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La vida como adorno: el tráfico ilegal que amenaza a la ranas de Colombia

El país tiene más de 800 especies de anfibios. Varias de ellas son extraídas de sus hábitats para ser traficadas de forma ilegal. La idea de que pueden ser simples objetos decorativos sustenta el maltrato, el comercio ilegal y el desequilibrio de los ecosistemas.

G Jaramillo Rojas

09 de abril de 2026 - 07:00 p. m.
La rana Ameerega ingerí tiene lomo oscuro y manchas azules y naranjas en la panza.
Foto: Dahian Cifuentes
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Blas Cárdenas, con su sabia parsimonia, responde por qué protege el monte: “Es mi casa, si no lo cuido, ¿quién más lo hará?”. La verdadera razón, sin embargo, está en su infancia en Santa Cecilia, un corregimiento del municipio de Pueblo Rico, famoso por dos masacres en 1997 y 2025. Desde Pereira, en tres horas de camino, se llega a un paisaje cultural cafetero rodeado de montañas y valles verdes, donde el vapor del café recién preparado se confunde con las nubes. Blas, nacido y criado allí, ha vivido toda su vida en esa frontera entre Risaralda y Chocó, en un territorio donde el río San Juan sustenta a comunidades negras, indígenas y mestizas, con una interacción social tan rica como la naturaleza que los rodea.

De niño, Blas se internaba en el monte durante horas; allí se dejaba fascinar por la fauna y flora adyacente y, cuando bajaba al pueblo, muchos lo consideraban loco por la fantasía de sus relatos. Hoy, a sus 64 años, es un referente en conservación y guardián de la rana arlequín (Oophaga histriónica), que lleva una circunferencia naranja en su lomo como señal de advertencia a sus depredadores: ¡No me toques! La especie, que en los años 90 sufrió una drástica reducción, es víctima del comercio ilegal internacional, que paga hasta USD 800 por animal vivo: solo uno de cada 20 ejemplares extraídos de Santa Cecilia llega a salvo a destino.

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Blas ha presenciado cómo saquean sus montes: muy temprano, en la mañana, “cogedores” capturan las ranas con grabadoras que imitan sus vocalizaciones, las atrapan con guantes quirúrgicos y las guardan en bolsas plásticas apenas humedecidas. En una caminata de tres horas por un monte cercano, Blas encuentra dos machos, a los que llama Panchito y Tranquilo. Los cuida con delicadeza y comparte su conocimiento con niños, pues sabe que la labor pedagógica es vital para proteger la especie. A pesar de no ser biólogo o ecólogo, entiende y enseña más de lo necesario para conservarlas: “Me siento solo en esta lucha”, dice.

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Selva húmeda tropical en Santa Cecilia, Risaralda, Colombia.
Foto: Dahian Cifuentes

Frecuentemente, traficantes de Cali y Medellín lo contactan para ofrecerle dinero por las ranas; Blas responde que ese mismo dinero puede conseguirlo en un día de trabajo como guía en el monte. Él, que no pide nada a la comunidad, vigila y alerta ante movimientos sospechosos, para evitar que las criaturas sean robadas. Aunque la deforestación y la ampliación de la frontera agrícola amenazan a la rana, el mayor peligro que enfrenta es el tráfico ilegal, un negocio cruel y silencioso que Blas denuncia con firmeza, consciente de que la ambición humana no tiene veneno que la detenga.

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En su casa, a las afueras de Tampa, Florida, David (nombre cambiado), de 38 años, hijo de madre estadounidense y padre ecuatoriano, enciende su cámara e insiste en que no quiere problemas con nadie. Lo que hago, afirma, con acento cubano, es trabajar y dedicarme a dos hobbies inofensivos: el básquetbol y las ranas exóticas. Su interés por los terrarios surgió en secundaria, gracias a un profesor que llevaba acuarios con ranas, lagartijas y arañas.

Contactado vía www.dendroboard.com, David prefiere no usar correos y comunicarse solo por Telegram. Desde 2016 es usuario activo en ese foro dedicado a amantes de las ranas, donde participa en temas de cría, salud, comportamiento, alojamiento y compraventa de animales y suministros. La entrada al mercado requiere tiempo: interacción, colaboración y la completa aceptación de la comunidad.

