
¿Notó algo diferente esta semana en sus redes sociales? Porque según varios políticos europeos, entre ellos el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, desde el fin de semana pasado vivimos en un entorno “más seguro”. El lunes, Zelenski dijo en el Foro de Seguridad de Varsovia que se volvió “un poco más fácil respirar” en las redes, pues la actividad de los llamados “‘bots’ desinformativos de Rusia” había cesado gracias a un ataque de su país. Solo que no es cierto.
Un día antes, el 11 de octubre, Ucrania atacó un centro de datos en Vladímir, a 180 kilómetros de Moscú, en represalia a un ataque ruso que dejó incomunicados a 100.000 ucranianos días antes.
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Horas después, el eurodiputado checo Tomáš Zdechovský difundió un gráfico con el que sugería que, tras el bombardeo ucraniano, la actividad en línea de los “bots” rusos que divulgaban información a favor de partidos como Alternativa para Alemania (AfD) se había desplomado. El mensaje se viralizó. El coordinador de los servicios especiales de Polonia, Tomasz Siemoniak, también llegó a decir que la actividad de “bots” rusos había “prácticamente cesado en todo el mundo”. El problema es que el gráfico no decía lo que ellos creyeron leer.
Por años, las autoridades de Occidente han asegurado que el Kremlin usa redes de cuentas falsas para avivar la división en redes sociales y darles aire a partidos y discursos cercanos a Moscú. Así que cuando los gráficos parecían mostrar que la actividad de “bots” rusos estaba apagándose de golpe, a muchos les pareció una prueba contundente que confirmaba esta historia.
¿Qué fue lo que pasó en realidad?
Primero hay que entender el rol que cumple Yandex, el centro que fue atacado y que viene siendo una suerte de “Google ruso”. Es decir, un buscador. Imagínese que Yandex tiene un robotcito que se pasa el día visitando páginas web para armar su buscador, como un bibliotecario que recorre los estantes anotando qué libro hay en cada uno. Cuando se cayeron los edificios, ese bibliotecario dejó de caminar y hacer su tarea.
Cloudflare, una empresa que vigila el tráfico de internet, mostró una gráfica —la que fue citada en redes— en la que apuntó que “los bots de Yandex cayeron casi a cero”. Ahí vino el malentendido. La gente leyó “bots” y pensó en los otros “bots”, las cuentas falsas que pelean en X y Facebook a favor del Kremlin, de AfD o de Donald Trump. Son cosas distintas que comparten un nombre.
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Lo que rompieron los drones fue la vida digital rusa: pagos, taxis, mapas, la nube y dos de los tres supercomputadores con los que Yandex entrena su IA. El episodio nos deja ver hacia dónde se movió la guerra: la tecnología. En una sola semana, Ucrania golpeó otros tres centros de datos rusos, mientras sus propias tropas perdieron sin aviso parte de la conexión de Starlink, el internet satelital de Elon Musk con el que guían muchos de sus drones.
Pero los “troles” rusos particularmente no sufrieron daños profundos porque no viven en los edificios de Yandex, sino que se esconden en VPN, celulares “hackeados” y nubes de otros países. La idea de que cayeron, sin embargo, continuó viralizándose por cuenta de las malinterpretaciones de los políticos, a quienes les sirve sostener esta narrativa. Zelenski remató en Varsovia diciendo que la caída de los “bots” demostraba que “Europa no es la fuente de los problemas”.
Para Vladimir Rouvinski, profesor de la Universidad Icesi y experto en las relaciones entre Rusia y América Latina, “sería excesivo atribuirle la polarización de un país a Rusia o a cualquier otro actor”. Lo que suele hacer Moscú, explica, es “explotar las divisiones ya existentes” para servir a los intereses de su política exterior, algo que, aclara, no hace solo Rusia.
“Lo que gana un gobierno con ese discurso es atribuirle a un solo actor externo un problema complejo y de larga data. Lo que pierde es la capacidad de enfrentar las otras dimensiones del problema”.
Si el que no está de acuerdo conmigo “es un bot”, no tengo que escucharlo ni responderle. Es una idea cómoda, porque nos ahorra preguntarnos por qué tantas personas de carne y hueso piensan distinto a nosotros.
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“Vivimos en un ecosistema de información en el que la gente, con razón, sospecha cada vez más de la participación artificial, aunque cada vez somos menos capaces de medirla”, le dijo a la revista estadounidense Mother Jones Renee DiResta, investigadora de la Universidad de Georgetown y una de las voces más citadas sobre desinformación.
Para ella, la historia era irresistible: “Es satisfactoria porque la gente está cansada de la manipulación. La idea de que un ataque ucraniano silenció cuentas falsas es un relato de victoria contra un enemigo común. Y además alimenta la creencia reconfortante de que tus rivales políticos ni siquiera son reales”. Esto se vio con Gaza: cuentas de derecha celebraron que tras los ataques también se desplomó el uso de términos como genocidio y “Free Palestine”, algo que no era cierto.
Cuando cualquiera puede llamar “bot” a lo que no le gusta, la palabra deja de describir algo y se vuelve una forma de desestimar denuncias reales sin tener que discutirlas. Los “bots” y las bodegas existen, y gobiernos como el ruso los usan, pero no explican por sí solos por qué estamos tan divididos.
Rouvinski lo pone en estos términos: el éxito de la desinformación depende de condiciones que ya existen, como “el aumento de la polarización, el nivel más bajo de confianza en las instituciones y los problemas de legitimidad de los actores políticos”. La inteligencia artificial y el análisis masivo de datos llevaron la manipulación a un nuevo nivel, reconoce, pero “por sí sola, la desinformación no puede generar la magnitud de los problemas que hay”. Estamos divididos y es una realidad.
Finalmente, las palabras de Zelenski dejan un espejismo sobre la seguridad. Demagog, el principal verificador polaco, señaló que “mensajes así pueden darle credibilidad a la propaganda y crear una falsa sensación de seguridad”. Cabe destacar que, mientras Zelenski celebraba el apagón de los “bots”, la red rusa de desinformación Matryoshka seguía publicando, según los investigadores de Antibot4Navalny.
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