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Día de los humedales en Bogotá: las deudas que no se saldan en medio de las conmemoraciones

Mientras se destacan avances oficiales, expertos alertan que los problemas estructurales siguen intactos en un bucle de intervenciones sin soluciones de fondo.

Camilo Tovar Puentes

02 de febrero de 2026 - 05:29 p. m.
El Humedal el Burro (Kennedy) es un refugio vital para numerosas especies de fauna y flora. Fue declarado como Parque Ecológico Distrital de Humedal en 2004 y cuenta con una extensión aproximada de 18,84 hectáreas. En este ecosistema se han encontrado diversas especies de fauna como patos zambullidores (Oxyura), tinguas (Rallidae), monjita cabeciamarilla (Chrysomus icterocephalus), pisingo (Dendrocygna autumnalis), entre otras.
Foto: IDT
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Cada 2 de febrero, en el Día Mundial de los Humedales, Bogotá vuelve la mirada hacia unos ecosistemas que, aunque reducidos y fragmentados, siguen siendo fundamentales para su equilibrio ambiental. La fecha suele venir acompañada de balances oficiales que destacan avances en conservación, restauración y biodiversidad, en una ciudad que alberga 17 Reservas Distritales de Humedal dentro de su perímetro urbano, las cuales completan poco más de 900 hectáreas protegidas.

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En contexto: Humedal Córdoba: cada vez más contaminado y en riesgo de perder espejos de agua

En 2025, la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) destinó más de COP $9.600 millones a labores de mantenimiento, retiro de residuos, control de especies invasoras y actividades de educación ambiental en estos ecosistemas. Para 2026, el presupuesto proyectado supera los COP 10.600 millones. La entidad resaltó, a propósito de la fecha, el registro de más de 140 especies de aves durante el último año, entre ellas la tingua bogotana, una de las más emblemáticas y amenazadas del altiplano.

Sin embargo, más allá de las cifras y los mensajes conmemorativos, persisten preguntas de fondo sobre el estado real de los humedales y sobre el modelo de gestión que se ha consolidado en la ciudad. Para organizaciones ambientales que han acompañado estos procesos durante décadas, los problemas estructurales siguen siendo, en esencia, los mismos.

Problemáticas en los humedales o el bucle al que no se le ha puesto freno

Emmanuel Escobar, director de la Fundación Humedales Bogotá, que trabaja de manera independiente por estos ecosistemas desde 2011, sostiene que las principales amenazas que enfrentan estos ecosistemas no han cambiado sustancialmente en los últimos quince años. A su juicio, la ciudad ha avanzado en acciones visibles de restauración y de protección básica, pero ha postergado decisiones clave para garantizar su funcionalidad ecológica. “Se ha privilegiado una lógica paisajística y recreativa, cuando lo primero debería ser asegurar que el humedal funcione como humedal, que cumpla sus funciones a nivel ambiental, ecológico y de servicios ambientales”, señala.

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Las conexiones erradas, el detritus que sigue envenenando humedales

Llama la atención que en los comunicados oficiales a propósito de la conmemoración del Día de los Humedales no se haga mención de uno de los grandes líos que durante años ha estado presente y que no ha tenido una solución duradera: las conexiones erradas.

Uno de los puntos más críticos, según Escobar, es la calidad y el origen del agua que los alimenta. En varios casos, los humedales dependen de escorrentías contaminadas o de aportes del sistema de alcantarillado, y solo reciben agua relativamente limpia durante las temporadas de lluvia. Aunque existen experiencias exitosas de reconexión de caudales ecológicos —como la realizada en el humedal Córdoba—, estas no se han replicado de manera sistemática en otros sectores de la ciudad.

El problema se ve agravado por la persistencia de conexiones erradas de aguas residuales provenientes de viviendas, conjuntos residenciales e industrias. Si bien la EAAB ha identificado y cerrado algunas de estas descargas, Escobar advierte que la aparición de nuevas conexiones ocurre a un ritmo mayor que su corrección. La falta de control efectivo sobre nuevas edificaciones y la débil articulación entre entidades ambientales y de servicios públicos han permitido que estas prácticas continúen afectando humedales y quebradas urbanas, con impactos que se extienden hasta el río Bogotá.

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Para la muestra un botón. En el 2001, el Tribunal Administrativo de Cundinamarca falló a favor de una acción popular, que presentó la Junta de Acción Comunal del barrio Niza Sur, que demandó a la Empresa de Acueducto. En ese momento se le ordenó a la entidad “proteger el derecho colectivo a la existencia del equilibrio ecológico y el manejo y aprovechamiento racional de los recursos naturales, para garantizar su desarrollo sostenible, conservación, restauración o sustitución”, se lee en el documento presentado a raíz de la grave situación de contaminación del humedal Córdoba, en la localidad de Suba.