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En el occidente del Valle del Cauca, a una hora de Cali, se encuentra Dagua, un municipio con topografía variada y naturaleza exuberante. Se trata de un pueblo que nunca duerme debido al constante movimiento de vehículos cargados de mercancías. Limita al norte con Buenaventura, ciudad que alberga el puerto más importante del país: una fuente económica para la comunidad, pero también un gran problema social.

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Los habitantes suelen responder “yo no sé nada” ante preguntas sobre seguridad, una forma de autoprotección ante la confusión y el silencio impuesto por el miedo. Aunque conocen cada detalle, prefieren mantener esa apariencia de desconocimiento para protegerse. La historia de violencia en Dagua está relacionada con el conflicto armado, con controles y hostigamientos que han desplazado y aterrado a la población, aunque también, como en muchas otras zonas del país, ha contribuido a conservar un entorno natural que ahora aspira a ser un atractivo turístico.

A 30 minutos en auto de Dagua, en el corregimiento de Atuncela, se extienden colinas, bosques y caminos rurales, en un clima templado. Sus 400 habitantes conviven con una flora y fauna únicas, como la diminuta rana rubí (Andinobates bombetes), que mide solo dos centímetros y es conocida por alojar en el brillo de su piel un veneno leve, auspiciado por vibrantes tonalidades.

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Ányelo Benítez, de 43 años, presidente de la junta de acción comunal y experimentado guía de aves, interrumpe su trabajo de agricultor para mostrar la rana. Bisnieto del fundador del pueblo, conoce cada rincón del territorio y advierte a los visitantes sobre el peligro de las ranitas que, aunque venenosas, no suelen hacer daño a nadie si “se les deja en paz”: esta rana es una joya, la cuidamos no solo porque sea única en el mundo, y muy bonita, sino porque este es su hábitat natural, el mismo de nosotros, y los traficantes acechan por todos lados, explica.

La diminuta rana rubí (andinobates bombetes) mide solo dos centímetros y es conocida por alojar en el brillo de su piel un veneno leve.
Foto: Dahian Cifuentes

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David trabaja en una empresa informática con un salario anual de aproximadamente USD 110.000, que le alcanza con holgura para vivir y disfrutar de sus “hobbies”. Es un ferviente fanático de los Tampa Bay Titans y tiene una habitación dedicada a cuidar 13 ranas provenientes de las selvas colombianas, a las que llama “mis tesoros”: dos Dendrobates truncatus, dos Oophagas histriónicas, dos Oophagas sylvaticas, tres Phyllobates bicolor, tres Oophagas lehmannis y, la más valiosa, una Phyllobates terribilis, la rana más venenosa del mundo.

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Las Dendrobates truncatus costaron USD 130; las Oophagas histriónicas, USD 1.400; las Sylvaticas, USD 700; las bicolor, USD 320; las lehmannis USD 900, y las Terribilis, USD 1.300. En el último año, entre criaturas, acuarios, medidores, sistemas de control, sustratos, plantas, decoración, dietas y literatura especializada gastó más de USD 15.000, una cifra similar a 28 meses de salario mínimo en Colombia.

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A tres horas de Atuncela, por la vieja vía a Buenaventura, se llega a Anchicayá, un territorio selvático a cuyo centro poblado, El Queremal, nadie recomienda ir sin un guía local. Sin presencia estatal y un largo prontuario dentro del conflicto armado, sus montañas albergan especies únicas, como la Oophaga lehmanni.

Desde los 1.450 msnm, por una trocha que fue la única salida al mar desde Cali en los años 80, se despliegan nubes, ríos y quebradas vírgenes, formando un escenario de belleza natural y biodiversidad que abre paso a una de las zonas más húmedas del planeta. La comunidad mantiene vivas sus tradiciones campesinas, arraigadas a la tierra y al silencio.

