Helena Soler no le teme a los lugares donde otros solo ven peligro. Un día cualquiera de 2017 decidió recorrer la carretera que lleva desde Villavicencio al municipio de Uribe, Meta: un lugar que por años sufrió los estruendos de la guerra.
Uribe no es un lugar cualquiera. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, allí se instalaron algunos de los campamentos más grandes del Bloque Oriental de las FARC, desde donde se coordinaron operaciones militares, dos negociaciones de paz (1984 y 1986), acciones de control social armado, reclutamiento de jóvenes y niños, y donde la presencia institucional fue mínima. Ese pasado aún marcaba el territorio cuando Helena emprendió aquel viaje.
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El camino desde Villavicencio es largo. Al dejar atrás el municipio de Mesetas, la vía sin pavimentar levanta un polvo rojo que se mezcla con el aire caliente y termina pegándose a la piel. A medida que se avanza, la señal del celular desaparece y la mezcla de sabana y bosque se va cerrando como si quisiera tragarse la carretera. El paisaje hace que uno recuerde que está en la altillanura donde los Andes y los llanos se entremezclan: lomas y montañas grandes, quebradas que bajan junto a la carretera, árboles altos y muchas fincas a lo largo del camino. En este momento, Helena entendió que el lugar no solo cargaba con una historia de guerra, sino con una belleza que, a pesar de la violencia, seguía viva, resistiendo.
Helena llegó a Uribe porque estaba buscando un tema para su trabajo de grado de la Maestría en Estudios de Desarrollo Local en la Universidad Javeriana y porque quería conocer el territorio del que todos hablaban, ese lugar que durante años solo se mencionaba en los noticieros por la violencia. Ella, que durante varios años había trabajado en comunidades rurales, sabía lo que significaba vivir en medio del abandono y también la fuerza que tiene la gente cuando decide empezar de nuevo. Por eso decidió ir: para ver con sus propios ojos lo que quedaba después del miedo.
Antes de empezar el viaje, Helena se contactó con el alcalde del municipio, un médico al que todos conocían como Pacheco. Él le dijo que no se preocupara, que la zona estaba tranquila y que el turismo empezaba a moverse poco a poco, gracias a la firma del Acuerdo de Paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC en 2016. Sin embargo, en mitad del camino la señal del celular se perdió y la comunicación se cortó.
Ahí, en medio del silencio de la carretera y sin saber si seguir o devolverse, recordó a un joven que había conocido en una capacitación del SENA, en un curso de guianza turística. Le escribió apenas tuvo un poco de señal en un punto alto de la vía, pero sin mucha esperanza.
Unos minutos después le llegó la respuesta:
—Tranquila, yo le ayudo.
Ese mensaje lo cambió todo. El joven la guio, le presentó otras personas de la localidad y pronto estaba sumergida en el cañón del Guape, un rincón escondido entre montañas donde el río se abre paso con fuerza.
El trayecto hasta allá era exigente: trochas angostas rodeadas de vegetación y el sonido del agua que se escuchaba desde lejos. Cuando por fin llegaron, Helena se quedó en silencio. Frente a ella se extendía un cañón profundo, cubierto por paredes verdes y húmedas, por donde bajaban hilos de agua que caían como cortinas transparentes. El río Guape, de un color verde esmeralda que brillaba con la luz, parecía intacto, ajeno al paso del tiempo.
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Esa primera visita marcó un antes y un después. Lo que empezó como una simple exploración se convirtió en una idea fija. Helena quería que más personas pudieran ver esa belleza, que el país conociera ese otro rostro del Meta, el que nunca aparecía en las noticias.
Pero cuando empezó a hablar de turismo en Uribe, muchos la miraron con escepticismo.
—¿Turismo aquí? ¿Quién va a venir si esto es un charco? —le decían algunos. Ella solo sonreía. Sabía que la incredulidad era parte del proceso. Aun así, empezó con lo poco que tenía: un par de rutas, un grupo pequeño de guías locales y el deseo de demostrar que el turismo podía ser una forma de reconstruir el territorio.
