13 Dec 2018 - 2:00 a. m.

Sí es posible convivir con jaguares y pumas

La mayoría de los campesinos de las montañas de Antioquia, en las cuales habitan pumas y jaguares, ven en estos felinos una amenaza. El proyecto “Huella Viva”, liderado por la Fundación Grupo Argos, busca implementar estrategias para que los habitantes de la zona se adapten al comportamiento de estos animales.

Redacción Bibo

María Valvanera Henao, una campesina de la vereda San Antonio, en las montañas del oriente antioqueño, cuenta que su temor a los felinos salvajes, sobre todo a los pumas y a los jaguares, la llevó a plantearse la posibilidad de abandonar su finca, para así poder alejarse de ellos. No solo los consideraba una amenaza para su integridad y la de su esposo, Octavio Londoño, sino también para sus animales, sobre todo sus caballos. Dos de ellos murieron a comienzo de este año, aunque aún desconocen qué clase de felino los atacó. 

La pérdida de esos dos equinos, su único medio de transporte, hizo que atravesaran por una crisis financiera. Para reponerse, esta pareja de esposos decidió vender el ganado bovino que tenía. Aunque lograron recuperarse económicamente, no lo hicieron del todo psicológicamente. (Puede leer: Cinco ideas para proteger la biodiversidad)

Dice que pasaba las noches en vela y su esposo tenía frecuentes pesadillas con el ataque. No podían conciliar el sueño por el temor de que sus animales fueran atacados, y cuando lo conseguían, los caballos restantes no la dejaban dormir, relinchaban y galopaban por todo el monte. No quería repetir ese susto, por eso empacó sus cosas y, cuando estaba a punto de abandonar sus tierras, se enteró de un proyecto que prometía que sí era posible convivir con los felinos salvajes, entre ellos los pumas y jaguares que la tenían tan atemorizada.

María vio en aquel programa su última alternativa. Un poco incrédula escuchó de qué trataba el esquema y cómo iba a ser esa ayuda. Conoció a Huella Viva, una alianza público-privada entre la Fundación Grupo Argos, Cementos Argos, Celsia, la Fundación Amazonas, Cornare y el Instituto Humboldt, como aliado en su primera fase.

“La conservación del jaguar y el puma es importante porque aseguran el equilibrio ecosistémico. Por ser grandes depredadores, su función en el ecosistema es regular las poblaciones de otras especies de mamíferos y aves”, aclara Angélica Díaz, investigadora del Instituto Humboldt.

Esta iniciativa busca, desde hace un año, promover la conservación de la naturaleza para el bienestar de las comunidades locales, a partir de la gestión integral del territorio. Además se enfoca en tres temas clave: la protección del recurso hídrico, la biodiversidad del territorio y el conflicto de los felinos con los campesinos de la región.

“Los seres humanos hemos convivido con estas especies a través de la historia. Sin embargo, el impacto de las actividades humanas se ha ido incrementando y como consecuencia se ha reducido su hábitat, la abundancia y diversidad de sus presas. Convivir con los grandes felinos significa cambiar algunas prácticas de manejo de los sistemas productivos, sin afectar las ganancias económicas, para favorecer la conservación de la biodiversidad”, añade Díaz.

Las zonas elegidas para esta fase inicial fueron las cuencas Samaná Norte, Cocorná y Nare, en las cuales cinco familias del oriente antioqueño, entre ellas la de María, se verían beneficiadas. El objetivo era que aplicaran, de manera exitosa, estrategias en sus fincas para conseguir adaptarse al conflicto generado entre humanos y felinos, por depredación de sus animales. (Lea: Rompiendo el mito del oso dañino de la montaña)

Diana Morales Betancourt, especialista en Biodiversidad y Conservación Ambiental de la Fundación Argos, explica que estas estrategias consisten en técnicas de ahuyentamiento, que son la mezcla de emisión de luz con simulación de movimiento; técnicas de mitigación, basadas en la infraestructura que evitan la depredación por felinos salvajes; y modelos integrados de producción para la restauración de áreas degradadas, como por ejemplo las huertas orgánicas, ganadería regenerativa y ecoturismo.