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Freddy Rebolledo, de 52 años, recibe a su amiga Gloria en su casa, compartiendo un almuerzo de fríjoles, arroz, carne, yuca y plátano cosechados allí mismo. La tarde se nubla, impidiendo buscar la Lehmanni. Al día siguiente, Freddy invita a una caminata por la trocha que bordea la cordillera y un precipicio de 500 metros. En un barranco que solo él conoce se detiene, ajusta sus guantes quirúrgicos, toma su machete y desciende con destreza, regresando cuarenta minutos después con la mano cerrada.

En 1998, en el aeropuerto El Dorado, se incautaron varias cajas con medio millar de ranas destinadas a Europa, siendo la mayoría Oophaga lehmanni, especie que entonces contaba con unos 40.000 ejemplares en Anchicayá. Hoy no supera los 5.000. Freddy trabaja con la Wildlife Conservation Society (WCS), organización fundada en 1895 en Nueva York para proteger fauna y espacios silvestres alrededor del globo.

Colombia, el segundo país más biodiverso del mundo, lleva décadas enfrentando el tráfico ilegal de fauna, principalmente aves y primates. No obstante, en 1998 empezaron a generarse alertas sobre el comercio de anfibios, haciendo tristemente famosa a la Lehmanni. En esa época Freddy recuerda movimientos de extraños en la cuenca del Anchicayá, pero la imperante guerra le impedía indagar a fondo en aquellas presencias. No fue difícil concluir que la recolección de Lehmannis era una fuente rápida de ingreso para algunas familias locales que gravitaban entre la escasez y la pobreza.

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—Conservación con hambre no es posible. Aquí primero hay que sobrevivir, después pensar en el ambiente. Mi trabajo busca equilibrar la supervivencia comunitaria y la armonía con la naturaleza. Soy líder, profesor, guía, biólogo sin título, pero ante todo soy un trabajador de la tierra, un campesino, y por eso me debo a ella, afirma Freddy.

En su mano, la piel negra de la Lehmanni resplandece con estelas rojas. Es una pequeña rana que, con suerte, alcanza los cinco centímetros. Produce complejas toxinas para defenderse. Freddy la trata con cariño, como si fuera su sobrina: tranquila, niña, no te pasará nada. Solo él sabe exactamente dónde encontrarla: a 50 metros, en un kilómetro o en 10, en bajadas cercanas al río o alojada en una planta específica en el pie de la cordillera. Croa como ellas para comunicarles su presencia.

Con WCS, se planea construir un zoocriadero para reponer la especie, duramente golpeada por el tráfico, un desafío que requiere tiempo, investigación y recursos para mantener el diálogo entre belleza y toxicidad en cautiverio, además de crear un ambiente adecuado para su reproducción.

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—No queremos que la rana se comercie, que venga quien la quiera estudiar o ver, que sea en su hábitat natural. Esto genera trabajo y conservación, y solo la naturaleza tiene derecho a recolectar fauna. ¿Quiénes nos creemos para sacarlas de aquí? Es sufrimiento animal y atentado contra el medio ambiente, estas ranas juegan roles pequeños, pero importantes en el equilibrio de esta selva. Nací aquí, en esta selva difícil pero amada. Más abajo, está la Oophaga anchicayensis, también endémica de esta región. Ya pedí permiso para ir: ¿quieren visitarla?

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El 13 de abril de 2019 fueron incautadas 424 ranas (Oophagas lehmannis y Oophagas histriónicas) en el Aeropuerto el Dorado de Bogotá. Iban en una maleta, amontonadas en recipientes de rollos fotográficos, con destino a Sao Paulo, Brasil. El hombre que las transportaba aseguró que un ciudadano alemán le había contratado y comprado los tiquetes.

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David considera que la habitación de sus ranas es un santuario de vida y color único en Florida. Amigos y familiares suelen ir a conversar frente a los acuarios, con snacks y cerveza, sobre temas cotidianos, pero muy pocas veces, o nunca, sobre conservación ambiental o protección de especies. Él afirma: “Soy el guardián de mis ranas, no les falta nada y tienen su propia miniselva. Mi objetivo es tener las más alegres del mundo. No hago negocio con ellas, solo las compro porque son obras de arte naturales”.

