En el último consejo de ministros que hizo en la noche del martes, el presidente Gustavo Petro anunció que aprobaría la declaratoria de “situación de desastre nacional” para poder enfrentar las emergencias que causará el fenómeno de El Niño. La decisión, añadió Javier Pava Sánchez, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), se había tomado durante el Consejo Nacional de Gestión del Riesgo.
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Aunque, por el momento, no se ha publicado el decreto (o los decretos) que detalla qué incluirá esa declaratoria, Petro ordenó trasladar COP 4 billones (pesos) a la UNGRD para sortear El Niño en los próximos meses. Según el último boletín de la NOAA (la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos), hay un 97 % de probabilidad de que persista hasta mediados de marzo del próximo año.
Siempre que empieza a haber señales de que puede haber un “Niño”, quienes le siguen la pista a este fenómeno de variabilidad climática empiezan a inquietarse. El profesor Germán Poveda, PhD en ingeniería Recursos Hídricos, lleva estudiándolo desde la década de 1990 y suele tener en su memoria una lista larga de sectores que resultan perjudicados por El Niño. Ninguno se salva, dice.
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“Un bajo nivel de los embalses; menos agua para generar energía eléctrica; más incendios forestales; unas consecuencias muy graves para la agricultura, la ganadería, la pesca; impactos en la calidad del aire; incremento de enfermedades respiratorias e intensificación de enfermedades transmitidas por vectores como zika, dengue, malaria y chikungunya”, son algunas de las repercusiones que menciona.
Él solo espera que, tras décadas de repetir el mismo discurso, El Niño no nos agarre “con los calzones abajo”, porque esta vez puede ser a otro precio. La situación que están observando en el Océano Pacífico varios centros de investigación en diferentes partes del mundo no se parece mucho a lo que ha sucedido en otros “Niños”.
Justo allí, está la región Niño 3.4, que es la principal área donde los científicos recopilan datos para monitorear el avance de El Niño. Las anomalías de la temperatura superficial del mar de esa zona —que se puede observar en la siguiente gráfica— les dan señales de lo que se avecina.
Esas anomalías, indica la NOAA en el boletín del 20 de julio, muestran que la temperatura está por encima del promedio en el Pacífico Central y Oriental. Qué tan anómalas son es lo que tiene a más de un investigador con los pelos de punta.
Una gráfica que compartió el matemático Eliot Jacobson, elaborada por Climate Reanalyzer, un portal construido por el Climate Change Institute y la Universidad de Maine, muestra la particularidad de ese escenario. Como lo detalla esta imagen, en ella se pueden ver las “desviaciones estándar” de las temperaturas en el área Niño 3.4, respecto al promedio que ha habido entre 1991 y 2020.
Para decirlo de manera muy sencilla, esa “desviación estándar” muestra que estas últimas semanas ha habido un comportamiento muy inusual frente a la media histórica.
El profesor Poveda, que también ha hecho parte del IPCC —el grupo de científicos de más alto nivel que ha estudiado el cambio climático—, lo pone en términos más fáciles de entender: “Esos valores positivos quieren decir que la temperatura del mar es mucho más caliente respecto al promedio histórico. Y que haya ‘3.5 desviaciones estándar’ por encima de ese promedio significa que hay anomalías muy, pero muy fuertes”.
La línea roja representa esas anomalías.
Todos los modelos conducen a un mismo punto
El boletín que publicó la NOAA el 20 de julio indicaba, como ya lo sabíamos, que hay un 81 % de probabilidad de que se presente un fenómeno de El Niño “muy fuerte” durante el período de octubre a diciembre. También tenía un mensaje claro: está posicionándose como uno de los eventos más intensos en el registro histórico.
“Las previsiones sobre la temperatura de la superficie del mar ya sugieren que este fenómeno de El Niño superará los eventos históricamente más intensos registrados, posiblemente por un amplio margen. Dichos eventos ocurrieron en 1877-78, 1888-89, 1972-73, 1982-83, 1997-98 y 2015-16”, sintetizó en un texto en The Washington Post el meteorólogo Ben Noll.
