Segunda entrega

Mujeres visibles en la preservación del medio ambiente colombiano

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En Colombia, miles de mujeres trabajan por preservar sus ecosistemas e impulsan estrategias, desde diversos sectores, para frenar los efectos del cambio climático. Estas son algunas de las mujeres que han trabajado por el ambiente del país y, junto a ellas, en el mundo hay miles de lideresas afros, indígenas y campesinas que luchan día a día por esta causa.

En marzo de 2004, luego de que la dirección de Parques Nacionales Naturales estuviese al mando de Juan Carlos Riascos, Julia Miranda asumió el cargo. “Esto no me puede estar pasando a mí, es como un sueño (…) ¡Los Parques Nacionales me han robado el corazón!”, recuerda Julia para el libro Mujeres que cuidan la naturaleza. Desde ese marzo, Julia se convirtió en la protectora de los Parques Nacionales, que equivalen al 12 % del territorio nacional. (Lea: Mujeres a la cabeza de los temas ambientales de Colombia)

Durante los 16 años que cuidó las áreas protegidas, se declararon ocho nuevas reservas y se duplicó el tamaño de Chiribiquete, siendo el parque nacional más grande del país. Confiesa que nunca se ha sentido cuestionada por ser mujer durante sus años como directora. “Hay muchas mujeres aquí, es un trabajo duro que implica estar fuera de la casa mucho tiempo: las jefas de los parques y de terreno sí que la tienen difícil”, añade a la publicación.

Como Julia, son muchas las mujeres que están detrás de una transformación sostenible y la preservación de los ecosistemas del país. Y aunque es cierto que cada vez más sus voces, experiencias y necesidades son escuchadas en la toma de decisiones relacionadas con el medio ambiente y la gestión de recursos naturales, aún falta mucho para garantizar su plena participación en estos espacios. En Colombia, poco a poco, se ha ido abriendo el panorama. En el Ministerio de Ambiente, por ejemplo, el 50 % de las personas que están a cabeza de los equipos son mujeres.

Miles de mujeres trabajan por preservar sus ecosistemas e impulsan estrategias, desde diversos sectores, para frenar los efectos del cambio climático. Estas son algunas de las mujeres que han trabajado por el ambiente del país y, junto a ellas, en el mundo hay miles de lideresas afros, indígenas y campesinas que luchan día a día por esta causa. Estas son sus historias.

Matilde Ceravolo: “Para mí, trabajar en Colombia ha sido un lujo”

“Tenía ocho años cuando, en el aeropuerto de Bruselas, vi un panda blanco con negro, era gigante. Ese animal llamó mi atención. Mi papá nos explicó a mi hermana y a mí que era el logo de WWF, una ONG ambientalista. Luego nos inscribió a la organización y recibíamos un periódico en el que nos fueron explicando más temas, como las especies en peligro”, recuerda Matilde. Desde ese momento, trató de abanderar las causas ambientales.

En el colegio comenzó a vender unos sellos —los que se usaban para enviar correos postales— de una colección que traía las especies de los animales en peligro de extinción. El dinero que recaudaba era para conseguir fondos para WWF. A la recolecta de fondos se sumó la consciencia ambiental, que siempre fue inculcada en su casa. “Mi mamá siempre nos educó así. Conocíamos la importancia de los ecosistemas y cómo separar los residuos”, dice. (Puede leer: Las mujeres visibles en la defensa del medio ambiente)

Estudió Economía para el Desarrollo y Cooperación Internacional, una carrera que le abrió las puertas en la Unión Europea. Allí ha podido desempeñarse en diferentes roles, pero siempre, resalta, muy enfocados en temas de derechos humanos y gestión de conflictos. Hace cuatro años, cuando llegó a ser la jefa adjunta de cooperación de la UE en Colombia, empezó de nuevo en los temas ambientales.

“En Colombia se me juntaron mis dos pasiones: la profesional y la que tenía desde pequeña por la conservación. Colombia me ha abierto los ojos. Ha sido una labor enriquecedora; la gente es comprometida e innovadora en buscar soluciones para hacer funcionar las cosas de forma sostenible”, señala. Lo que más ha disfrutado en estos cuatro años es poder recorrer paisajes como el Parque Nacional Macuira, en La Guajira, y dialogar con las comunidades.

Jimena Puyana: su amor por las aves la llevó a ser ecóloga

“De pequeña, me la pasaba con mis primos y mis hermanos durante las vacaciones en la casa de mis abuelos. Una casa rural en Nariño, rodeada de montañas, de árboles, con pájaros. Ahí comienza una sensibilidad especial por la naturaleza, por el aire libre. Además, mi hermano es un caminante de alta montaña muy bueno y siempre acampábamos. Y mi papá siempre tuvo trabajos relacionados con el desarrollo rural”, cuenta Jimena.

Y aunque siempre tuvo una conexión cercana con la naturaleza, decidió irse a los 16 años a estudiar Economía en Bogotá. Entre los números y las clases de economía se coló una materia que le llamó la atención: economía ambiental, una clase en la que pudo ampliar su interés por el manejo de recursos naturales. “Sentía que me faltaba profundizar un poco más y entender más. No era suficiente lo que estaba aprendiendo como economista ambiental y decidí empezar a ser guardaparque voluntaria”, añade.