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Como coleccionista apasionado, no habla de cautiverio ni maltrato, y asegura desconocer, por decisión propia, cómo se extraen las ranas de sus hábitats naturales y se transportan miles de kilómetros. Ante la palabra tráfico, afirma que todo lo hace dentro de los límites legales de su país y que no es responsable de lo que sucede en los territorios de origen: “Algún vacío legal debe tener Colombia para que las ranas puedan llegar a la puerta de mi casa”, concluye.

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El Artículo 328 del Código Penal colombiano se titula Aprovechamiento ilícito de los recursos naturales renovables: El que con incumplimiento de la normatividad existente se apropie, acceda, capture, mantenga, introduzca, extraiga, explote, aproveche, exporte, transporte, comercie, explore, trafique o de cualquier otro modo se beneficie de los especímenes, productos o partes de los recursos fáunicos, forestales, florísticos, hidrobiológicos, corales, biológicos o genéticos de la biodiversidad colombiana, incurrirá en prisión de sesenta (60) a ciento treinta y cinco (135) meses y multa de ciento treinta y cuatro (134) a cuarenta y tres mil setecientos cincuenta (43.750) salarios mínimos legales mensuales vigentes.

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La Andinobates supatá es una rana que no existía para el mundo hasta que un biólogo la descubrió en 2007, a 80 km de Bogotá. José Gil Acero, con 27 años y recién graduado, encontró varias en una finca local y en pocos días fueron estudiadas en diferentes universidades nacionales. José explica que la defensa del territorio es clave, pues muchas personas se hacen pasar por turistas y lo que quieren es sacar estas ranas para venderlas: desconozco por completo, por ejemplo, cómo algunas lograron ser traficadas hasta Berlín, la capital alemana, dice.

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Supatá, pequeño municipio cundinamarqués, cambió su imagen tras el hallazgo, siendo sede de un festival anual en honor a la rana dorada, símbolo del patrimonio natural del lugar. Se construyen terrarios para educar, pero se oculta su ubicación exacta para protegerlas, aunque algunos critican esta medida. La especie, que en madurez alcanza los 3 cm, exhibe colores llamativos que advierten su toxicidad. Vive en el bosque alto andino, con hábitos fosoriales, en un ecosistema muy específico y diferente al imaginado por los europeos, “que creen que Colombia es un país compuesto en su totalidad por zonas cálidas”, dice José.

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El descubridor dedica horas a localizar una sola rana, usando palitos, sutileza y mudez. Una vez la encuentra, la cuida aplicándole gotas de agua cada tres minutos. Desde entonces, José ha notado que su población ha disminuido de forma dramática. Actualmente trabaja en consultorías ambientales y, aunque su interés original eran las aves, se apasionó por las ranas. Se pregunta cuántas especies desconocidas se han perdido por la deforestación y el uso de agroquímicos, y reflexiona sobre la suerte de haber hallado esta rana cerca de Bogotá, en un territorio ocupado por el hombre desde hace siglos. Aunque colegas le sugirieron que le pusiera su nombre, José la llamó supatá, como su pueblo natal.

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El 10 de abril de 2024, una empresa de encomiendas alertó a la policía colombiana acerca de un paquete con apariencia inusual y peso ligero, procedente del municipio de Itagüí, Antioquia, con destino final en la ciudad de Cali. Dentro de una pequeña botella de gaseosa, se encontraron tres ranas Oophaga solanensis.

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David celebra que las ranas viajen por el mundo, preguntándose si la naturaleza tiene dueños. Piensa en la posibilidad de que, si estas ranas se extinguen en Colombia, los ejemplares que él conserva podrían salvar la especie o ser disecados para un museo. Las ranas le alegran la vida. Aunque recibe críticas, siente que la gente que lo juzga no hace nada por estos animales, mientras él sí está dejando dinero y tiempo. Su interés por las ranas lo llevó a querer viajar por Colombia para conocer los hábitats, pero los conflictos del país se lo impidieron varias veces. Sabe con puntualidad que Colombia alberga 866 especies de anfibios, con 417 endémicas.