Con el tiempo, las rutas que al principio eran apenas una idea empezaron a tomar forma. Helena unió esfuerzos con algunos jóvenes del municipio que conocían los caminos y los ríos. Juntos empezaron a organizar recorridos al cañón del Guape, a las Cascadas del Amor, a Cortinas del Diamante y a Siete Cascadas: lugares donde el agua cae sobre un territorio que intenta sanar después de la guerra.
Con cada recorrido, Helena entendía mejor lo que significaba empezar de cero en un territorio que apenas aprendía a confiar. No había infraestructura, ni materiales, ni apoyo estatal. Pero eso no detuvo al grupo que ya conformaba. Con sus propias manos construyeron los primeros forros para las llantas que usaban en las actividades del río. Los cortaban, cosían y reforzaban con manijas. Eran sencillos, pero seguros; servían para que los turistas flotaran en las aguas del Guape.
Así, entre pruebas e improvisaciones, empezaron a darle forma a lo que más tarde se convertiría en su empresa de turismo. Armaron las primeras cadenas de valor: invitaron a más jóvenes que querían ser guías, a las mujeres que cocinaban para los visitantes y a los campesinos que conocían mejor que nadie los caminos. Poco a poco, la comunidad empezó a creer.
Las rutas crecieron. Al principio, la noticia alegró a todos: los jóvenes guiaban con entusiasmo y el nombre del cañón del Guape empezaba a aparecer en los mapas del turismo nacional. Helena sentía orgullo. Cada visitante que llegaba era una prueba de que el Meta podía contar una historia diferente.
Pero pronto esa emoción empezó a transformarse en inquietud. Algo no estaba bien.
Cuando el río se detuvo
Un fin de semana, Helena vio una foto que la impactó: el río, el mismo que un día ella había conocido silencioso con matices verdes en sus aguas, estaba cubierto de flotadores de colores. Las orillas y el suelo estaban pisoteados y llenos de basura; además, una multitud de personas descendía por el cañón como si el río fuera una simple atracción. Más de trescientas personas habían entrado ese día al Guape, muchas sin ninguna medida de seguridad. Helena sintió culpa: al empezar a mostrar el lugar, también había contribuido a que se deteriorara.
Miró la foto una y otra vez, intentando reconocer el lugar que tanto había cuidado. Había trabajado años para abrir el camino del turismo, soñando con que el contacto con la naturaleza generara respeto, no destrucción. Pero esa imagen le mostraba lo contrario: el éxito se había convertido en exceso.
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Helena se propuso no dejar deteriorar el río, por lo cual tomó el teléfono y llamó a José Yunis, director de Visión Amazonía, un programa estatal en alianza con países como Noruega, Reino Unido y Alemania, que busca frenar la deforestación en la Amazonía. Al otro lado de la línea, él guardó silencio unos segundos antes de responder sorprendido.
De esa conversación nació una decisión. Era necesario crear límites, establecer una capacidad de carga, poner reglas donde antes solo había entusiasmo. Helena y el resto del grupo entendieron que proteger también era aprender a decir “no”. Junto a otros líderes locales, impulsaron la creación de un reglamento que controlara el número de visitantes, capacitaron a los guías del territorio y promovieron la idea de que cada persona que llegaba debía respetar el lugar.
Tiempo después, Helena sufrió otro golpe. Fue durante el paro nacional del 2021. “Todavía estábamos en pandemia y el turismo era escaso; además, por las manifestaciones y el descontrol social, Uribe se cerró completamente: no entraba ni salía nadie”. Cuando apenas empezaban a recuperarse, el turismo se vino abajo otra vez.
En medio de ese panorama, revivieron viejos fantasmas: los grupos armados regresaron al territorio y el miedo empezó otra vez a correr de casa en casa. Los turistas dejaron de ir a Uribe, y Helena y sus guías se quedaron con todo montado: las cabañas, los kayaks, las rutas del río.
Por segunda vez volvía la frustración: ver el río vacío les recordaba que el esfuerzo de años podría desmoronarse. Por primera vez Helena pensó en rendirse. Fue entonces cuando surgió un dilema: “o vendemos todo y nos vamos, o nos reinventamos”.
