
La próxima vez que tome café, deténgase un momento antes del primer sorbo. Pregúntese por su origen: ¿en qué montaña creció ese grano?, ¿qué variedad llegó hasta su taza?, ¿cómo fue cultivado y quiénes estuvieron detrás de todo el proceso?
En Chaparral, Tolima, esas preguntas tienen rostro y territorio. Allí, quienes viven del café han encontrado nuevas maneras de llevar lo que producen más allá de la finca: a la cocina, a sus emprendimientos y a recorridos en los que el café también sirve para contar de dónde vienen.
El café como un producto dinamizador
En Chaparral, el café no termina cuando sale de la finca. Su cosecha mueve buena parte de la vida del municipio: durante esos meses aumentan los movimientos en la plaza, los negocios reciben a trabajadores que llegan de otras zonas y las familias cafeteras encuentran en el grano una de sus principales fuentes de sustento.
No es un detalle menor. El Tolima es el tercer productor nacional de café y, según la Federación Nacional de Cafeteros, más de 61.000 familias dependen de esta actividad en 38 municipios del departamento.
“Nosotros vivimos por y para el café. Realmente no se imaginan lo que es venir aquí al pueblo cuando es cosecha: hay bultos de café moviéndose, llegan personas de otras ciudades e incluso de otras nacionalidades a la plaza. Si mira alrededor, ve un pueblo organizado alrededor del café. Se mueven las panaderías, los negocios, las artesanías. Es una energía diferente, llena de vida”, cuenta Marinela Sánchez Castro, representante legal de APROVOCAL, asociación de mujeres productoras de la vereda Calarma, en Chaparral.
Pero el café del Tolima también tiene otras particularidades. Su perfil puede incluir notas florales, cítricas y frutales, características asociadas a las variedades, las condiciones de cultivo y los procesos de beneficio. Y detrás de esas particularidades hay también una historia menos visible: la de las mujeres que han ido ganando espacio en una actividad que, como reconocen algunas de sus propias productoras, durante mucho tiempo estuvo dominada por los hombres.
La historia de APROVOCAL permite entender parte de ese proceso. La asociación nació en Chaparral, específicamente en la vereda Calarma, a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar, un territorio cafetero donde las condiciones de montaña, el aislamiento y el conflicto armado han marcado durante décadas la vida de sus habitantes. Durante años, la falta de vías y de electricidad dificultó la conexión de la comunidad con otros territorios y con las instituciones. La presencia de las FARC también marcó la vida de la vereda. En medio de esas condiciones, los habitantes impulsaron iniciativas comunitarias para resolver algunas de sus necesidades.
Las mujeres también comenzaron a organizarse. A finales de los años ochenta surgió la Asociación de Amas de Casa Casa Sol, un espacio creado para reunir recursos y buscar mejoras para sus hogares. Con el tiempo, el intercambio con otras organizaciones y las capacitaciones que recibieron en Bogotá y Huila les abrieron una posibilidad distinta: pasar de una organización centrada en las necesidades del hogar a participar directamente en una actividad productiva.
En 2008 comenzaron su proceso como caficultoras y, con los años, consolidaron APROVOCAL, una asociación creada y liderada por mujeres de la zona. Su importancia va más allá de la producción de café: durante décadas ha sido un espacio pionero para que las mujeres se organicen, se formen, participen en la actividad cafetera y encuentren nuevas posibilidades para permanecer vinculadas al campo.
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Del grano a la mesa
Para muchos colombianos, el café hace parte de la rutina casi sin pedir permiso. Está en la taza de la mañana, en la conversación después del almuerzo, en la visita que llega a la casa y hasta en algunos postres, dulces y preparaciones. Es tan cotidiano que pocas veces nos detenemos a pensar en todo lo que puede hacerse con un grano que solemos asociar únicamente con una bebida.
En los territorios cafeteros, esa relación con el café puede ser todavía más amplia. El grano puede convertirse en un producto para preparar, transformar y compartir, pero también en una oportunidad para que las comunidades encuentren nuevas formas de aprovechar lo que producen y mostrarlo a quienes llegan a conocer sus fincas.
En La Marina, Chaparral, Nidia Gutiérrez, integrante de la Corporación Matora y productora de tercera generación, ha encontrado en ese camino una forma de recuperar el vínculo con la tierra. Después de crecer en un territorio marcado por el conflicto armado y los cultivos de uso ilícito, hoy trabaja para fortalecer la producción de café y abrir nuevas posibilidades alrededor de él.
