es directa y el público encuentra sentido en ella porque es cercana a sus emociones». Él se presentó en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. / Gabriel Rojas © Banco de la República

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Quien diga que el clavecín es un instrumento incapaz de producir contrastes sonoros o paletas extensas de matices y sonidos, es porque no ha escuchado tocar a Christophe Rousset, uno de los clavecinistas más destacados del mundo, que visitó Bogotá la primera semana de marzo para ofrecer dos recitales extraordinarios e históricos en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. El primero, con Les Talens Lyriques, ensamble de música antigua que dirige hace veintiocho años, y el segundo, de clavecín solo.  (Le puede interesar: Sonidos para sorprenderse en la Sala de Conciertos)

La música del Barroco francés, que comprende los siglos XVII y XVIII, representa, en palabras de Rousset, nobleza, alegría y fe absoluta en la existencia de Dios. Por eso mismo, el artista piensa que el público se conecta tanto con ese estilo: «La música barroca es directa y el público encuentra sentido en ella porque es cercana a sus emociones. Todo lo que expresa proviene de la fe, por eso es noble, alegre y natural. No es una música que deja sorprendido al público por el virtuosismo del intérprete, como pasa en el Romanticismo, sino que lo integra y lo hace parte de ella, poniendo al mismo nivel al intérprete y al espectador».  (Lea también: Cuarteto Attacca: músicos para el siglo XXI) 

En efecto, el público siente una fascinación hacia la música antigua. La boletería para el concierto de Les Talens Lyriques, realizado el 4 de marzo, se agotó; y el recital de Rousset, cuatro días después, estuvo casi a tope. Además de la cercanía musical de la que habla el clavecinista francés, el público también se siente atraído por los instrumentos antiguos, algunos ya prácticamente extintos o en desuso como la viola da gamba o el propio clavecín, los cuales despiertan interés y asombro en el espectador, y lo trasladan a un pasado que, aún tres siglos después, le permite reconocerse en el presente. Una de las asistentes al concierto del ensamble, politóloga de 32 años, dice que le sorprenden los instrumentos y la capacidad de los intérpretes para reconstruir la música de otros tiempos; para ella, amante de este estilo desde pequeña, la música barroca produce un estado de melancolía y reflexión como ninguna otra música.

El repertorio que escogió Les Talens Lyriques fue una muestra de música francesa de los autores más representativos del periodo que escribieron para pequeños formatos: François Couperin, Marin Marais, Marc-Antoine Charpentier y Jean-Babtiste Féry Rebel. La selección de las obras configuró un programa inusual cuyo hilo conductor fue el carácter íntimo e introspectivo de las piezas: poco virtuosismo y una notable melancolía y solemnidad. De hecho, esta similitud entre las cinco obras del concierto hizo que la primera parte de la velada se tornara larga y exigente para la escucha por la falta de contrastes. No obstante, en cada una de las piezas, el ensamble sorprendió por su manera de abordar la música: como si fuera un discurso hablado, con sus respectivas pausas, respiraciones, entonación y diálogo constante con los otros instrumentos. (Además: José Luis Gallo en concierto: entre estrenos y cantos)

El formato con el que Les Talens Lyriques visitó Bogotá estuvo compuesto por clavecín, dos violas da gamba y dos violines. Esto, entre otras cosas, fue muy particular y representativo de la historia de la música francesa porque dispuso ante el público dos instrumentos que ilustran su evolución: la viola da gamba, símbolo de la música nacional, y el violín, representante de la música italiana, con poca aceptación en sus inicios en Francia, pero que luego desplazó a la viola. (Lea también: James Johnstone y un concierto inolvidable)

La música antigua tiene muchos desafíos para ser interpretada en nuestros tiempos: los instrumentos de la época, su técnica y sus límites; la interpretación históricamente informada, la falta de referencias sonoras e incluso la ausencia de indicaciones en las partituras y manuscritos. El resultado sonoro depende estrictamente del conocimiento de la historia y el contexto en el que fue escrita, por eso, la interpretación de música antigua recuerda la frase del filósofo Marshall McLuhan, «el medio es el mensaje». Si se entiende que el medio no es solo el canal, sino el espacio –entorno, contexto, ambiente– en el que se desarrolla un suceso, entonces es evidente que el mensaje es un reflejo de ese medio. Eso es justamente lo que sucede con la música antigua: el medio –Francia, Barroco, fe en Dios, música al servicio de la nobleza, emoción, elegancia– es el mismo mensaje.

El recital de clavecín que ofreció Christophe Rousset el 8 de marzo en la Sala fue una reafirmación de esto. Rousset lo dice en sus propias palabras: «entre más frecuentas la música, la idea se vuelve más clara». El artista escogió su repertorio para clavecín para mostrar las tres etapas de la música escrita para su instrumento, en las que el estilo y la concepción musical fueron cambiando conforme pasaba el tiempo y se acercaba la Revolución Francesa.

Así, en la obra de Louis Couperin, perteneciente a la primera escuela, Rousset ofreció una interpretación noble, propia de la elegancia de la música nacional francesa, estilo alentado y promovido por Lully y Luis XIV. Con el Preludio no mesurado que introduce la Sonata en fa mayor, prácticamente improvisado, sin indicaciones rítmicas ni expresivas en el manuscrito, el clavecinista desplegó su conocimiento y técnica y los puso al servicio de su expresividad. Fue una interpretación realmente brillante, magistral y emotiva.

Mientras tanto, con la obra de François Couperin, representante de la segunda escuela en la que se integran elementos italianos, la belleza melódica y los ornamentos de la música contrastaron con la mesura de la primera etapa. Con la obra de este autor, Rousset logró colorear la música y crear atmósferas abiertamente opuestas que sorprendieron por la capacidad expresiva del intérprete en relación con las limitaciones mecánicas del instrumento. Rousset dice que la clave es rellenar los arpegios como si se tocara un laúd, “la idea es no tocar como está escrito, porque de hacerlo, el clavecín sonaría como una máquina de escribir”.

Finalmente, con las obras de Royer y Balbastre, virtuosas y explosivas, Rousset terminó de cautivar al público con los cambios drásticos de tempo, la respiración y las pausas que le dieron coherencia al discurso, la precisión y el contraste en las articulaciones, los matices y el abanico infinito de caracteres: unos intensos, violentos e insistentes, otros nobles y melancólicos, otros alegres y joviales.

Solo un maestro y conocedor verdadero de su instrumento, la música y su historia es capaz de lograr lo que Christophe Rousset consiguió en este concierto. Y, para confirmar que el medio es el mensaje, esa alegría, nobleza y fe que simboliza la música antigua para Rousset es la misma sensación que permanece en él después de un concierto: «Es una suerte increíble ser músico en este mundo. La música te da paz, alegría y algo de trascendentalidad que te lleva hacia arriba».

* Clarinetista y comunicadora social. 

 

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