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Para pronosticar qué tan intenso puede ser El Niño y saber cómo va a ser su comportamiento, entidades como la NOAA construyen modelos en los que integran diversas variables. La subdirectora de Meteorología del Ideam, la teniente coronel Carolina Rueda, le sigue la pista a varios, entre ellos al International Research Institute for Climate and Society.
En uno de los últimos gráficos que publicó, ese centro reunió los modelos (tanto estadísticos como dinámicos) que han hecho más de veinte institutos y agencias en varios lugares del mundo. Entre ellos, el Australian Community Climate and Earth (de Australia), el Beijing Climate Center (China); el Meteorological Service of Canada; el Japan Meteorological Agency (Japón) o el United Kingdom Met Office System (Reino Unido), entre otros.
Como se puede observar en la siguiente gráfica, casi todos coinciden en que la anomalía de la temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4 del Océano Pacífico estará 2,5 °C por encima del histórico, según los modelos estadísticos (línea verde), pero podría alcanzar un pico de hasta 3,1 °C de acuerdo al promedio de los modelos dinámicos (línea roja). Eso quiere decir que, incluso, en el más conservador de los casos, habrá un fenómeno de El Niño “muy fuerte”.
Dicho de otro modo, hay consenso entre los científicos de que será un evento severo extraordinario, cuyo pico será entre “septiembre-octubre-noviembre” y “octubre-noviembre-diciembre”.
Rueda, del Ideam, recuerda, sin embargo, que no solo hay que observar el “pico” de ese fenómeno sino qué tan prolongado puede ser. Sugiere fijarse también en la parte final de la curva que muestra hasta qué fecha podría ir El Niño. Si dura unos ocho meses más, como lo están sugiriendo los modelos, ella cree que, al final del período, Colombia puede estar en aprietos.
Lo otro que le ha sorprendido de lo que está ocurriendo en esta oportunidad es que El Niño haya alcanzado unos niveles de intensidad tan altos en un tiempo tan estrecho.
Todos son elementos que están trasnochando a Sandra Vilardy, exviceministra de Ambiente y profesora de la Universidad de los Andes. La disminución de lluvias que causa ese fenómeno en las regiones Andina, Caribe y Pacífico va a afectar a todos los ciudadanos si no se toman medidas pronto y se coordinan todas las autoridades municipales, departamentales y nacionales.
Lo que más le preocupa es el suministro de agua, pero también aquellos trabajadores informales que estarán expuestos a altas temperaturas en la calle. “El calor extremo significa vender menos, trabajar más despacio, agotarse más y aumentar los riesgos de deshidratación y golpes de calor; mientras disminuyen los ingresos para sostener a sus familias”, escribió en su última columna en El Espectador.
Incluso, dice, va siendo hora de que los colegios se replanteen cambiar el horario de algunas clases, como de educación física, y que los centros de salud se pongan pilas para casos que pueden ser rutinarios como quedarse sin energía, clave para almacenar algunas medicinas y vacunas. Es esencial y urgente, añade, que haya un “plan B” para los agricultores.
Los siguientes mapas muestran esa realidad. Son elaborados por el Ideam y están construidos con datos históricos de lo que ha significado El Niño en Colombia. Aunque, como insiste Rueda, cada “Niño” es muy diferente y está atravesado por más condiciones meteorológicas, estos mapas son una aproximación de las regiones que resultarán afectadas con la disminución de las lluvias.
El de la derecha refleja, de manera muy general, lo que puede pasar si llega, como parece que sucederá, un fenómeno en la categoría de “muy fuerte”.
Tanto ella como Poveda sugieren, sin embargo, tener los ojos puestos en los datos que se vayan a publicar en los próximos meses y que mostrarán con más certeza cuál podría ser la evolución de El Niño.
Poveda solo espera que esta vez no se repita lo que él llama el “ciclo hidro-ilógico”, una palabra que inventó para resumir lo que sucede cada vez que se hacen advertencias sobre la llegada de El Niño y vuelven a prometer recursos y “vuelve a pasar lo mismo”.
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