Y cuando ese conocimiento sale de la finca y llega a quienes visitan el territorio, aparece otra posibilidad: el gastroturismo y el turismo rural. La taza deja de ser únicamente el punto final del proceso y puede convertirse en el comienzo de un recorrido por los cultivos, las formas de preparación, la cocina campesina y las historias de quienes viven de ella.
Esta apuesta hace parte de una estrategia más amplia que el Tolima viene desarrollando para fortalecer el turismo a partir de su propia identidad. La idea, explica Alexander Castro, secretario de Cultura y Turismo del departamento, es que las comunidades no sean solamente quienes reciben a los visitantes de una forma pasiva, sino también quienes cuentan sus territorios, muestran lo que producen y ponen en valor sus tradiciones.
“Se trata de convertir actividades que hacen parte de la vida cotidiana, como cultivar café, preparar alimentos o conservar nuestras expresiones culturales, en parte de una experiencia que permita al visitante conocer el territorio desde quienes lo habitan. Además, también buscamos fortalecer algo fundamental: el orgullo de ser campesinos y de reconocer el valor de esas prácticas que han construido la identidad del departamento. En ese darle valor turístico a lo cultural, fue donde encontramos el camino”, explica el secretario.
La estrategia se desarrolla, además, en un momento de crecimiento de la actividad turística en el departamento. Según Castro, el Tolima pasó del puesto 15 en el Índice de Competitividad Turística Regional de 2023 al séptimo en 2024 y al quinto en 2025. Es decir, mientras el departamento gana posiciones en los indicadores de competitividad turística, también busca ampliar las oportunidades a los ciudadanos.
Y resalta que la gastronomía es uno de esos caminos. La lechona, el tamal, la achira y la chicha no aparecen solamente como platos para el visitante, sino como expresiones de una identidad que el departamento busca fortalecer y transmitir. En 2026, por ejemplo, 108 productores de estas preparaciones participaron en un proceso de capacitación para fortalecer sus conocimientos y emprendimientos.
Las mujeres también tienen un papel importante en este proceso. Castro señala que, de los más de 90 operadores turísticos que actualmente reciben formación en administración hotelera y turística, 67 son mujeres. Son ellas, según el funcionario, quienes tienen una participación creciente en restaurantes, alojamientos, asociaciones y otros emprendimientos turísticos.
En Chaparral, esa apuesta se encuentra con una actividad que ya estaba arraigada en el territorio: el café. Para Gutiérrez, las fincas de La Marina pueden ser también espacios para contar esa historia. Actualmente, explica, hay 10 fincas habilitadas para recibir visitantes bajo una propuesta de turismo rural comunitario.
La experiencia, cuenta, comienza en Chaparral, donde los visitantes pueden conocer el café y a sus productores, y continúa hacia La Marina. Allí, además de recorrer los cultivos, pueden pasar la noche en una finca, conocer las historias de las familias, participar en actividades cotidianas y acercarse al proceso que hay detrás de una taza.
Eso incluye desde despulpar el café y llevarlo a secar hasta preparar arepas, chocolate o el desayuno de la familia. También permite mostrar algo que Gutiérrez considera fundamental: la relación entre la producción campesina y la alimentación de quienes viven en las fincas.
“En la finca de una persona que sea pobre, muy pobre, usted va a encontrar para el desayuno huevos, leche, queso, bananos, plátanos”, explica. Para ella, esa diversidad de alimentos habla de una forma de seguridad alimentaria que también hace parte del valor de la vida rural y que pocas veces aparece cuando se habla únicamente del café como producto.
El turismo de naturaleza como potencia del gastroturismo
En las montañas del sur del Tolima, conocer el territorio también puede significar aprender a sembrarlo, cocinarlo y cuidarlo. Para María del Carmen Segura, gobernadora de la comunidad indígena de Chaparral y presidenta de la Asociación Unidos por las Víctimas Todos por una Sola Causa, el turismo rural puede ser una forma de compartir ese conocimiento con quienes llegan a sus comunidades y mostrarles la importancia de cuidar un territorio que no solo ha sido golpeado por el conflicto armado, sino también por los efectos del cambio climático, los incendios forestales y la pérdida de cobertura vegetal.