Eligieron apostar por lo segundo.
Renacer
Así nació la idea de moverse hacia el río Güejar, un territorio que ofrecía nuevas posibilidades y que se había convertido en símbolo de reconciliación. Este río, ubicado entre los municipios de Mesetas y San Juan de Arama, en el sur del Meta, tiene cerca de 17 kilómetros de recorrido. Sus paredes de rocas altas, sus cascadas, las corrientes rápidas y hasta los tramos tranquilos se volvían parte de esa nueva ruta turística que Helena se propuso mostrar.
“Decidimos hacer un pacto: trabajar con respeto, cuidar el entorno y compartir las ganancias de manera justa”, recuerda Helena. “Acá todos somos parte. No hay jefes, hay equipo.” Allí nació Natupaz, una organización que agrupa a los empresarios turísticos para trabajar por la reconciliación con el territorio.
Pero los desafíos no han cesado, sobre todo por la ausencia del Estado. “No hay apoyo, no hay inversión, y cada trámite es una lucha. Todo lo hemos hecho con nuestras propias manos.” Helena habla con razón: muchos de los compromisos firmados en los acuerdos de paz de 2016 —como el Plan Nacional de Vías Terciarias, que prometía mejorar las carreteras rurales para conectar las regiones más afectadas por el conflicto— siguen sin cumplirse a cabalidad.
Buena parte de la vía que conduce a Uribe está sin pavimentar, por lo cual el transporte es escaso y los servicios básicos siguen siendo precarios. “La única fuerza real ha sido la de las comunidades”, dice Helena. Y es cierto: campesinos, jóvenes y mujeres han levantado con sus manos lo que el gobierno ha olvidado. En cada sendero, en cada cabaña y en cada recorrido por el río se ve esa resistencia silenciosa: la de un pueblo que decidió no rendirse.
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Aun con los obstáculos, Helena no ha dejado de creer. “Yo no puedo rendirme, porque este proyecto no es solo mío. Es de las comunidades, de los niños, de los que antes no creían que el turismo podía cambiar su historia.” Esa convicción, la de construir desde abajo lo que arriba no se ha hecho, es la que mantiene vivo el sueño. En Uribe, la paz no se firma: se trabaja todos los días, con el sonido del río de fondo y la esperanza terca de quienes, a pesar de todo, siguen creyendo.
El legado
Hoy, a sus 53 años, esta mujer de piel clara y cabello castaño ya entrecano que siempre lleva recogido parece hecha de la misma firmeza con la que camina los ríos que ama. Nacida en Villavicencio, es politóloga, con dos especializaciones y una maestría.
En medio de todos estos procesos de transformación personal y profesional, Helena también decidió transformar la manera en que nombra su territorio. Durante años hablaba del “sur del Meta”, hasta que se dio cuenta de que esa frase generaba miedo. “Cada vez que yo decía ‘sur del Meta’, la gente se asustaba. Porque esa palabra se asocia a guerra, a peligro, a la época dura del conflicto. Entonces entendí que el sur del Meta, en realidad, es el norte de la selva amazónica. Así nació el nombre de Meta Amazónico.”
Para Helena, llamar “Meta Amazónico” a este lugar no es solo un acto simbólico, sino una forma de cambiar la narrativa: dejar atrás el miedo, la guerra, el estigma, y mostrar que aquí también hay vida y esperanza.
“Yo sigo soñando con un Meta distinto. Con un territorio donde las mujeres no sean menospreciadas, donde los jóvenes tengan oportunidades, donde la paz no sea una palabra vacía.” Y aunque ha perdido mucho, también ha ganado algo que pocos logran: la certeza de saber quién es y para qué hace lo que hace.
Conversar con Helena deja una sensación difícil de describir. No es solo admiración, es esa mezcla de respeto y asombro que provoca escuchar a alguien que ha aprendido a levantarse una y otra vez. En medio de esa calma, recuerda algo que le han dicho en distintas partes del país al hablar de su territorio:
—Cuando mencionan el sur del Meta, alguien siempre dice: “Allá está Helena.”
* Estudiante de Periodismo - Universidad Javeriana.
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