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Antes de la fiebre del caucho, cuando a finales del siglo XIX y comienzos del XX la explotación de este recurso se abrió paso con fuerza en la Amazonia, trayendo consigo empresarios, colonos y una violencia que transformaría para siempre la vida de los pueblos indígenas, decenas de clanes del pueblo muinane habitaban la región. Hoy solo quedan cinco: Gente de Gusano, Gente de Piña, Gente de Manguaré (o de tambor), Gente de Mujeres y Gente de Coco de Cumare. Gory Nejedeka pertenece a este último. Junto a sus tres hermanos: Jesús, Célimo y Henry, son los últimos hablantes de su dialecto. “Eso nos identifica”, afirma. “Estas palabras, estas expresiones, son únicas”.
Los muinanes tienen sus raíces en la Amazonia, entre los ríos Putumayo y Caquetá. Allí, en la sabana del río Cahuinarí está su territorio ancestral. La región también ha sido hogar de otros pueblos indígenas, como el bora, el nonuya, miraña y andoque, que en conjunto se reconocen como “Gente de Centro”. “Son ellos quienes han protegido, por muchos siglos y milenios, esas selvas a través de sus maneras de vivir y de ocuparlas”, afirma Consuelo de Vengoechea Rodríguez, antropóloga con un doctorado en ciencias del lenguaje y profesora de la Universidad Nacional de Colombia. “Explotaban algunos recursos para su sobrevivencia, pero no para comercializar”.
De acuerdo con el Censo Nacional de Población y Vivienda del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en 2018 había 2.113 indígenas muinanes en el país, organizados en clanes, que son grupos sociales que estructuran buena parte de la vida en comunidad. Entre los muinanes, estos clanes suelen llevar nombres relacionados con la naturaleza y sus tradiciones. Son, además, exogámicos: dos integrantes de un mismo clan no pueden casarse entre sí, y patrilineales: cada persona pertenece al mismo clan de su padre.
Los cinco clanes de este pueblo que sobreviven hablan muinane, una lengua en riesgo de desaparecer que pertenece a la familia lingüística bora, de la que también son parte la bora y la miraña. Vengoechea explica que las lenguas de esta familia comparten sistemas gramaticales, como el uso preferente de sufijos sobre prefijos, y un particular sistema de clasificación nominal que determina la forma en que se construyen las palabras. “A diferencia del español, en el que tenemos los géneros masculino, femenino y neutro, allá tienen 30 que describen unos conceptos generales sobre los animados o los inanimados. Por ejemplo, si están en colectividad, para hablar de un pueblo tienen una marca específica, o si están en un grupo más pequeño, como un consejo de ancianos, tienen otra”, detalla la docente.
Como sucede con el español, que comparte algunas características con el portugués, el italiano y, de manera más distante, con el francés, las lenguas indígenas de la familia lingüística bora tienen rasgos que evidencian su parentesco, aunque no son totalmente comprensibles entre sí.
“No son inteligibles una con la otra, es decir, no hay un entendimiento total”, explica Andrea Urquijo, lingüista con énfasis en el estudio de lenguas indígenas y criollas, quien trabaja en el Instituto Caro y Cuervo. “Puede que tengan ciertos términos en común, o que parezcan similares, pero sus significados son diferentes”. Así como en ocasiones podemos encontrar en una palabra en español con algún origen en el francés, no podemos entender a un francés cuando habla su lengua; algo similar sucede entre quien habla muinane y quien habla bora o miraña.
Y así como el muinane tiene rasgos que lo emparentan con esas otras lenguas indígenas, también tiene matices que cambian de un clan a otro. Para entenderlo mejor, Gory hace una analogía: no es igual, dice, el español que habla alguien del sur del país al que se habla en la costa Caribe. Gory pertenece al clan de la palma de cumare y, dentro de este, al linaje Sombra de Cumare. Las diferencias pueden ser sutiles, pero notorias. La Gente de Gusano tiende a hablar un poco más rápido que ellos, mientras que la Gente de Piña hace vibrar más la letra “r”. “Son cosas muy pequeñas, pero tienen un significado”, explica Gory.
Estas diferencias entre lenguas y dialectos no impedían, sin embargo, que los pueblos de la Amazonia se relacionaran entre sí. Muchos fueron, históricamente, políglotas. “Conocí viejos que sabían cuatro o cinco idiomas de la región”, recuerda Vengoechea. “Hablaban las lenguas de otros pueblos, pues tenían relaciones de todo tipo”.
