
Hubo gatos, carneros y caballos hace poco por las calles de Bogotá. Disfraces negros, verdes, oscuros y con manchas de sangre. Hubo quien se maquilló hasta quedar irreconocible. Hubo cantos y alegrías por salirse del cuerpo de siempre, ese que anda en dos piernas en vez de cuatro, que no salta más de unos centímetros, que no logra adentrarse en recovecos o respirar bajo el agua. El disfraz fue el deseo de otra vida.
El humano es especialmente bueno para romantizar otras vidas. Qué sería de mí si tuviera otras manos, otros ojos, otra mente. Pero asimismo es malo para darse cuenta de su propia fuerza. Cada uno es quien es y cada quien tiene sus demonios.
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Y de demonios bien sabe la familia Sohma los protagonistas de la serie de anime “Fruits Basket”. Habitados cada uno por un espíritu del zodiaco chino, en un momento son humanos y al otro son una rata, un carnero, un caballo, una liebre. Y un gato, el gato que hace parte del zodiaco y al mismo tiempo no. Según la leyenda, la rata engañó al gato para que no fuera al banquete de todos los animales y por eso quedó por fuera. Kyo Sohma –a veces humano, a veces gato– mantiene en los techos de los edificios, siempre esperando algo que ni él mismo sabe qué es.
Quizá espera que alguien le haga una bola de arroz. No de otra manera se hubiera sonrojado cuando Tohru Honda le cocinó. Tal vez esperaba a una confidente, porque cómo se explicaría la forma en la que corrió tras ella cuando se mudó a su casa familiar, luego de que terminaran de remodelarla. Quizá esperaba sentirse el héroe de la historia en lugar del rechazado, si se analiza cómo la trata, cómo la mira, cómo la recuerda y la protege.
Quizás, el gato del zodiaco siempre está esperando el amor. Cada año, cada vez que no es invitado a aquel banquete quimérico, lo más seguro es que no acepte que quiere ser otro. Pero de qué otra manera se subiría a los tejados, de qué otra forma tendría aquel ímpetu, de dónde sacaría la fuerza para alcanzar a Tohru.
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Francisco de Quevedo dice que el amor es un hielo abrasador, una herida que duele y no se siente. Garcilaso de la Vega escribe a la amada en el alma y dice que nació solo para quererla, que su alma la cortó a su medida. Ninguno de los dos le pide al otro que cambie. El amor no tiene que comprenderse ni que justificarse. Es lo que es, aunque a veces se confunda con la envidia o la rabia. Ya sea que se quiera no ser lo que es para ser aceptado. Ya sea que a veces seamos el gato y en otras ocasiones la rata, habrá siempre quien nos cocine una bola de arroz, quien nos encuentre maravillosos, quien se busque una escalera para encontrarnos en el tejado.
Hubo gatos, carneros y caballos hace poco por las calles de Bogotá. Disfraces negros, verdes, oscuros y con manchas de sangre. Hubo quien se maquilló hasta quedar irreconocible. Hubo cantos y alegrías por salirse del cuerpo de siempre. De pronto también estuvo el amor revoloteando por ahí, también disfrazado, tratando de encontrar al gato que aprovechó para esconderse entren los disfraces.
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