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Es el primer día de noviembre en Villagarzón, Putumayo, un pequeño municipio de 25.000 habitantes, con vistas a las cumbres de la cordillera Oriental y la llanura amazónica. Los ríos Putumayo y Caquetá, jóvenes y furiosos, corren hacia su destino inevitable: la engañosa calma del Amazonas. Aunque Quito está más cerca que Bogotá, el orgullo colombiano prevalece, pese a la historia de conflicto armado que ha sembrado miedo dentro y fuera de la región, una región que hoy muestra una realidad más pacífica de lo que se podría imaginar.

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Vista aérea de la selva amazónica, en Villa Garzón, Putumayo.
Foto: Dahian Cifuentes

Durante el día caen siete u ocho lluvias breves, intercaladas con soles intensos. John Jairo Rincón, campesino de 42 años, lidera procesos ambientales en la vereda El Guineo, cerca de Villagarzón. Su finca, Portal del Sol, es una reserva de 95 hectáreas donde se promueve la economía circular que prioriza el cuidado del territorio sobre el dinero. La hoja de coca, que ha sustentado a muchos, ha causado problemas, pero ahora se busca un uso sostenible de todos los recursos naturales, como lo hace John en las habitaciones que construyó para los turistas en medio de la selva.

En la Amazonía colombiana, todos recuerdan la guerra, pero pocos hablan de ella. La familia de John fue desplazada de Puerto Caicedo por el Ejército, que los tildó de “guerrilleros”, sin motivo alguno: víctimas del absurdo que castiga a los campesinos por tener y trabajar la tierra. John recorre los caminos de la selva, protector de cada elemento y, acostado en la orilla de una cascada de diez metros, reflexiona: llegué a esta tierra para descansar, pero pronto entendí mi destino: cuidar toda esta riqueza que me rodea.

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Un biólogo francés que visitó Portal del Sol quedó maravillado al descubrir la rana Ameerega bilinguis, que hasta ese momento se creía que era endémica del Ecuador, un acontecimiento científico extraordinario. La rana, ínfima y muy venenosa, avisa a sus depredadores con colores vivos, pero también sabe engalanar las noches de la selva. John explica que, solo en la noche, se les ve descansando entre las hojas, pese al dinamismo de sus hábitos diurnos: la naturaleza intuye la oscuridad de las intenciones humanas, dice.

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John, experto en aves, distingue decenas de especies con nombres indígenas y científicos. Conoce la flora que protege animales heridos o que se comunica con el entorno a través de raíces que actúan como tambores. Sin embargo, lo que más le impresiona son las ranas, cuyo canto nocturno es una sinfonía poderosa. Recibe visitantes de todo el mundo que quieren explorar la selva y sueña con ver un jaguar: está todo tan mal con el tráfico de animales que dudo que algún día llegue a ver uno vivo y libre, termina.

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El 29 de enero de 2025 una mujer de nacionalidad brasileña que llevaba consigo 130 ranas (Oophagas sylvaticas) en recipientes de rollos fotográficos fue detenida en el Aeropuerto el Dorado. Se dirigía hacia Ciudad de Panamá para conectar con Sao Paulo. La mujer dijo que los individuos se los había regalado una comunidad local del departamento de Nariño.

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La pasión de David por las ranas exóticas trasciende el coleccionismo; la siente como un acto de amor por la naturaleza y una forma de aprender y promover la conservación en un mundo cada vez más amenazado. Diariamente, mientras trabaja en su computadora, no solo cuida su pequeño paraíso, sino que también participa en foros, blogs y mercados virtuales como www.tesorosfrogs.com, www.ourreptileforum.com, www.reddit.com/r/DartFrog/ y www.americanreptiles.com, donde comparte experiencias, descubre nuevas especies y debate con aficionados y expertos. Cuando biólogos cuestionan su hobby, él responde: “¿Cuántas ranas tienes?”, y afirma que la experiencia vale más que la academia. Cada rana que adquiere ha sido seleccionada e investigada cuidadosamente. Para él, no importa el número de ejemplares, sino las cualidades de cada uno. Recibir un nuevo ejemplar y colocarlo en su mini selva de un metro cuadrado, con su piel lustrosa y ojos llenos de secretos, es un “premio que la vida me ha otorgado”.

