Se ha preguntado ¿cuánto tardarían sus allegados en notar su ausencia? o ¿ha reaccionado al notar comportamientos que podrían ponerlo en riesgo en el transporte en Bogotá? Estas son las preguntas de un grupo de expertos en criminología de la U. Manuela Beltrán, que estudiaron las conductas que podrían terminar en desapariciones. Los resultados indican que la percepción de que una persona pueda desaparecer en la capital es alta, pero los riesgos asociados con redes sociales parecen minimizarse.
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El asunto es que, si bien, hacer uso de plataformas digitales no debería ser sinónimo de “banderas rojas” en Bogotá, en muchos casos, todo comienza ahí: desde la historia de un joven que, al pactar una cita, lo retuvieron y lo asaltaron, hasta desapariciones que siguen sin resolverse. Si bien, Medicina Legal indica que en el país se registra una disminución progresiva de estos reportes, al pasar de 6.990 en 2022 a 5.397 en 2025, la preocupación se concentra en la capital.
Acá también hubo disminución (de 2.385 en 2024 a 2.279 en 2025), pero la cifra preocupa al concentrar cuatro de cada 10 casos en el país. A este panorama se suman recientes casos de inseguridad que refuerzan la necesidad de una mayor profundización. Por ejemplo, saber que las personas entre 29 y 59 años son quienes más desaparecen (32%), seguidos de menores, entre 12 y 17 años (31 % ).
Precauciones vs. riesgos
La investigadora Marcela Parra, de la U. Manuela Beltrán, explica que el estudio surgió tras identificar cifras alarmantes en la ciudad: “Identificamos que acá ocurre casi el 40% de las desapariciones del país”. Ese punto llevó al equipo a analizar los hábitos cotidianos de jóvenes y adultos jóvenes, frente al contacto con desconocidos, el uso de transporte, las dinámicas en redes sociales y los patrones de comunicación con familiares, que elevan el peligro.
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Uno de los datos relevantes, relacionados con el riesgo en medios de transporte, fue que el 68 % de las personas, “así se sientan en riesgo no le dicen nada al conductor, por evitar una confrontación, ni le comunican a algún familiar”. Otro hallazgo es que el 30 % admitió haber salido con alguien que conoció por redes sin avisarle a un amigo o familiar, lo que evidencia una combinación riesgosa: interacción digital y encuentros furtivos, sin alertar a terceros de confianza. A esto se suma una percepción distorsionada del riesgo: el 20 % cree que una desaparición “no le podría ocurrir”. Para Parra, esta minimización es parte del problema.
Un caso reciente es la desaparición de Sara Bolaños, de 13 años. Su familia se mantiene en vilo desde el 23 de febrero cuando salió de su casa, en el barrio Santa Isabel, de Los Mártires, y no regresó. Cámaras de seguridad la captaron al día siguiente ingresando a Transmilenio, pero se desconoce su ubicación.
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La menor llevaba tres semanas en su nuevo colegio, tras haberse trasladado desde Soacha. No había antecedentes de fuga ni señales de una posible desaparición. Mientras las autoridades continúan la investigación, la incertidumbre crece. Este caso ilustra otra revelación del estudio: la normalización de conductas que, en apariencia, no son perniciosas, pero podrían cambiar el rumbo de estas historias.
Por ejemplo, que el 43 % de encuestados puede pasar horas incomunicado sin generar alarma, normalizando un patrón de “desconexión”, algo riesgoso en un contexto donde las primeras 24 horas son clave en el desenlace de una historia de secuestro o desaparición. En el caso de Sara, su ausencia se detectó cuando su padre regresó del trabajo en la noche y notó que no estaba. La normalización de periodos de desconexión advierte la investigadora, retrasa acciones en momentos clave.
La experta indica que, en desapariciones, las primeras 24 horas suelen ser determinantes. Sin embargo, en este caso, la confirmación de que la menor ingresó a Transmilenio solo se obtuvo días después. “Al principio pensamos que conociéndola, no creo que se haya ido por su voluntad. Ella es una niña tranquila, siempre pendiente de nosotros”, dijo la madre de Sara. “Es muy preocupante que en la ciudad de Bogotá”, añadió la investigadora, “ del total de los desaparecidos que hubo el año pasado, a 1.000 las encontraron con vida, pero el resto son personas desaparecidas de las que no tenemos ningún dato”.
En ese sentido, las campañas que recomiendan desde la óptica de estos resultados, es “dejar de centrarse en el miedo, para enfocarse en esos hábitos que fortalecen su seguridad, como, por ejemplo, avisar siempre a alguien de confianza antes de algún encuentro; compartir ubicación en tiempo real cuando se realicen citas, sobre todo con personas desconocidas o en algunos trayectos desconocidos.
Algo clave es verificar las placas en el transporte que se solicita por aplicaciones, incluso en sitios autorizados”, cerró. De esta manera, los riesgos que rondan y nos hacen vulnerables ante este delito, se podrían contrarrestar.
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