En los últimos años, y cada vez con más frecuencia, hay ciertos meses en los que la conversación sobre la calidad del aire en Bogotá se vuelve recurrente. Entre los responsables del deterioro de la calidad del aire que se respira en la capital del país se suele mencionar la materia particulada 2.5, la contaminación generada por los vehículos y algunas fábricas e, incluso, el polvo que se levanta en las vías despavimentadas.
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Ahora, un investigador del Instituto Max Planck (Alemania) y estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia realizaron un estudio que alerta sobre el impacto en la salud pública que está provocando un contaminante del que no solemos escuchar mucho en las noticias: el ozono troposférico. Este ozono (también conocido como ozono a nivel de suelo), sin embargo, no debe ser confundido con el ozono estratosférico, que es el que compone la capa de ozono.
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La Climate and Clean Air Coalition (CCAC), una asociación voluntaria entre gobiernos, organizaciones intergubernamentales y organizaciones no gubernamentales para reducir los contaminantes climáticos de vida corta, lo define como un “potente gas de efecto invernadero y contaminante del aire que es perjudicial para la salud humana, los cultivos agrícolas y los ecosistemas”.
De hecho, entidades como la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) lo califican como el ozono “malo”. Este ozono, explica Daniela Bustos, candidata a magíster en Ingeniería Ambiental de la U. Nacional y una de las autoras del reciente estudio, “no se emite desde los vehículos, sino que surge de reacciones fotoquímicas. En el aire, como resultado de la actividad humana, pero también de procesos naturales, se hallan óxidos de nitrógeno (NOx), así como compuestos orgánicos volátiles (COV), que pueden liberar átomos de oxígeno y, por ende, formar ozono”.
De acuerdo con los autores del estudio, publicado en la revista Earth Systems and Environment hace unas semanas, tras analizar los datos disponibles de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá (RMCAB), de la Secretaría de Ambiente, se registró un aumento sostenido del ozono troposférico en Bogotá entre 2013 y 2023.
En concreto, “los resultados revelan una tendencia al alza constante en las concentraciones de ozono, particularmente en las localidades del norte, oeste y sur, con picos estacionales vinculados a la quema de biomasa y a las condiciones fotoquímicas", aseguran los investigadores.
Este aumento sostenido del ozono “malo”, agregaron los autores del estudio, es responsable del 18.3 % de la mortalidad en adultos mayores de 25 años, afectando desproporcionadamente a zonas vulnerables como Kennedy, Suba y Ciudad Bolívar.
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En este punto, Alejandro Casallas, magíster en Meteorología de la U. Nacional e investigador del Instituto Max Planck, aclara que esta cifra no significa que las personas estén muriendo directamente por inhalar ozono. “Cuando hablamos de que un porcentaje de fallecimientos es ‘atribuible’ a la exposición al ozono, no estamos diciendo que esas personas hayan muerto directamente por este contaminante en un sentido individual o clínico”, agrega Casallas.
La atribución de muertes, advierte el investigador, “es un concepto estadístico a nivel poblacional, que estima cuántos fallecimientos se habrían evitado si la exposición al contaminante hubiera sido menor o inexistente”.
Los autores del estudio aclaran que esta cifra se encuentra dentro de los niveles reportados en otros países, como en México y en Brasil. En todo caso, se trata de una problemática mundial, pues un reporte de las Naciones Unidas, publicado a finales de 2025, reveló que la exposición al ozono troposférico contribuyó a medio millón de muertes prematuras en todo el mundo, y la mortalidad atribuible a este factor aumentó un 46 % entre 2000 y 2019.
En opinión de Daniel Gonzales, del Grupo de Investigación del Instituto de Genética Humana Universidad Javeriana (EpiLab), quien no participó en el estudio, los “hallazgos son muy valiosos, pues permiten dar una mirada a cómo uno de los contaminantes más peligrosos de la salud en el mundo está teniendo consecuencias en la salud de los bogotanos, así como en su mortalidad”.
Un desbalance difícil de controlar
A ojos de Bustos, uno de los elementos que sorprendió fue que las concentraciones de ozono en el aire aumentaron durante la pandemia de covid-19, cuando las emisiones disminuyeron debido al confinamiento.