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Yulfreiler Garavito, de 25 años, es biólogo y docente en San José del Fragua, Caquetá, un departamento marcado por conflictos históricos. Su finca familiar, que también funciona como hotel ecológico, rodea la cordillera de los Andes y la Amazonia central, zonas de gran biodiversidad donde selvas tropicales y bosques andinos se mezclan. Las casas en los árboles y la vida silvestre son su orgullo familiar.

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Desde joven, Yulfreiler exploraba el monte en busca de animales, con mochila, libreta y cámara. Su pasión por las serpientes y su admiración por “el cazador de cocodrilos”, Steve Irwin, reforzaron su amor por la naturaleza. En una de sus cotidianas expediciones, vio por primera vez una rana, supuestamente endémica del Ecuador, que convirtió en su obsesión y tema de tesis universitaria.

En una finca cerca del río Fragua Chorroso, con cautela, busca una Ameerega ingerí. La encuentra: diminuta, con lomo oscuro y manchas azules y naranjas en la panza, por donde segrega una sustancia que, al contacto con la piel humana, puede ocasionar graves quemaduras o irritaciones. La presencia de estas ranas en el mercado negro internacional le preocupa, pues su origen es difícil de rastrear más que nada porque está asociado a otros tráficos, como los de drogas y armas.

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Superficie ventral de la Ameerega ingerí, que mide 3 centímetros.
Foto: Dahian Cifuentes

Al día siguiente, en Belén de los Andaquíes, un municipio con amplia historia de violencia, Yulfreiler busca la rana dardo de Zimmerman en una zona controlada militarmente. La caminata por la espesa vegetación es ardua, pero al llegar, con delicadeza, señala bromelias donde puede estar la rana. Tras buscar por una hora, encuentra una Ranitomeya variabilis, con colores vívidos, circenses, y un comportamiento singular: transporta sus renacuajos a las bromelias para alimentarlos y protegerlos de la deforestación y la agricultura, sus principales amenazas, después del tráfico ilegal.

De regreso en San José, reflexiona sobre la escasez de apoyo para investigar y proteger especies en Colombia. Mientras termina una cerveza, comenta cómo algunos institutos privados financian investigaciones, pero los gobiernos apenas aportan a la conservación desde el discurso. En un local cercano, un hombre paga dos hamburguesas con dólares, y Yulfreiler concluye: “Aquí está el dinero de la coca, pero para la biodiversidad, nada”.

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Nota: Iván Lozano Ortega es zootecnista y gerente de Tesoros de Colombia, una empresa fundada en 2006 que usa el discurso de la conservación de la biodiversidad y la lucha contra el tráfico ilegal de especies, especialmente anfibios amenazados. La empresa, además, cuenta con permisos expedidos por la ANLA (Autoridad Nacional de Licencias Ambientales) para la zoocría comercial. Aunque todos los entrevistados para esta investigación manifestaron conocer la empresa (incluso en foros de www.dendroboard.com aparece Tesoros de Colombia como un gran proveedor de anfibios para Estados Unidos y Europa), la mitad de ellos afirmó conocer, de una u otra forma, la figura de Iván Lozano, quien fue conectado por medio del buzón de contacto de la página www.tesorosdecolombia.com para una entrevista que no se logró concretar. Sí se pudo conversar con un trabajador del zoocriadero ubicado en Nocaima, Cundinamarca, quien aseguró que tenía absolutamente prohibido revelar algún tipo de información de la empresa y menos si los interlocutores eran periodistas. La entrevista, de haberse dado, habría permitido a esta investigación poner sobre la mesa una serie de polémicas, cuestionamientos y dudas a propósito de las influencias y procederes de la empresa que, según algunos entrevistados, ha tenido presencia y extracciones no devueltas en varios de los lugares aquí mencionados.

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*Esta investigación fue financiada por el Pulitzer Center.

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Por G Jaramillo Rojas

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