“Queremos enseñarles cómo se siembra una mata de plátano, cómo se siembra la yuca, cómo se siembra una mata de café, cuánto tiempo se demora y cómo se hace el proceso”, cuenta Segura.
Ese aprendizaje también incluye la manera en que las comunidades cuidan el territorio. Durante las visitas, los turistas pueden conocer cómo se manejan los residuos, qué hacen con los desechos orgánicos y cómo reutilizan algunos materiales para elaborar artesanías. La intención es que el recorrido permita conocer no solo lo que se produce en las fincas, sino también las prácticas con las que las familias buscan conservar su entorno.
La experiencia se distribuye entre diferentes fincas, de acuerdo con lo que produce cada familia. En una, los visitantes pueden conocer el cultivo y el proceso del café. En otra, la producción de leche y sus derivados. A lo largo del recorrido también pueden acercarse a los cultivos de frutas, la elaboración de artesanías y otras actividades que hacen parte de la vida en el campo.
La propuesta incorpora, además, saberes de las comunidades indígenas. Dentro de las actividades se encuentran prácticas relacionadas con plantas medicinales, alimentos tradicionales, artesanías y conocimientos sobre el territorio. En el caso de la medicina ancestral, la comunidad comparte el uso tradicional de determinadas plantas y sus formas de preparación como parte de su patrimonio cultural.
“En nuestro proyecto turístico somos 50 mujeres de diferentes fincas y un solo hombre. Las mujeres son quienes organizan todo desde sus fincas y trabajan con sus hijas. En cada lugar hacemos algo diferente y queremos mostrar lo que sabemos hacer”, cuenta Segura.
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Las oportunidades económicas de los proyectos
Hasta aquí, el turismo aparece como una forma de conocer el territorio, sus productos y los saberes de quienes lo habitan. Pero para las mujeres que hacen posible estas experiencias también representa algo más concreto: una oportunidad para generar ingresos a partir de lo que producen y saben hacer.
Ese reto también pasa por lograr que sus productos puedan llegar a nuevos mercados. La gobernadora del Tolima, Adriana Magali Matiz, cuenta que algunas mujeres producen, tuestan y muelen su propio café, pero todavía necesitan herramientas para poder comercializarlo.
“Hay mujeres que llegan con la bolsita de café que ellas mismas han producido, que ellas mismas han tostado, que ellas mismas han molido, pero que no tienen una presentación para poder comercializar ese café. Entonces nosotros nos encargamos de generarles la marca, de registrar esa marca y de apoyarlas en el tema de la comercialización”, señala Matiz.
Ese acompañamiento también se extiende a otros productos elaborados por mujeres, como emprendimientos de cosmética a partir de derivados del arroz. La apuesta, explica la Gobernación, es trabajar con las más de 30 asociaciones para fortalecer sus productos y convertir lo que ya producen en una posibilidad de negocio.
En Chaparral, ese propósito también se refleja en las experiencias cafeteras y en la comercialización del café que producen las familias. Para Marinela Sánchez, cada visitante que llega a una finca o compra una de sus marcas representa una oportunidad para generar ingresos a partir de lo que saben hacer.
“Cuando el turista va a pagar por ese servicio, el que ofrece el almuerzo recibe un pago y el que ofrece la experiencia cafetera también. Cada persona que esté dentro de esa ruta va a recibir un incentivo económico”, puntualizó.
Ese dinero puede ayudar a resolver necesidades concretas de las familias, pero también abre otras posibilidades para las mujeres: tener mayor autonomía económica, darle valor a su trabajo y encontrar nuevas formas de aportar al bienestar de sus hogares. Para Sánchez, fortalecer estos procesos también significa que las mujeres puedan construir, junto con sus familias, otras posibilidades de vida en el territorio.
“Pienso que esta es la verdadera construcción de paz. Que los colombianos se sientan orgullosos de sus raíces, de su historia, que se apropien de eso y que, si quieren irse a una ciudad, sea para estudiar y volver a impulsar lo que hay en el territorio”, finalizó.
Además del grano insignia de Colombia, el café, ¿qué producto de su región cree que podría convertirse en una receta, un negocio o una experiencia para mostrar su territorio y que le brinde más oportunidades al campo? Los leemos en los comentarios.
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