En los primeros pasajes de El Amor en los Tiempos del Cólera, Gabriel García Márquez describe una Cartagena saliendo de su época colonial, pero también enfrentando los desafíos de la entonces naciente modernidad. Uno de los personajes que intenta remediar los debacles de esto último, en particular frente a los brotes de cólera en la ciudad, es el doctor Juvenal Urbino, el efímero protagonista de esta primera parte de la obra, que, por ejemplo, insiste en que el mercado público —que está cerca de zonas habitadas y en condiciones insalubres— debe ser trasladado a las afueras de la ciudad. Su argumento: los residuos, los animales y la descomposición de alimentos convertían ese espacio en un foco de infección que favorece enfermedades como el cólera.
Aunque se trata de un relato lleno de pasajes de realismo mágico, estos retos muestran la estrecha relación entre la forma en que se organizan las ciudades y la salud de quienes las habitan , en un reto que sigue vigente en la actualidad.
Así lo sostiene Paula Rodríguez, especialista en ciudades, clima y biodiversidad de WWF Colombia, quien señala que el diseño urbano de las ciudades no se trata solo de un hecho arquitectónico o de un asunto de productividad, sino de la salud física y mental de las personas.
“El buen diseño urbano favorece el disfrute del paisaje y el contacto con la naturaleza. También incide en la salud mental, al ofrecer condiciones que invitan a caminar, montar en bicicleta y hacer actividad física; y, en consecuencia, mejora la salud física. Infraestructuras como ciclocarriles segregados del tránsito motorizado, bien conectados e iluminados, aumentan la probabilidad de optar por medios de transporte no motorizados”, explica.
Y no se trata de una propuesta teórica, sino de una que se ha demostrado en un lugar a cientos de kilómetros de ‘La Heroica’: en Bogotá. Como contamos en estas páginas, investigadoras de la Universidad de los Andes documentaron cómo la implementación de un cable aéreo en la localidad de Ciudad Bolívar mejoró la calidad de vida de las personas, en particular en relación con su salud física.
Cómo un sistema de transporte masivo puede provocar eso es fácil de entender: cuando es exitoso, las personas prefieren caminar un poco más hasta la estación del sistema que seguir tomando el bus urbano en la parada, que suele estar más cerca de las viviendas que la estación.
Esta, y otras investigaciones, apuntan a que la infraestructura es un factor que incide en tiempo real en el bienestar físico y mental de las personas, así como en su expectativa de vida, que depende, entre otros factores, de nuestro entorno.
¿Su ciudad lo está enfermando o curando?
Una de las formas de ver cómo influye la relación entre las ciudades y la salud se puede observar en los datos que muestran de qué se están muriendo las personas en Colombia. Hace unos días, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) dio a conocer la versión más actualizada de las estadísticas vitales en Colombia, en la que se detallan y actualizan estos datos.
Sin mayores cambios con relación a años anteriores y en línea con la tendencia mundial, la principal causa de defunción en el país siguen siendo las conocidas enfermedades isquémicas del corazón, que ocurren cuando no le llega suficiente sangre —y, por tanto, oxígeno— al músculo cardíaco, cuyo desenlace más común es el infarto agudo de miocardio. En general, esta causa de muerte tuvo una tasa de 92 muertes por cada 100.000 habitantes, lo que, en una ciudad de un millón de habitantes, representaría unas 920 muertes anuales.
Si bien esta enfermedad está relacionada con una multitud de factores, existen algunos que la pueden exacerbar. Entre estos están la obesidad, la diabetes y el sedentarismo, que aumentan el riesgo de enfermedades isquémicas porque van ligados, entre otras cosas, al daño y la obstrucción de las arterias que alimentan el corazón.
Y esto tiene que ver con un concepto que, aunque pueda sonar relativamente nuevo, desde hace varias décadas la comunidad científica viene señalando: la salud no consiste simplemente en la ausencia de enfermedad. Solo para dar un ejemplo, en 1946, hace más de 80 años y en lo que marcó un hito en el campo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.
Un ejemplo de esto es la inactividad física, está relacionada con la muerte de cinco millones de personas al año en el mundo. Vale tener en cuenta que se estima que, en todo el mundo, casi uno de cada tres adultos y ocho de cada diez adolescentes no cumplen las directrices de actividad física de la Organización Mundial de la Salud (150 a 300 minutos semanales de actividad física aeróbica de intensidad moderada a vigorosa para adultos; y 60 minutos diarios para niños y adolescentes).
Sobre esto indagó una investigación publicada en Nature hace unos meses, que concluyó que en casi todos los países y grupos sociales analizados, menos de la mitad de las personas cumplen las recomendaciones solo con actividad física en el tiempo libre. Además, agregan los investigadores, gran parte de la actividad física que realizan las personas proviene del trabajo o del transporte. Por eso, entre las recomendaciones de los autores, no basta con promover el ejercicio recreativo: también es necesario crear entornos urbanos seguros y eficientes que permitan caminar o ir en bicicleta por elección, no solo por necesidad económica.
En esto coincide Rodríguez, de WWF, quien indica que “las ciudades deben brindar a los habitantes condiciones habilitantes para animarlos a caminar y hacer actividad física. Si solo hay vías para carros, hacer ejercicio resulta peligroso al inhalar la contaminación que generan carros, motos y buses. Es necesario que la ciudad cuente con áreas verdes conectadas con infraestructura que permita llegar en bicicleta o caminando”.