La profesora, quien durante años ha estudiado este asunto y ha sido cercana al pueblo muinane, llegó a recopilar nombres de hasta 40 de sus clanes. Hoy estima que Gory y sus hermanos son parte de apenas unos 60 hablantes (pocos de ellos fluidos) de la lengua muinane que aún sobreviven, en medio de una historia marcada por opresiones y por el exterminio indígena.
Así se extermina una lengua
A mediados del siglo XIX las cosas comenzaron a cambiar para los pueblos indígenas de la Amazonia. Primero fue el “hambre” de Estados Unidos y de países como Inglaterra y Francia por la quina, la corteza de un árbol amazónico apetecida por sus propiedades para tratar la malaria, y por otras especies medicinales como la hoja de coca. Luego vino el “boom” del caucho, impulsado por su creciente demanda para la fabricación de neumáticos y, más adelante, para otros usos industriales, desde los zepelines hasta las telecomunicaciones. Por la explotación de esa planta que, cuenta Gory, era sagrada para los indígenas y se utilizaba en sus actividades tradicionales, la Gente de Centro fue esclavizada a través de la economía del endeude.
Como ha documentado el antropólogo y doctor en sociología Roberto Pineda Camacho, a cambio de alimento, medicamentos y herramientas, los indígenas debían extraer el látex de los árboles y entregarlo a los dueños de las tierras, denominados siringalistas. Si los trabajadores no cumplían con la cuota eran castigados con el cepo o torturados. “Hubo abusos muy grandes contra las poblaciones indígenas en toda la región amazónica”, señala Vengoechea. “Fueron diezmadas, muy afectadas, por lo que se le dio el nombre de ‘etnocidio cauchero’”.
Uno de los sobrevivientes de esa represión fue el abuelo de Gory, quien a sus ocho años logró escapar de un incendio provocado en una maloca tradicional. “Él resistió para que ahora nosotros contemos esa historia”, dice su nieto. La siguiente generación, sin embargo, no tendría el camino más fácil.
En La Chorrera, uno de los principales centros de explotación de la cauchera peruana Casa Arana, se creó un orfanato misionero para niñas y niños huérfanos tras el etnocidio. Pero los jóvenes indígenas, cuenta Gory, no eran considerados humanos; se les veía como salvajes y no tenían derechos. “Ahí entró la religión para ‘civilizarlos’, porque todas sus prácticas se percibían como cosas del demonio, incluida la lengua. Estaban prohibidas”, agrega. Sus padres fueron algunos de los que sufrieron esas consecuencias, que se extendieron durante años.
Cada vez que eran escuchados hablando su lengua nativa, eran golpeados o castigados. Por temor a que esa historia se repitiera con sus hijos, el padre de Gory, Aniceto Nejedeka, les enseñó español desde que eran muy pequeños. “Así también se fue perdiendo la lengua”.
A inicios de la década de 1960, el Instituto Lingüistico de Verano, una organización misionera evangélica de Estados Unidos, empezó a investigar las lenguas indígenas de Colombia. Con apoyo de los lingüistas James y Janice Walton, y hablantes muinane como Clementina Pakky de Buenaventura y Édgar Buenaventura, elaboró material de alfabetización, además de que llevó a cabo labores de evangelización. Tradujo a la lengua muinane resúmenes del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y una colección de himnos religiosos. De hecho, existe un diccionario bilingüe muinane-español, cuyos autores son los Walton y Pakky de Buenaventura, aunque se publicó décadas más tarde, en 1997. “Queremos actualizarlo”, asegura Gory.
El legado de Aniceto
“Cuando empecé a crecer y a tener uso de razón, mi papá nos hablaba en español sobre la Biblia, la religión. Decía que no nos iba a enseñar la lengua muinane porque él sufrió aprendiendo el castellano y no quería ver a sus hijos atravesar por lo mismo”, menciona Gory. “Ese fue un momento difícil; me sentaba a escuchar sobre desiertos y camellos, y pensaba: ¿qué será eso?”. Poco a poco los hermanos Nejedeka comenzaron a preguntarse por esas cosas que escuchaban en español y que nunca habían visto porque no existían en la Amazonia. Con esas preguntas también empezaron a indagar por su propia cultura muinane.