Los predios debían cumplir con unos requisitos y Cornare se encargaba de evaluarlos. Entre ellos estaban la identificación del conflicto humano-felino, a partir de reportes de incidentes, el impacto de dicha situación en la economía de la finca, los tipos de sistema de producción que se manejan allí, la proporción de bosque, entre otros. La mayoría de las condiciones las cumplía la finca San Antonio, de la cual María y su esposo Octavio son propietarios.

Lo primero que hicieron en este predio fue construir una pesebrera para guardar los caballos en las noches y prevenir un posible ataque. Posteriormente, levantaron alrededor de la finca una cerca eléctrica para proteger a los animales domésticos. Y, finalmente, consolidaron un sistema de iluminación solar, ubicado en el techo de la pesebrera, para ahuyentar a los pumas y jaguares.

“Con todo lo que nos ha brindado Huella Viva para nuestra finca, nos abrió la posibilidad de sembrar café y una huerta orgánica para nuestro sustento. Nos estamos adaptando más al campo. Nos alegramos de ver a estos felinos en las cámaras, no sabíamos que existían en estas zonas tanta variedad de fauna. Son maravillosos, como un adorno para el monte”, relata María.

Pero María y Octavio no son los únicos habitantes del oriente antioqueño que se han visto beneficiados con este proyecto. A Román Jiménez, propietario de la hacienda Paujil, uno de estos felinos le mató el año pasado a tres bovinos. Por eso decidió implementar nuevas técnicas. Comenzó cambiando la raza de su ganado, lo hizo por las Romosinuano, una especie criolla. Y, posteriormente, con Huella Viva, se convirtió en uno de los abanderados del pastoreo de ultra alta densidad, más conocido como el PUAD.

“Buscamos en esto una alternativa al pastoreo que fuera rentable. El beneficio es obtener el mayor provecho económico por hectáreas. Realmente se puede empezar con muy bajo costo y se trabaja principalmente con cercas móviles, cercas eléctricas y unos palitos de fibras, con los que diariamente se hacen los movimientos del ganado”, relata Román.

Como en la finca de María, en la de Román también se implementaron cercas eléctricas, un sistema de iluminación y cámaras trampa, con las que se busca detectar la especie de felinos que ronda la zona. Sin embargo, esta finca, la Hacienda El Paujil, con 256 hectáreas es la más grande del proyecto, por lo que fue necesario buscar otras medidas. (Lea también: Hoy es el primer Día Internacional del Jaguar)

“En la expedición a este predio se registraron 371 especies de fauna y flora (167 de plantas, 124 de aves, 28 de mariposas, 16 de anfibios y reptiles, 14 de peces, 12 de mamíferos y 10 de escarabajos), lo que nos permite entender cómo la conservación de la biodiversidad es posible bajo un enfoque de manejo regenerativo”, revela el informe de la Fundación Argos. Por esta diversidad, en Hacienda El Paujil se implementarán senderos por el bosque para impulsar, a futuro, el turismo ecológico.

Las cinco familias que hacen parte de este plan piloto debieron firmar unos acuerdos en los que se comprometieron a garantizar la conservación de la biodiversidad de las zonas donde viven. Este Acuerdo de Conservación, como lo cataloga la Fundación, formaliza el compromiso que asumen los representantes y reafirma la participación e implementación de estrategias para que puedan adaptarse y convivir al comportamiento de estos felinos.

La tarea que emprendió hace un año Huella Viva no es fácil. Abarcar la protección y restauración de un territorio conformado por 32.000 hectáreas, en la cual hay zonas de alta montaña y valles productores de ganado, es una labor que se debe ir puliendo día a día. Como dice Diana, “garantizándoles la vida a estos felinos se asegura la protección de todo el ecosistema en el que habitan”.

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