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El calentamiento global que está viviendo la Tierra no solo está elevando las temperaturas, sino que está cambiando la forma en que los organismos interactúan entre sí. Cuando el ambiente se calienta, tanto los parásitos como los organismos que los albergan pueden crecer, reproducirse o sobrevivir de manera muy distinta. En algunos casos, el calor favorece la transmisión de enfermedades; en otros, puede dificultar que ciertos parásitos completen su ciclo de vida.
En las plantas, por ejemplo, el calor influye en cuándo crecen, cuánta biomasa producen y qué sustancias químicas contienen sus tejidos. Estos cambios alteran la calidad y cantidad del alimento disponible para los herbívoros, lo que a su vez puede fortalecer o debilitar sus defensas frente a los parásitos. Un ejemplo claro de esta complejidad es la relación entre la mariposa monarca y su parásito especializado, un protozoo que los científicos conocen como Ophryocystis elektroscirrha.
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Cuando las orugas de la mariposa monarca comen hojas que tienen diminutas esporas de Ophryocystis elektroscirrha, estas entran a su cuerpo sin que se note al principio. Allí, el parásito crece mientras la oruga se transforma en mariposa. El problema aparece poco después: las mariposas infectadas suelen vivir menos, ser más pequeñas y volar peor, lo que afecta su capacidad de migrar y reproducirse. Además, cuando ya son adultas, llevan millones de esporas adheridas a su cuerpo. Al posarse sobre nuevas plantas o al poner huevos, dejan esas esporas atrás, contaminando las hojas que comerán después otras orugas. Así, la infección se transmite de una generación a la siguiente y el ciclo vuelve a empezar.
La temperatura ambiental influye directamente tanto en la mariposa como en el parásito, y puede inclinar la balanza a favor de uno u otro. Un nuevo estudio de la Universidad de Georgia publicado en Ecological Entomology sugiere que los parásitos están ganando la “batalla” y que las altas temperaturas podrían estar haciendo que las mariposas monarcas sean más vulnerables a ellos.
Aquí entra en juego un tercer actor fundamental: el algodoncillo, la planta de la que dependen las larvas de la monarca. El algodoncillo produce sustancias tóxicas llamadas cardenólidos, que funcionan como defensa de la planta. Las monarcas han evolucionado para tolerar estos compuestos e incluso almacenarlos en su cuerpo. Curiosamente, estas toxinas pueden ayudar a las mariposas a resistir la infección parasitaria: las orugas que se alimentan de algodoncillos con altos niveles de cardenólidos suelen tener menos parásitos y vivir más tiempo como adultas.
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Sin embargo, no todas las especies de algodoncillo son iguales ni responden igual al calor. La temperatura puede modificar tanto el valor nutritivo del algodoncillo como la cantidad y el tipo de defensas químicas que produce. En algunas especies, el calentamiento aumenta los cardenólidos; en otras, reduce la calidad nutricional de las hojas. Esto crea una situación ambigua: una planta más “medicinal” contra el parásito puede volverse, al mismo tiempo, más estresante para la mariposa, especialmente si el calor es extremo. Por eso, los efectos pueden ser positivos o negativos según la temperatura, la especie de planta y el estado de infección.
El estudio buscó aclarar esta interacción. Los investigadores diseñaron un experimento en el que combinaron parcelas con temperatura normal y elevada, y dos especies de algodoncillo con perfiles químicos muy distintos. Midieron cómo estas condiciones afectaban la supervivencia, el crecimiento, el desarrollo y la infección de las mariposas, así como la calidad nutricional y las defensas químicas de las plantas. La idea era entender si los beneficios “antiparasitarios” de ciertos algodoncillos se mantienen o se pierden bajo temperaturas más altas.
Los resultados muestran que ese “escudo” no es tan confiable cuando sube la temperatura. Aunque el algodoncillo, rico en cardenólidos, suele ayudar a las monarcas a resistir al parásito, este beneficio se debilitó en las parcelas más cálidas. Bajo esas condiciones, las mariposas se infectaron más y toleraron peor la enfermedad: vivieron menos tiempo y pagaron un costo mayor por la infección, incluso cuando se alimentaron de plantas con altas defensas químicas.
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El calor, además, alteró la calidad de las hojas. Las plantas cultivadas a temperaturas más altas contenían más nitrógeno (un nutriente clave), pero este mayor “aporte nutricional” no se tradujo en mariposas más sanas. Al contrario, las monarcas mostraron una menor aptitud general y una mayor vulnerabilidad al parásito. En otras palabras un poco más sencillas, comer hojas aparentemente más nutritivas no compensó los efectos negativos del calor.
“Este experimento demostró que las temperaturas más cálidas hacen que estas plantas pierdan su efecto medicinal para las monarcas. Esto significa que, en zonas donde la temperatura está subiendo, podríamos ver un aumento desproporcionado de las infecciones”, dijo, citada por una nota de prensa, Sonia Altizer, autora principal del estudio y jefa del departamento de entomología de la Facultad de Ciencias Agrícolas y Ambientales de la U. de Georgia. “Esto podría significar que un mundo más cálido podría ser un mundo más enfermo para las monarcas”.
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