Gory le pedía a su padre que le contara historias propias de la selva y de sus ancestros, y descubrió que los cantos tradicionales en lengua eran lo que más conservaban esa memoria.
“Mi padre cantaba mucho y yo le preguntaba, ¿qué significa esa canción?”. Así le fue contando sobre el Abuelo Garza de hierba fría, un ser tranquilo, que se alimentaba en los pantanos, pero jamás se manchaba el cuerpo. “Le decía: ‘Papá, cuénteme más’”, recuerda Gory.
Uno de los principales intereses de Aniceto Nejedeka fueron las aves. Cuando aprendió a escribir en muinane, redactó los relatos tradicionales sobre estos animales, transmitiéndolos a su comunidad. Sus manuscritos, que eventualmente fueron traducidos al español por sus hijos Célimo y Jesús Nejedeka, fueron la base de su obra “La ciencia de vida escrita en las aves”, de gran relevancia para el conocimiento tradicional y la etnolingüistica del pueblo muinane.
Allí, Aniceto clasificó unas 173 especies divididas en grupos. Para cada ave abordó desde sus colores, tamaño, cantos, hábitos y alimentación hasta su origen mitológico y etimología del nombre, interpretando sus características como “señales de la creación”. Esa labor fue una de las formas claves en que se ha conservado su lengua y, en particular, su dialecto del clan de la palma de cumare y del linaje Sombra de Cumare.

En efecto, Vengoechea subraya que estas lenguas aportan una gran cantidad de saberes en torno a la biodiversidad en la Amazonia, así como sus características: “Eso no lo tiene la biología. Son conocimientos muy propios de los pueblos indígenas”. La académica también sostiene que las sociedades indígenas son las únicas que han logrado mantener el bosque en pie, y recuerda, incluso, que durante todos sus años de trabajo con las comunidades ha conocido plantas que no tienen nombre en español, pero sí en muinane.
Es por ello que la profesora advierte sobre lo que implicaría que desaparecieran estas lenguas amazónicas: “Perderíamos un universo completo. Se perderían los conocimientos sobre diversidad biológica y el conocimiento indígena, que es supremamente importante para que nosotros como humanidad tengamos la posibilidad de ver otros mundos”.
Urquijo concuerda y apunta que la desaparición de estas lenguas no solamente afectaría la forma en que se comunicaban tradicionalmente los indígenas, sino que también empobrecería la riqueza lingüística y cultural del país.
Para evitar llegar a ese punto, Vengoechea afirma que se deben articular esfuerzos desde varias áreas, como los ministerios de Cultura, Ciencias y Educación, además de las universidades públicas y privadas que cuenten con programas de lingüística y antropología lingüística (rama de la antropología que estudia cómo el lenguaje se relaciona con la cultura, la sociedad y la forma en que las personas entienden y organizan el mundo). Lo ideal, plantea, es entrar en diálogos colaborativos con las comunidades que presentan complejos estados de amenaza hacia sus lenguas, con el fin de revitalizarlas.
Gory resalta las iniciativas que han llevado a cabo los mismos indígenas. Los clanes muinane han combinado las aulas físicas con los espacios tradicionales de la maloca, en los cuales no se permite hablar en español. En Leticia, donde Gory vive actualmente, tiene un proyecto de turismo biocultural llamado Fiivo Iyachi. Además, diseñó lo que denomina una “escuelita experimental de lengua propia”. Allí, en principio, compartió a sus hijos las enseñanzas que obtuvo de su padre Aniceto, quien falleció en 2020 por causa del covid-19. Luego comenzó a transmitir esa información a otros jóvenes: “Cantaba una canción en lengua, y los niños la repetían y la repetían. Me preguntaban: ‘¿Qué estás diciendo?’. De ese modo aprendían nuestra historia y le daban importancia”.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.
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Gustavo(nod05)•Hace 10 horasRespetar la lengua y su conocimiento. Preservar. Enseñar. Ojalá se proteja y fortalezca este dialecto Muinane. Deberían poner un hipervínculo para saber cómo compartir la experiencia de Maloca en un viaje
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Juan Antonio(45350)•Hace 11 horasHistoria muy importante de esa Colombia desconocida por el 99% de los colombianos y colombianas