En sus vacaciones, Jimena se dedicaba a ser guardaparque. Uno de sus viajes fue a Planada, una reserva en Nariño. En la expedición conoció a un grupo de investigadores que trabajaba en el análisis de aves, en entender su biología y biogeografía. “Me fascinó. En mis tiempos libres siempre me iba con ornitólogos a aprender de ellos. Empecé a estudiar Ecología y seguí en Economía”, señala. Su tema de estudio siempre fueron las aves.

Empezó a trabajar en el Instituto Humboldt en temas de áreas protegidas, mientras era voluntaria en asociaciones ornitológicas. Y, durante su maestría, en Inglaterra, encontró un enlace para poder inscribirse a la ONU. La entrevista la hizo en Colombia y, desde entonces, trabaja de gerente nacional de Desarrollo Sostenible del PNUD, donde lidera diversos proyectos ambientales, como la adaptación de La Mojana al cambio climático. (Le puede interesar: Las mujeres mojaneras, lideresas en la adaptación al cambio climático)

Carolina Jarro, es la protectora de la biodiversidad y los parques nacionales de Colombia

“Nací en Nobsa, Boyacá. Una tierra que me permitía tener un contacto permanente con las montañas, los ríos y el campo. Un ambiente que me llevó a interesarme por los temas ambientales. A eso, se le sumó que mi papá siempre estuvo cercano a temas de conservación. Una mezcla que me fue marcando”, asegura Carolina. Motivada por esa pasión, entró a estudiar Biología en la Universidad Nacional.

Durante sus estudios, comprendió que le gustaba más todo lo que estuviese relacionado con la conservación de los ecosistemas y entendió que la Ecología era una carrera más afín a sus gustos. Trabajó en temas ambientales en el SENA, donde lideró la gestión de un proyecto para empezar a mejorar el manejo de una cuenca hidrográfica. También estuvo en iniciativas de reforestación y restauración de áreas afectadas. (Podría leer: Mujeres y niñas, las más afectadas por la degradación del medio ambiente en Colombia)

Tras su paso por el SENA, Carolina conformó el equipo del Jardín Botánico de Bogotá, donde coordinó la línea de restauración y conservación. “En un trabajo en el Distrito, fui directora de control y seguimiento ambiental; un cargo que me permitió conocer más de cerca cómo funciona la ciudad, los ecosistemas grises, entender un poco más la dinámica productiva y los actores que afectan la atmósfera y el medio ambiente humano”, dice.

Ahora es la subdirectora de gestión y manejo de áreas protegidas de Parques Nacionales Naturales, una entidad a la que regresó en 2010. Desde allí contribuyó en la declaración de cuatro nuevas áreas protegidas y amplió el área de protección del santuario de Malpelo. También aceleró, ordenó y promovió el sistema de registro de zonas protegidas desde la sociedad civil. Así, Carolina se ha transformado en la guardiana de las áreas protegidas del país.

Elizabeth Taylor se convirtió en la guardiana de San Andrés y Providencia

“Nacer en una pequeña isla, en la mitad del océano, es un privilegio que no todas las personas tienen. Fui afortunada al nacer en Providencia, rodeada de mar, de corales, de manglares. Desde niña, el mar era lo que más me apasionaba. Hacía cualquier cosa por aprender a nadar o estar dentro del mar. Me sorprendía ver la vida dentro de él”, recuerda Elizabeth. Al terminar el colegio, se fue a Bogotá a estudiar una licenciatura en Física y Matemática.

Mientras estudiaba su licenciatura, el amor por la Biología Marina seguía latente. En cuarto semestre se inscribió en esta carrera. Cuando estaba haciendo su tesis, Nataly, su sobrina, iba al patio a buscar cualquier animal para que su tía lo estudiara. Elizabeth y su gran amiga de la universidad, quien falleció en un accidente, le compraron botas de caucho y una tabla como la que usaban en sus estudios. En la actualidad Nataly es bióloga marina.

En 1993, con la creación del Ministerio de Ambiente, comenzaron a operar las Corporaciones Autónomas Regionales. En 1995 Elizabeth pasó a ser la coordinadora de la oficina de Coralina en Providencia, la autoridad ambiental del archipiélago. “Así inicié con el activismo. Cuando empezaron a sonar los megaproyectos, nos capacitaron en todos los mecanismos de acción ciudadana. Así fue como se creó el Parque Nacional McBean Lagoon”, añade. (Lea también: Campesinas y campesinos que cuidan los bosques en Caquetá)

Consiguió que se reconociera a San Andrés, Providencia y Santa Catalina como el área marina protegida más grande del Caribe y detuvo, con aliados estratégicos, la explotación de petróleo en la Reserva de Biosfera Seaflower; la Unesco la premió por su gestión al frente de esta reserva. En 2016 se convirtió en embajadora de Colombia en Kenia y ahora, tras el devastador paso del huracán Iota, regresó a su isla para emprender proyectos de restauración.

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