En detalle, agrega la investigadora, lo que ocurrió durante la pandemia es que hubo menos óxidos de nitrógeno (NOx) disponibles para eliminar el ozono, lo que permitió que este se acumulara en mayores concentraciones en el aire. “Lo que muestra cómo fácilmente se pueden desbalancear las condiciones del aire, con relación a las actividades humanas y con un compuesto precursor que se puede convertir en contaminante a través de reacciones químicas”, sostiene Bustos.
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Los autores del estudio apuntan a que la topografía de la ciudad también influye en la concentración de contaminantes que se registra en la atmósfera. “Bogotá se encuentra en un nivel intermedio, pues su topografía, con la sabana, permite un mayor flujo de contaminantes, a diferencia de ciudades como Medellín. Ahora, también hay condicionantes como la baja ventilación, vientos relativamente débiles, lo que permite que algunos contaminantes permanezcan en los ecosistemas”, agrega Bustos.
Para González, de la Javeriana, existen zonas de la ciudad que están más expuestas por estas dinámicas climáticas. “Por ejemplo, en Usaquén se tiene un mayor flujo de viento, pues estos tienen mayor fuerza de norte a sur. Pero esto impacta también negativamente a ciertas localidades”, afirma.
Esto último es importante, pues los autores del estudio encontraron que, a pesar de un aumento sostenido del ozono troposférico en la capital del país, no en todas las localidades es de la misma magnitud.
“Esta es una de las conclusiones que más nos llamó la atención del estudio, y es que la contaminación no afecta de manera proporcional, sino que impacta en mayor medida lugares como Kennedy, Suba y Ciudad Bolívar, en el que se encontró el riesgo más alto. Esto se debe a que combinan factores sociales como una mayor densidad poblacional, contaminantes y, entre otros, un menor acceso a servicios de salud”, señala Bustos.
Por ejemplo, el promedio de muertes atribuibles al ozono troposférico en Puente Aranda es casi el doble del promedio registrado en la totalidad de la ciudad, según los hallazgos del estudio.
Para los investigadores esto es clave, pues el aumento heterogéneo de este contaminante también “pone de manifiesto la creciente amenaza para la salud pública”, pero genera retos para abordarse de manera adecuada en las diferentes localidades y zonas de la ciudad.
Y es que, si bien el análisis estimó que el 18,3 % de todas las muertes entre personas de 25 años o más entre 2023 y 2023 son atribuibles a la exposición prolongada al ozono, la carga no se distribuye de manera uniforme.
“Los adultos mayores (especialmente en localidades como Ciudad Bolívar, Teusaquillo, Puente Aranda y Kennedy) enfrentan un riesgo desproporcionadamente mayor. Este grupo puede ser más vulnerable debido a una combinación de susceptibilidad biológica, condiciones socioeconómicas, acceso limitado a la atención médica y mayor exposición en barrios densamente poblados o con ventilación deficiente”, apuntan los investigadores.
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Estos hallazgos, aseguran los científicos, “ponen de relieve la urgente necesidad no solo de estrategias locales de salud pública y medioambientales, sino también del desarrollo de modelos predictivos y sistemas de alerta temprana (EWS) que permitan identificar los periodos de alto riesgo y orientar respuestas oportunas y basadas en datos para proteger a las poblaciones más afectadas”.
Frente al primer punto, los investigadores desarrollaron un modelo de aprendizaje automático entrenado con datos meteorológicos y de calidad del aire. Si bien el modelo mostró “un excelente rendimiento a la hora de captar las tendencias diarias de ozono, los ciclos diurnos y la variabilidad general”, puede subestimar los picos repentinos.
A pesar de esto, consideran que “su capacidad para aprender patrones temporales lo convierte en una herramienta prometedora para la predicción operativa del ozono, especialmente en áreas con datos consistentes y una variabilidad moderada de las emisiones”.
Además de los sistemas de alerta temprana, los investigadores consideran que en Bogotá se debería priorizar la implementación de estrategias localizadas de reducción de emisiones (modernizando las flotas de transporte público, entre otras medidas), expandir las zonas verdes urbanas en los barrios vulnerables y establecer programas de comunicación de riesgos a nivel comunitario que estén vinculados a los pronósticos de ozono.
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