En el caso del humedal Córdoba, “en la concertación que se llevó a cabo en el 2006, cuando se definieron lineamientos para rehabilitar el humedal, el Acueducto se comprometió a realizar un saneamiento ambiental, implementando un programa de control de conexiones erradas y un programa piloto de recuperación de las cuencas Molinos, Callejas y Córdoba. ¿Qué pasó? El compromiso no se ha cumplido”, señaló, en entrevista con El Espectador en octubre de 2024, Néstor Prieto, veedor ciudadano y vecino del humedal.

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Por tal razón, el Tribunal Administrativo decretó un incidente de desacato el 17 de noviembre de 2023. Basado en ese fallo, indagando en la zona, un sector de la comunidad encontró que el problema de las conexiones erradas, que se denunció hace más de 20 años, continúa siendo una fuente de riesgo. En ese momento, un derecho de petición que radicó la comunidad para conocer la situación de conexiones erradas señaló que, con corte a septiembre de 2024, había 65 conexiones erradas en el barrio Niza Sur que llevan aguas negras al humedal.

De acuerdo con información suministrada por la EAAB a El Espectador, en los últimos 10 años la entidad ha venido adelantado la identificación y corrección de conexiones erradas que eliminan cargas en canales y humedales de la ciudad.

De acuerdo con la información consolidada, entre 2016 y 2026 se corrigieron 10.177 conexiones erradas en los humedales La Conejera, Juan Amarillo, Córdoba, El Techo, Jaboque, El Burro, La Vaca, Capellanía, Torca y Tunjo, así como en los afluentes vinculados a estos ecosistemas.

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Recorrido por este humedal ubicado en la localidad de Suba.
Foto: Óscar Pérez

Para la profesora Melizza Ordóñez, directora del programa de Ingeniería Ambiental de la Universidad Uniagraria, la situación de los humedales en Bogotá no puede leerse de manera aislada. En Colombia existen más de 48.000 humedales identificados, que ocupan cerca del 26 % del territorio nacional, pero desde la década de 1970 el país ha perdido al menos el 35 % de estos ecosistemas y solo alrededor del 7 % cuenta hoy con una protección efectiva.

En ciudades como Bogotá, el panorama es más crítico: la capital ha perdido cerca del 98 % de sus humedales originales sometidas a presiones constantes por contaminación, expansión urbana y una gestión fragmentada.

Ordóñez advierte que esta degradación tiene efectos directos sobre la ciudad, como las inundaciones recurrentes en sectores como la Autopista Norte, donde los humedales han dejado de cumplir su función de regulación hídrica. Aun así, considera que todavía es posible revertir esta tendencia si se avanza hacia planes de manejo de largo plazo, con control real de vertimientos, inversión sostenida y una ciudadanía informada. Desde la academia, señala, existe una responsabilidad clave: formar profesionales capaces de comprender el territorio y poner ese conocimiento al servicio de las decisiones públicas, entendiendo que proteger los humedales no es solo una apuesta ambiental, sino una decisión estratégica también en términos sociales y económicos.

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El impacto ambiental de una ciudad en expansión

A estas presiones se suma la expansión urbana y el desarrollo de grandes proyectos de infraestructura vial. Desde la perspectiva de la Fundación Humedales Bogotá, la ciudad sigue planificándose de espaldas a su estructura ecológica principal. Obras concebidas bajo lógicas de movilidad y crecimiento urbano vuelven a cobrar fuerza sin que se evalúen de manera integral sus impactos ambientales acumulativos. En ese escenario, los humedales aparecen con frecuencia como áreas residuales o como obstáculos para el desarrollo, más que como activos estratégicos para la adaptación al cambio climático.

La discusión por la Avenida Longitudinal de Occidente ALO, o la ampliación de la Autonorte son los ejemplos más cercanos de una discusión que lleva décadas. La Avenida Longitudinal de Occidente cumple este año 64 años sobre planos. Concebida como una extensa vía al occidente de Bogotá (en tres tramos: sur, centro y norte), este proyecto permanecía estancado por cuestiones administrativas y reparos ambientales. Sin embargo, 2026 arrancó con dos señales de reactivación: la expedición de la licencia ambiental que destraba el tramo sur y recientemente un borrador de resolución del IDU, que adopta las primeras decisiones para adelantar el tramo norte y luces de cómo se desarrollaría.