Todos vivimos en la misma ciudad, ¿cierto?
Aunque pueda parecer inverosímil, vivir a una cuadra de distancia, al menos estadísticamente, puede significar una diferencia importante en la esperanza de vida de las personas. Así lo detalla Helen Pineo en su libro Urbanismo saludable: diseño de espacios equitativos y sostenibles, publicado en 2025, que muestra cómo cruzar una calle en Glasgow (Escocia) puede representar, al menos estadísticamente, una diferencia de hasta 12 años en la expectativa de vida.
Lo mismo ocurre en Bogotá, donde una investigación de la Universidad de los Andes y la Universidad Nacional reveló que las personas que habitan sobre la carrera Séptima, debido a factores como movilidad, medio ambiente e infraestructura, presentaron mayores índices de enfermedades crónicas, como la hipertensión, y trastornos de salud mental, como ansiedad.
Por su parte, la ubicación en la que nos encontramos en las ciudades puede afectar la calidad del aire. Así lo documentaron investigadores de la Universidad Nacional: como contamos en esta nota, el ozono troposférico es responsable del 18,3 % de la mortalidad en adultos mayores de 25 años, afectando desproporcionadamente a zonas vulnerables como Kennedy, Suba y Ciudad Bolívar.
“Esta es una de las conclusiones que más nos llamó la atención del estudio, y es que la contaminación no afecta de manera proporcional, sino que impacta en mayor medida lugares como Kennedy, Suba y Ciudad Bolívar, en los que se encontró el riesgo más alto. Esto se debe a que combinan factores sociales como una mayor densidad poblacional, contaminantes y, entre otros, un menor acceso a servicios de salud”, explica Daniela Bustos, una de las autoras del estudio publicado en la revista Earth Systems and Environment.
A esto se suman otros factores como el aumento de las temperaturas y qué tan preparadas están las ciudades. Por ejemplo, de acuerdo con el último reporte del Estado del Clima de las Naciones Unidas, se estima que los últimos 11 años han sido los más cálidos de los que se tiene constancia, y 2025 se situó entre los tres años más cálidos a nivel mundial.
Para el caso de Colombia, Liliana Narváez, investigadora de la ONU, nos contó hace unos meses que “los adultos mayores, los niños, las mujeres embarazadas, entre otros, serían los más golpeados por esa combinación de humedad y calor que no deja que nuestros organismos se regulen. No estamos preparados para proteger a las personas que trabajan a la intemperie, como la fuerza pública o el trabajador informal”.
Estos elementos, a ojos de Rodríguez, de WWF, muestran cómo las disparidades sociales en Colombia afectan el entorno saludable. “Las zonas verdes son más comunes en las zonas planeadas de las ciudades, por lo general zonas con mayores ingresos. Es necesario liberar espacios en las zonas con bajos ingresos para crear más áreas verdes y espacio público de calidad”.
Pero, ¿qué elementos se pueden hacer para mejorar? Según los expertos de WWF, existen acciones sencillas que se pueden implementar: mejorar la iluminación de las zonas (para aumentar la sensación de seguridad y reducir el estrés), cambiar zonas duras por zonas verdes, conectar cicloinfraestructura desconectada, entre otros factores.
“Hay ejemplos interesantes en algunas ciudades sobre peatonalización y cicloinfraestructura, por ejemplo, en Bogotá, Medellín y Montería; sin embargo, no hay estrategias de conectividad entre las zonas verdes y las áreas protegidas urbanas con las áreas estratégicas en las zonas rurales aledañas. Es necesario reconectar la estructura ecológica principal de las ciudades y mejorar la conectividad; es necesario crear estrategias de renaturalización de ríos, canales y humedales”, explica Rodríguez, de WWF.
Para Ricardo Becerra Sáenz, docente de la facultad de Creación y Comunicación de la Universidad El Bosque, es “interesante lo que se viene haciendo, por ejemplo, en Medellín, donde se han desarrollado estrategias relevantes, especialmente a través de intervenciones urbanas que buscan mejorar la conectividad y el acceso en zonas con condiciones geográficas complejas. Proyectos como las escaleras eléctricas en la Comuna 13 o el sistema de transporte por cable han ampliado las posibilidades de movilidad y acceso a servicios, lo que incide directamente en la calidad de vida y en la actividad cotidiana de las personas”.
En ese sentido, aún son varios los retos que quedan para mejorar el diseño urbano de las ciudades. Uno de los puntos clave es la actualización de los planes de ordenamiento territorial (POT). En particular, para abordar el uso del suelo en Colombia, donde hay zonas residenciales que se mezclan con comerciales, lo cual hace que todas las personas se desplacen a las mismas zonas a las mismas horas, generando problemáticas como la congestión vehicular.
“Por otra parte, las ciudades colombianas tienen una mala relación con el agua: muchos de los ríos urbanos están canalizados, impidiendo que el lecho del río absorba y retenga el agua cuando las lluvias aumentan. Hemos construido ciudades impermeables que, ante las fuertes lluvias cada vez más frecuentes por el cambio climático, se desbordan. Es necesario renaturalizar los ríos urbanos y devolverle la permeabilidad al suelo”, concluye Rodríguez.