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Foto: Instituto Alexander von Humboldt - Luis Fernando López

Una de las alternativas en debate tiene que ver con el paso elevado de la ALO sobre le humedal Juan Amarillo o Tibabuyes, el ecosistema de humedal urbano más grande de la ciudad. Un análisis de alternativas financiado por el World Bank y publicado en 2023 advierte que las infraestructuras viales que cruzan humedales generan riesgos de fragmentación ecológica; alteración de los flujos hídricos, y afectaciones a la biodiversidad. Incluso, cuando se trata de pasos elevados, los impactos no desaparecen: solo cambian de forma. Otras voces académicas han advertido, además, impactos en la calidad del agua, la fauna y las funciones de conectividad ecológica.

La ausencia de una visión de largo aliento es, para el director de la Fundación, una de las grandes deudas de la ciudad. Mientras otras capitales han adoptado planes ambientales con horizontes de 20 o 30 años, Bogotá sigue dependiendo de ciclos políticos que redefinen el rumbo cada cuatro años. En ese vaivén, advierte, los humedales terminan siendo gestionados más como proyectos aislados que como parte de un sistema interconectado. “Estamos procurando que la gente se apropie de los humedales a través de senderos, pero la gente en realidad asiste a ecosistemas contaminados. Hay que velar primero por restaurarlos y después viene lo otro. Es como ponerse los zapatos y después las medias. Un sinsentido total”, advierte.

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El panorama se complejiza aún más con la existencia de humedales no declarados. Desde 2011, la Fundación Humedales Bogotá ha identificado al menos 64 espacios con características de humedal dentro del territorio distrital, muchos de ellos sin reconocimiento legal ni medidas de protección. Algunos se encuentran en predios privados; otros, en colegios, universidades, parques o zonas rurales. Su falta de declaratoria los deja expuestos a rellenos, intervenciones y procesos de urbanización progresiva.

Para Escobar, el reconocimiento oficial de nuevos humedales avanza lentamente, en parte por las implicaciones administrativas y presupuestales que supone para el Distrito. Sin embargo, recuerda que varios de los humedales hoy protegidos atravesaron durante años ese mismo limbo institucional. “Entre más se demore la ciudad en reconocerlos, más difícil y costosa será su recuperación, si es que aún es posible”, afirma.

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En este escenario, el papel de las organizaciones sociales y comunitarias ha sido determinante. La permanencia de los humedales urbanos de Bogotá, sostiene Escobar, es resultado en buena medida de décadas de movilización ciudadana que logró frenar rellenos y proyectos urbanísticos cuando estos ecosistemas aún no eran reconocidos por la institucionalidad. Un trabajo que ha recibido incluso reconocimiento internacional, pero que sigue teniendo un lugar marginal en el debate público local.

Así, mientras Bogotá conmemora el Día Mundial de los Humedales y presenta balances de gestión, el contraste entre los avances reportados y las alertas de expertos y organizaciones ambientales deja en evidencia una discusión aún pendiente: si la ciudad está avanzando hacia una protección efectiva de estos ecosistemas o si, por el contrario, se limita a administrar un deterioro que se arrastra desde hace décadas.

Lo que se ha perdido

La magnitud de esa deuda se entiende mejor al mirar el pasado. Con base en los estudios del biólogo Thomas van der Hammen, retomados por la Fundación Humedales Bogotá, en el territorio que hoy ocupa la ciudad existieron cerca de 50.000 hectáreas de humedales. De ese total, según estimaciones de la organización, queda apenas entre el 2 % y el 3 %. El resto fue rellenado y transformado en barrios, vías, centros comerciales y desarrollos urbanos, en un proceso que redujo drásticamente la presencia de estos ecosistemas en la Sabana y fragmentó los pocos que sobrevivieron dentro del perímetro urbano.

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La pérdida no fue solo territorial. Especies endémicas como el pato zambullidor andino desaparecieron de la Sabana; otras, como el cucarachero de pantano, podrían haberse extinguido ya de los humedales urbanos. La tingua bogotana sobrevive en pocos cuerpos de agua y la margarita de pantano, una planta endémica, persiste únicamente en el humedal La Conejera, su último refugio conocido en el mundo. Para Emmanuel Escobar, este panorama deja una pregunta abierta: en una ciudad que inevitablemente seguirá creciendo, ¿el futuro seguirá siendo el principal enemigo de los humedales o Bogotá será capaz, por fin, de planear su expansión sin condenarlos a desaparecer?

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